65 SEMINCI. Ciclo Free Cinema. Crítica de ‘Un sabor a miel’ (Tony Richardson, 1961)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 65 SEMINCI: 
Un sabor a miel
 

Para su siguiente largometraje, todavía encuadrado claramente en el movimiento del Free Cinema, Tony Richardson volvió a recurrir a un texto teatral insistiendo en la vinculación del movimiento fílmico con la literatura dramática de los jóvenes airados. Pero en esta ocasión el autor de referencia no fue su amigo y socio John Osborne tras las adaptaciones de Mirando hacia atrás con ira y El animador, sino la joven dramaturga Shelagh Delaney que tres años atrás había estrenado su primera obra, Un sabor a miel (A Taste of Honey) con enorme éxito en los escenarios del West End londinense de donde había, meses después, dado el salto a Broadway.

Delaney, un claro exponente del movimiento literario Kitchen sink realism (cuya desafortunada traducción al castellano sería “dramas de fregadero”) escribió Un sabor a miel en diez días, con tan solo diecinueve años, con la intención, al parecer, de ejercer cierta renovación en el teatro británico que no abordaba de frente temas candentes en la sociedad de la época como la homosexualidad, las diferencias raciales, los embarazos adolescentes o el aborto.

Y de todo esto hay en un drama descarnado en el que una jovencísima Rita Tushingham hace su espectacular debut cinematográfico encarnando a Jo, una adolescente que vive con su madre divorciada (Dora Bryan), demasiado mayor, con ideas muy particulares acerca de la responsabilidad de la maternidad y más preocupada por volverse a casar que por cuidar de su hija.

Esta situación disfuncional hará que Jo pase la mayor parte del tiempo sola y no tarde en tener una aventura con un marinero de raza negra (Paul Danquah) de quien se quedará embarazada y, posteriormente, abandonada hasta encontrar la amistad de Geoffrey (Murray Melvin), un joven homosexual cuya amistad será el único alivio a su desdichada vida.

No resulta difícil deducir, de la simple lectura del argumento, que Un sabor a miel aúna las principales preocupaciones temáticas del Free Cinema que, simplificando (quizá demasiado), puedan resumirse en una aproximación no edulcorada a la realidad social.

No faltan los planos exteriores de la Inglaterra suburbial en los que todavía permanecen huellas de la cada vez más lejana guerra, la omnipresente presencia de los niños jugando en la calle, alegres, ajenos a la miseria que se respira en sus barrios y a los dramas cotidianos que se cuecen en sus hogares, las secuencias en el interior de los bares donde la gente se refugia en la música y en el alcohol y, como ocurriera en el fundacional cortometraje O Dreamland, la visita a un parque de atracciones, en este caso el de Blackpool, en el que la cámara de Richardson filma atracciones y espectáculos de feria con la misma mirada de entomólogo con la que Lindsay Anderson lo hizo en el citado corto.

En cuanto a los interiores, Richardson vuelve a constreñirnos en los oscuros ambientes de los más que destartalados pisos de alquiler, angostos, abuhardillados y opresivos en los que podían permitirse vivir las clases humildes hacia las que este nuevo cine británico vuelve su mirada.

Ante la ausencia de protagonistas de tanto renombre como Richard Burton y Claire Bloom en Mirando hacia atrás con ira o Lawrence Olivier en El animador, el protagonismo recae en una joven debutante que se apodera del film con uno de los rostros más expresivos de la historia del cine. Rita Tushingham  encarna con espontaneidad, sensibilidad y fuerza dramática a un personaje con el que resulta imposible no empatizar. Su “no pedimos vivir, nos lo imponen” se clava en el alma del espectador con la misma firmeza con que lo hacía la ira de Richard Burton o el desencanto de Lawrence Olivier en las dos citadas películas de Richardson.

Por esta interpretación, Tushingham (quien cuatro años después haría una breve pero inolvidable aparición junto a Alec Guiness en la secuencia inicial de Doctor Zhivago) recibió el BAFTA, el Globo de Oro y el Premio de Interpretación femenina de un Festival de Cannes que también premió a Murray Melvin como mejor intérprete masculino.


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