Crítica de ‘Perdidos en París’: Delirante, desenfadada y divertida

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Perdidos en París
 

El cuarto largometraje codirigido por la pareja (artística y personal) compuesta por el belga Dominique Abel y la canadiense Fiona Gordon es el primero que firman sin la participación de Bruno Romy como tercer director aunque siga presente interpretando un pequeño papel en esta Perdidos en París que, aunque realizada y estrenada en 2016, llega dos años después a las pantallas comerciales de nuestro país gracias al muy agradecible empeño de una distribuidora independiente.

Abel y Gordon escriben, dirigen y protagonizan un film esencialmente sencillo en el que el hilo argumental es solo una excusa para desplegar un repertorio de situaciones cómicas interpretadas desde el humor físico que inventaron los grandes nombres del cine mudo. Citar a Chaplin a Keaton o a Lloyd resulta una referencia tan obvia como inexcusable, aunque quizá sea el francés Jacques Tati el mayor referente visual y humorístico recreado con gracia y talento por la pareja autoral en un proyecto tan personal que hasta los personajes protagonistas se llaman igual que sus creadores e intérpretes.

Fiona es una bibliotecaria canadiense (Fiona Gordon) que viaja a París para visitar a su anciana tía Martha (Emmanuelle Riva) a quien los servicios sociales quieren internar en un geriátrico. Las desventuras de Fiona por París tras la pérdida de su llamativa mochila roja (banderita de Canadá incluida) que le sirve de equipaje darán para encuentros con una serie de curiosos personajes entre los que destaca Dom, un peculiar vagabundo (Dominique Abel) con el que surgirá una curiosa química basada en unas interpretaciones cercanas al mimo y una delicada expresión física de las emociones que contrasta con los gags visuales, unos con más gracia que otros, que constituyen un auténtico repertorio de slapstick.

La dirección está planteada desde una puesta en escena desenfadada que no oculta la meticulosidad de su planificación, la propuesta estética que a menudo busca el “plano bonito” con el que adornar un metraje breve (menos de hora y media) que transcurre en un auténtico suspiro.

Al margen del incuestionable protagonismo de la pareja creadora del film, el reparto esconde dos impagables regalos, el veterano comediante francés Pierre Richard (En lugar del Sr. Stein) y la penúltima interpretación de la gran Emmanuelle Riva lanzada a la fama por Hiroshima, mon amour (Alain Resnais, 1959) y revitalizada hace pocos años por Michael Haneke en Amor (2012). Riva da vida a la tía Martha con unos registros tragicómicos poco frecuentes en su carrera y con una fuerza inusitada a los 88 años que contaba en el momento del rodaje.

Perdidos en París presenta un tipo de humor universal (como lo era, mayoritariamente, el del cine mudo) pero que sin embargo no funciona igual con todos los públicos, es decir, a pesar de tratarse de gags visuales entendibles por todo el mundo sin necesidad de estar iniciado en ningún registro, se trata de las típicas situaciones que pueden hacer que un espectador estalle en carcajadas al mismo tiempo que el que está sentado a su lado permanece con cara de palo sin ser alcanzado por la gracia del asunto.

Podrá, por tanto, entrarse o no en la propuesta burlesca de Abel y Gordon, lo que no puede discutirse es la depuradísima puesta en escena, el acerado sentido del ritmo y el buen gusto de una comedia que tras su divertido aparato visual nos habla de la muerte, de la soledad y de la inevitable necesidad de afecto que todos llevamos dentro aunque nos empeñemos en esconderla.


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Crítica de ‘Perdidos en París’: Delirante, desenfadada y divertida
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