Moonlight

Hay una primera lectura en Moonlight que no por obvia debe desecharse: aquello que vemos, somos y recibimos en la infancia determina (casi) indefectiblemente qué y cómo vamos a ser de adultos. La segunda película del director Barry Jenkins (tras su ya lejano debut hace ocho años con Medicine for Melancholy) explora esta idea a través de la adaptación de la pieza teatral “In Moonlight Black Boys Look Blue” del dramaturgo estadounidense Tarell Alvin McCraney.

Pero lo que convierte a Moonlight en algo diferente a otra repetición más de una historia que el cine (y la literatura) ha contado miles de veces es su capacidad (la de su director) para acercarse al protagonista, un muchacho llamado Chiron, con la cámara empapada de un sustrato poético (desconozco si estaba ya en el texto dramático de partida) que aleja la película de los manidos recursos a tratar de abrumar al espectador mediante exhibiciones exageradas de aquello con lo que se quiere crear ambiente. No hacen falta planos explícitos de gente inyectándose para saber que Chiron vive en un barrio de Miami en el que todo el mundo se droga, tampoco hacen falta brutales palizas (hay únicamente una) con la pantalla chorreando sangre para conocer la violencia implícita que rodea a Chiron desde su primera aparición cuando, siendo niño, corre a esconderse mientras es perseguido por unos compañeros de clase. Y en cuanto al sexo, la turbación de Chiron, sus dudas, sus miedos, sus inseguridades y sus primeros escarceos son mostradas con una exquisita sutileza.

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