Crítica de ‘Amy’: Una gacela entre hienas

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Amy
Hay documentales que merecen un estreno a bombo y platillo en las salas de cine. Es el caso de Amy, el devastador pero magistral trabajo que Asif Kapadia ha hecho sobre la convulsa vida de Amy Winehouse, desde sus inicios como cantante de jazz hasta el estrellato que la lanzaría a un abismo de autodestrucción, inseguridades, fama no deseada y muerte. Es un drama crudo que destripa a la que sin duda es la mejor voz de la primera década del siglo veintiuno, que es expuesta desnuda y vulnerable a través de los testimonios de amigos y familiares.

Creo recordar que la primera vez que vi a Amy Winehouse fue en unos televisores sin sonido que emitían la MTV junto a las taquillas de un cine. Entonces no lo sabía, pero estaba cantando “Rehab”. En mi ignorancia pensé que se trataba de otra chica con buena voz, prefabricada por un estudio. Alguien me dijo que le diera otra oportunidad, y la escuché en una versión de “Will you still love me tomorrow” de The Shirelles. Me quedé de piedra, cómo una chica en la lista de Los 40 principales podía tener esa voz y ese gusto al cantar. Resultó no ser una cantante pop, sino una joven promesa del jazz que se había convertido, casi de la noche a la mañana, en una estrella mundial. Con su primer disco, Frank, calificado dentro del jazz y el soul, arrasó en Inglaterra, pero fue el segundo el que le hizo un hueco en todas las listas de música. Pronto Back to Black se convirtió en un perenne en mi móvil, y ella en una figura trágica que a veces rozaba el patetismo. Las imágenes de su cuerpo esquelético y su lápiz de ojos corrido estaba por todas las revistas. Su imagen era tan extrema, tan singular y tan suya que llegaron a verse unas cuantas Amys en Halloween. Todo en ella parecía anunciar que no pretendía quedarse mucho tiempo entre nosotros. El 23 de Julio del 2011 era encontrada muerta en su apartamento de Candem, pasando a formar parte de la listas de músicos que vivieron demasiado deprisa.
Asif Kapadia, quien ya cosechara magníficas críticas con Senna, vuelve al género del documental biográfico con una obra cuidada en la que ofrece dos horas de un exhaustivo trabajo de documentación, sin idealizar ni condenar a su protagonista, sino ofreciéndonosla para que nosotros mismos saquemos conclusiones. El resultado anuda el estómago.
Kapadia no sigue la estructura típica del documental biográfico. Aquellos testigos de su vida no son entrevistados frente a una cámara, sino que sus testimonios aparecen como una voz en off sobre imágenes de Winehouse, un trabajo que recopila vídeos familiares, escenas grabadas con móvil, entrevistas de televisión, grabaciones de estudio y conciertos. Convirtiendo a los demás en voces, Amy es la única protagonista, y sin un narrador que nos guíe, la imágenes y los hechos se presentan más objetivos y crudos.
Posiblemente muchos de nosotros nunca hayamos visto a Amy Winehouse como una adolescente con talento y una vida por delante, cantando Cumpleaños feliz o festejando en casa con amigas. Casi todos la conocemos como esa estrella fugaz que se perdió en las drogas y el alcohol. Pues bien, Kapadia nos lo ofrece todo, retrato de claroscuros en los que la cantante deja de ser una imagen bidimensional en un televisor, o un ídolo de masas en un concierto, para convertirse en la actriz protagonista de su propio biopic.
Miembros del círculo familiar de Amy Winehouse han mostrado su desagrado con el documental, alegando que no celebra su vida sino que escarba en el tema de las drogas. No es de extrañar que estén ofendidos. Amy no es un documental sobre una drogadicta, es el documental sobre una niña vulnerable a la que lanzan a una pecera llena de sanguijuelas. Pocos entrevistados se salvan, ellos mismos se delatan como vampiros con sus propios intereses sobre la artista. Mitch Winehouse, su padre, y Blake Fielder-Civil, su marido, son los que peor parados salen. Los dos hombres más importantes en la vida de Amy la devoraron forzándola a giras, desequilibrándola y bañándose en su fama, mientras ella se iba consumiendo en una carrera musical que no llevaba el recorrido que ella esperaba. Poco importa si ahora quieren desvincularse de la obra de Kapadia; sus testimonios están ahí, con sus propias voces.

Amy no es necesariamente un documental para seguidores de la cantante. Aquellos que no la siguieron de cerca quedarán atrapados por una historia desgarradora, y los que la adoraban lo harán incluso más, porque Amy muestra una nueva perspectiva de su increíble talento que brillaba incluso cuando aquellos que la rodeaban quisieron robarle la luz.

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