Crítica de ‘Tu veux ou tu veux pas?’: Diversión a costa de la represión sexual

Las críticas de Carlos Cuesta: Tu veux ou tu veux pas?
La directora francesa Tonie Marshall ha logrado en Tu veux ou tu veux pas? una divertida comedia nada pretenciosa sobre un reputado consejero de pareja que sigue terapia de grupo para superar su adicción al sexo (Patrick Bruel) y una mujer hermosa y extrovertida que roza la ninfomanía (Sophie Marceau). Ella entrará en su vida como sustituta de una compañera de trabajo que ha tenido que abandonar su puesto súbitamente y pondrá a prueba su resistencia y su concepción del enamoramiento y de la relación con la mujer.
La película hace gala de un humor ingenioso, de agradecer que ni grosero ni poblado de recurrentes juegos de palabras, que disfruta de la gran baza de la fabulosa y chispeante química que despliegan en pantalla la pareja protagonista, compuesta por dos de los intérpretes más de moda de la escena francesa actual. Patrick Bruel explota su cinismo travieso y su perfil canalla con la variable de tener que resistir los envites de una mujer sugerente, seductora, atrevida, que encuentra en la tierna resistencia del hombre (ella no sabe nada acerca de la terapia) un aliciente para continuar el asedio. La etapa inicial de esta historia transmite con gracia la frustración intensa tan agónica como cómica del personaje masculino, despertando la empatía del espectador y por qué no, de la espectadora.

Lógicamente una segunda parte tenderá a desarrollar una situación de enamoramiento, un conflicto derivado de la incomprensión, de la ambigüedad y el mal entendido, cambiando ciertamente la dinámica de los personajes pero manteniendo un sentido del humor de acción y reacción, de toma y daca, de disputa que del roce hace el cariño. Tu veux ou tu veux pas? (que bien podríamos traducir literalmente como ¿Quieres o no quieres?) explicita en su título este vaivén, esa sucesión de escenas de afinidad y rechazo que no pueden sino tener una resolución lineal. Lo bueno es que si el espectador es capaz de ser cómplice de la sencillez de la historia, y asume que va a disfrutar de una comedia romántica sin elucubraciones existenciales, la fórmula funciona.

No estamos ante una película que aborda la dependencia sexual (Shame y la novela Asfixia adaptada al cine con el mismo nombre afrontan esa temática de una forma directa y netamente dramática) sino que toma la dependencia de uno de sus protagonistas y la actitud hacia el sexo y el hombre de la otra como circunstancias en las que desarrollar el enredo. El tono frívolo que abunda en esta comedia ligera, divertida y desestresante no exige de grandes motivaciones psicológicas ni de un trasfondo de trauma pero aún así la realizadora, que escribe el grueso del guión junto con diversos colaboradores, así lo ha intentando. A mi juicio es un desatino que adquiere un matiz justificador de esa frivolidad, cuando no parecía necesario.
Comedia resultona y viva, tiene mucho o casi todo que agradecer al carisma de sus dos estrellas. El resto de personajes son planas figuras de cartón que funcionan como resortes donde las preocupaciones y movimientos de los dos protagonistas rebotan para alcanzar el vector de dirección adecuado. Los personajes secundarios ni funcionan como verdaderos catalizadores de la trama ni adquieren la dimensión humana suficiente que les haga creíbles. Aunque los papeles de André Wilms y Sylvie Vartan provocan cierto interés al encarnar sendos familiares de los personajes, no son sino dos parcos ejemplos más de diferentes maneras menos ortodoxas de entender el sexo y la pareja, y en ese sentido no alcanzarán mucha más profundidad que los cómicos ejemplos de parejas que acuden al despacho de los consejeros a resolver sus problemas conyugales.
No está en la lista de intenciones de Tonie Marshall (única mujer con el César de la Academia de Cine Francesa como realizadora) ni moralizar ni provocar, como ella misma ha dicho en una entrevista con motivo del estreno en octubre en Francia de esta película. Bien está. En su lugar ha acertado al ofrecer lo que se esperaba del binomio Bruel-Marceau o Marceau-Bruel, equilibrando con buen gusto la pulsión erótica, el humor y la inteligencia realista de unos diálogos bien acabados.

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