Crítica de ‘Mil veces buenas noches’: Una excelente fotografía del coste personal del compromiso

Las críticas de Carlos Cuesta: Mil veces buenas noches

Erik Poppe ofrece en Mil veces buenas noches una mirada crítica sobre las motivaciones de los fotoreporteros en zonas de conflicto y coloca en la balanza la utilidad de su trabajo y el coste personal de su profesión. Juliette Binoche interpreta a Rebecca, una de las más reputadas fotógrafas del mundo, gravemente herida en un atentado suicida en Kabul mientras fotografiaba todo la preparación de la acción terrorista. Durante su convalecencia su marido (Nikolaj Coster-Waldau, Juego de tronos) le hace entender que están ante una situación familiar insostenible. Ella decide entonces no regresar a este tipo de trabajo para salvar su matrimonio. Durante este periodo de vida corriente sin peligros descubrirá lo adictivo que es para ella el riesgo y el compromiso con las causas que le ocupan.
Juliette Binoche articula un personaje complejo, intensamente dramático, activamente atormentado con una credibilidad y una sensibilidad máxima, sosteniendo una realización muy lírica y pausada con su soberbia interpretación. Ella es el epicentro del drama de sus seres queridos en continua tensión. Mientras ella se debe a las tragedias del mundo se agranda el vacío de aquellos más cercanos que la necesitan. Ella es en sí misma el escenario de un campo de batalla entre el deber íntimamente personal y el deber social; la exteriorización de esas escenas de esa lucha interior puede leerse con vibrante profundidad en el rostro de la actriz.

El director demuestra gran habilidad narrativa y formal a la hora de plantear el dilema sin caer en lo obvio ni postularse en exceso. Él se pregunta y nos hace preguntarnos si merece la pena el sacrificio, quién gana realmente con la labor de los reporteros que muestran al mundo las injusticias y las barbaridades invisibles de los territorios lejanos o si realmente sirve de algo mostrarlos en los medios de comunicación. ¿Se trata de un compromiso humano o de mero egoísmo? ¿Ella busca el bien para el prójimo o la satisfacción vigorizadora de la adrenalina y de ser protagonista de la historia? En ciertos casos uno no termina de saber si cuando este tipo de personalidades quita importancia a su faena estamos ante alguien que ha normalizado el sufrimiento en su vida o ante una persona que peca de falsa modestia.
En todo caso, a través de esas preguntas implícitas vamos conociendo la historia poderosamente humana de cómo afecta a la familia su ausencia y el peligroso trabajo que ella desempeña. La trama está estructurada de tal manera que uno tiene la sensación de encontrarse ante ocho fotografías distintas, ante ocho etapas con el nudo, planteamiento y desenlace que afrontaríamos ante una instantánea de una guerra o de una desastre humanitaria. Una primera estampa contiene el atentado de Kabul, otra su recuperación, y le siguen su vida en normalidad, el proyecto de un nuevo viaje con su hija a un campamento de refugiados y otras cuatro fotos que cierran como un círculo el propio proceso de comprensión de la protagonista respecto de su propia situación.
Erik Poppe nos coloca frente a frente con la miseria humana y nos ofrece una película plena de tensión emocional, de escenas terribles tratadas con un sentido de la estética y del ritmo sublimes. La historia eleva su valor porque surge de la honestidad y del conocimiento de causa de la realidad de este tipo de conflictos, gracias a la experiencia del propio director como fotoreportero. 
Bien es cierto que en algún momento se puede notar que la propia historia se autocuestiona, que le falta algo de confianza y quizá ciertas escenas carezcan de la naturalidad de la que disfruta prácticamente toda la película y se muestren un poco impostadas, exageradamente dramáticas y estáticas, como si estuviera colocadas para ser aprisionadas por una cámara fotográfica. Ciertamente son las menos, y en un balance general Mil veces buenas noches demuestra ser una gran película, con abundante contenido, con una interesante historia y un gran aliciente para aquellos profesionales relacionados con los medios de comunicación de masas. 
Es además una producción muy bien interpretada por todos sus actores, aunque papeles clave como el de las hijas o el del marido, puesto en escena por Nikolaj Coster-Waldau, quedan empequeñecidos por una bestia de la pantalla como Juliette Binoche. Quédense con esta escena: La hija de le reportera toma su cámara en un momento de total frustración y fotografía sin cesar a su madre como si quisiera ametrallarla, o agotar la cámara para que ella no pueda hacer una sola foto más, o Dios sabe qué. La cara de la madre se va transformando hasta convertirse en una patética máscara de culpa y vergüenza; se siente desarmada delante de la cámara, arrebatada su posición de confianza, cuando es ella quien hace las fotos, pide las explicaciones y ella no resulta ser el problema.

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