Crítica de ‘Lucy’: Víctima de una premisa incontrolable

Las críticas de Carlos Cuesta: Lucy
Es prácticamente imposible averiguar qué ocurriría si un ser humano pasa de controlar el 20 por ciento del potencial de su cerebro a dominar su totalidad; una película seguramente sólo pueda fabular. Pero si la hipótesis planteada es que esa transformación confiere un poder total, la trama corre el riesgo de perder su interés, si los actos del sujeto son incontestables y alcanzar su objetivo no es un verdadero reto. En ese sentido Lucy se excede y olvida que debe existir la sensación de que el héroe puede fracasar para que exista emoción. De todos modos lo imaginativo del relato puede hacernos disfrutar como lo hace esta película. 
En esta historia Scarlett Johansson es Lucy, una mujer que frecuenta amistades peligrosas que es secuestrada en Taiwán por un grupo de violentos narcotraficantes que le introducen en el estómago una nueva droga. Durante su rapto es agredida y la bolsa que contiene la sustancia entra en su organismo, comenzando un proceso imparable e impredecible que le permitirá alcanzar el máximo potencial de su cerebro, lo que le otorgará un control sobre su propia inteligencia, su cuerpo y la materia que le rodea. Durante este recorrido el director Luc Besson plantea una tesis filosófica sobre el papel del ser humano en el mundo, su origen y su destino, fusionando de algún modo su propio estilo en la dirección con el de John Woo, una pizca de Michael Bay con menor presupuesto y algunos de los conceptos de los hermanos Wachowski (de tal manera que Besson ha logrado crear su propio Atlas de las nubes).

Pese a esta hibridación, hay mucho de original en el planteamiento del relato, en la forma en que el director cruza los eventos presentes con imágenes sugerentes sobre la naturaleza salvaje del hombre, mucho talento en la fluidez con la que realiza las acción y una ejecución certera de la fusión entre las secuencias y la banda sonora. También hay una buena dosis de masturbación en la forma en la que el cineasta convierte a Scarlett Johansson en una especie de deidad, entregándole en sus manos todo el peso de la película, monopolizando el espectro y dejando a los demás personajes en nada, al tiempo que confirma la naturaleza de adorno, siempre agradable, en la que se ha instalado Morgan Freeman.

Lucy camufla la imaginación desbocada de su creador con algunos datos científicos, aunque es evidente que esta producción es honesta consigo misma porque no pretenda convencer a nadie de su veracidad; se mantiene en la acción y en la ciencia ficción y allí el film está muy a gusto. Como cabía esperar, después de una secuencia magnífica donde la aterrada protagonista es raptada y obligada a trasladar la peligrosa mercancía, a la premisa le estalla en la cara su potencial incontrolable. Al final, la persecución de Lucy por parte de los narcotraficantes pierde buena parte de su interés, en beneficio de la fascinación visual y de la reflexión sobre los límites humanos. Tampoco parece posible ir más allá. La trama desarrolla una hipótesis imaginativa y así tiene que entenderse. Besson ha recreado en la pantalla el torrente de imágenes concebidas en su mente, lo ha plasmado en fotogramas con mucha creatividad y ajustando las escenas a una banda sonora que logra pura sinergia entre imagen y sonido.
Espectacular, audaz y fiel a su estilo, el director ha jugado la partida sabiendo que tenía el comodín y se ha despreocupado de casi todo lo que no fuera Scarlett, a quien dirige con la idea de que la inteligencia máxima conlleva una deshumanización inevitable, lo que se manifiesta en una sobreactuación de estilo robótico o de alíen superior perplejo. 
La presencia de la actriz y de Morgan Freeman son absolutamente necesarias para una película que además quiere presumir de los efectos especiales de Hollywood, aunque sin pagarlos, muy a lo turista que pretende verlo todo sin pagar casi nada. Lucy se imaginó como un crucero de lujo aunque se contaba con el presupuesto de un tour con excursiones y eso se nota. En cuanto a la cuestión del idioma, la versión doblada al español que he podido ver muestra una identidad poco confusa. Aunque de origen europeo, mira con deseo al mercado americano y aunque ocurre entre en Taiwán y Francia lo anglosajón se impone y al final son los franceses en Francia, a los que se escucha con un ridículo acento que cambia la r por la g.
En definitiva, Lucy es un alucinante y alucinógeno viaje hacia el cien por cien del potencial humano, vibrante, intenso, en el que el espectador se atiborra de la explosiva presencia de Scarlett Johansson. Lo mejor es abandonarse a la experiencia audiovisual y disfrutar de la acción. Pese a sus defectos, la película es pura imaginación y diversión.

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