‘El rey del juego’: cambio generacional

El rey del juego (The Cincinnati Kid) no
es tan conocida en España como otros trabajos de Steve McQueen ni otras
películas sobre juego. Sin embargo, El rey del juego es McQueen en todo su esplendor y una auténtica oda al mundo
del juego, en concreto del póquer.
A diferencia de otras historias en las que los casinos o las
cartas sirven de telón de fondo para contar otras historias, en El rey del juego el póquer es un
personaje más de la trama. Se insiste en que la variedad que juegan es el Stud
Poker y, de hecho, no está de más que quienes no tienen ni idea echen un vistazo
a cómo se juega
para entender mejor algunas jugadas/escenas.

Pese a que se retrata un modo de vida alternativo y poco
convencional, el mundo del póquer aparece bastante profesionalizado y alejado
de mafias y clichés, algo poco habitual en las películas de Hollywood. Se
entiende el juego como competición, puede que hasta el extremo: uno se hace
jugador pero en cierto modo nace jugador.
Al mismo tiempo, la historia de El rey del juego podría
haber sido también El rey del fútbol o El rey del Parlamento. El “chico de
Cincinnati” (McQueen) es un joven con talento que se está convirtiendo en la
nueva sensación del póquer en Nueva Orleans. Un día llega a la ciudad EL
HOMBRE, el  gran maestro de las cartas
Lancey Howard (un siempre fantástico Edward G. Robinson con su inseparable
puro). McQueen lo ve claro y no le tiembla la voz para admitir: “quiero todo lo que él tiene”.
Es el momento del cambio, de pasar de “chico” a “hombre”,
pero entonces aparecen distintos conflictos: el miedo al compromiso, tener que
luchar para poder hacer las cosas como uno quiere y no como le dicen, las ganas
de comerse el mundo que pueden acabar por comérsele a uno… Y por otro lado, está
la voz de la experiencia: Howard tiene que hacer frente a la amenaza del joven,
plantearse la renuncia al trono, darse cuenta de que su tiempo se acaba.
Alrededor de las mesas de stud poker se vive una lucha de poder en la que otros personajes acompañan
a esos dos actores que, en cierto modo, también estaban protagonizando un
relevo generacional en la vida real: del ‘cool’ de Robinson al ‘super cool’ de
McQueen.
El rey del juego es una película de 1965, dirigida por Norman Jewison y basada en una novela de
Richard Jessup,
que supuso el regreso a lo más alto de Steve McQueen. El actor
ya era una estrella gracias a títulos como Los siete magníficos o La gran
evasión
pero sus últimas películas no habían estado a la altura. Con su
cazadora, su cara de póquer y una gran interpretación, McQueen vuelve a
coronarse como el rey del ‘cool’, título que ya tendría de por vida tras
Bullit (de la que podéis leer la
crítica aquí
).
Para el legendario Edward G. Robinson, que falleció en 1973,
ésta sería su última película de éxito y por eso borda el papel de estrella del
póquer al que todos quieren retirar. Regusto amargo en los guiños a ese cambio
generacional necesario y natural al que el personaje de Robinson –y seguramente
él mismo- se resiste. Se hacen de una manera cómica a través del personaje de
Lady Fingers (Joan Blondell) que durante la partida que enfrenta a los
protagonistas no para de recordar a Lancey Howard todos los jugadores de su
edad que están enfermos o incluso a alguno más joven que ya ha fallecido.
Hay otros personajes que destacan, en especial el de Shooter
(otro actor clásico: Karl Malden). Mentor, hombre de honor y marido de la femme fatale de la película: Melba,
interpretada por Ann-Margret, es uno de los dos modelos opuestos de mujer que
se muestran en la película. El otro es el de Christian (Tuesday Weld), la novia
del personaje de McQueen, una chica del campo que sueña con el príncipe azul
pero acaba con el rey del juego.
Nueva Orleans, con su música y una mezcla que en esos años
sólo se podía ver en ese submundo del juego donde conviven todos sin deferencia
de género o raza, es otro de los protagonistas de una película que es un hito
para los amantes del póquer pero sobre todo es una historia universal y un gran
clásico del celuloide.

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