Crítica de ‘La chica del 14 de julio’: Disparatada rebelión contra la injusticia social de la crisis

Las críticas de Carlos Cuesta: La chica del 14 de julio

Con Francia viviendo la actual crisis económica, y en pleno mes de julio, el Gobierno decreta un recorte de un mes de vacaciones. La absurda consecuencia de esta decisión es que puesto que todos regresan de vacaciones, todos volverán al trabajo de inmediato. Con una mezcla de interesante humor ácido y una colección de confusas metáforas sobre el paso del tiempo y el carácter cíclico de la historia, La chica del 14 de julio quiere denunciar los contrasentidos burocráticos y la ineficacia institucional. La línea argumental que permite estas elucubraciones son los intentos de Héctor (Grégoire Tachnakian) por conquistar a Truquette (Vimala Pons) recientemente licenciada. Junto a otro amigo fugado de la justicia (Vincent Macaigne), Héctor logrará convencerla a ella y a una amiga de unirse a un loco viaje hacia el sur en busca del mar y la libertad.
Las situaciones ridículas, los juegos de palabras y las bromas ambiguas sirven como aliciente en el arranque de una historia donde se nos presenta a una población de jóvenes desesperanzados que terminan sus carreras y no ven ningún futuro claro; fracasados engrosando las listas del paro; personas acaparando múltiples puestos directivos pese a que el resto no consigue un mero empleo; sinvergüenzas trabajando sin licencia ni control durante años mientras a los recién licenciados se les exige todo tipo de requisitos para ingresar en el mundo laboral. Los gobiernos cambian y las soluciones son las mismas. Todo es una apresurada huida hacia adelante en vez de un debate sereno sobre cómo recomponer el estado de las cosas.

Mientras los jóvenes se dirigen hacia el sur se cruzan con una avalancha de coches que regresa a París. Aquéllos aún no se han enterado de la decisión del Gobierno. Símbolo o no de la ilusión vital a contracorriente de las imposiciones absurdas o de la rebeldía contra la corrupción sistemática, la película se descontrola demasiado pronto y el diseño conceptual de la historia no alcanza conclusiones. Las situaciones parecen no tener un objetivo global y se abandonan al gag esporádico. Con su primer largometraje en la dirección, Antonin Peretjatko se ha pasado de frenada al dejar libre su espíritu creativo sin abastecerlo de contenido coherente.

Las referencias a la guillotina y a la revolución ciudadana son divertidas pero no están bien ancladas al guión; tampoco lo están otros mensajes como la insistencia de uno de los personajes, del doctor Placenta, de viajar en el tiempo con un avión o con un automóvil Delorean (al más puro estilo Regreso al futuro). Desde el principio, la cámara rápida y las voces aceleradas parecen transmitir un mensaje. Este recurso junto a las apelaciones directas al espectador y la forma en que el director transporta en los recuerdos a los personajes, como testigos invisibles de hechos pasados, revela un estilo interesante y creativo por parte de Peretjatko, aunque la falta de concreción hace que el resultado sea un homenaje a medio modelar de las producciones cómicas de Jim Abrahams (Top Secret) y las persecuciones en lencería de Benny Hill.
Parece que en su primera incursión en la realización haya pretendido ensamblar algunas de las preocupaciones que trasladó a algunos de sus cortometrajes, como son la recesión y la falta de descanso y vacaciones. Mantener ese discurso durante 88 minutos ha sido un ejercicio costoso, con ciertos chispazos de ingenio y crítica acertada. Sin embargo la forma de plantear estas reflexiones me parece errada y a ratos incluso angustiosa. Uno de los principales fallos quizá haya sido no prestar suficiente atención a justificar el interés de Héctor por la muchacha y sus esfuerzos por alcanzarla cuando el hermano de la amiga de Truquette, polizón improvisado, se escape con ella, engañándola en un momento de confusión. 
La chica del 14 de julio, pese a tener cosas interesantes de contar y ser capaz de hacernos reír con sus alocados disparates, sucumbe a su espíritu gamberro. El surrealismo se impone a la transmisión del mensaje. Ocupado en encadenar bromas, transforma un diálogo crítico con la realidad actual en un monólogo inconcluso sobre demasiadas cosas y sobre ninguna.

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