NOCTURNA 2014. ‘The zero theorem’: Belleza visual en favor del argumento

Las críticas de Óscar M. en Nocturna 2014: The zero theorem
El cine de Terry Gilliam no es conocido por ser plato de buen gusto para todos. Obsesionado con sus miedos interiores, Gilliam plasma en cada película sus fantasmas personales a través de unos personajes atrapados en entornos a cada cual más surrealista y absurdo (aunque no por ello menos absorbente o visualmente pobre).
Habiendo tenido momentos brillantes (cinematográficamente hablando) como Brazil o 12 monos, últimamente el director parece estar atrapado en una obsesión visual que toma al argumento como un vehículo para el lucimiento del departamento artístico, pero que finalmente no sabe cómo atar los cabos sueltos y lo deja todo sin terminar (o con una resolución poco satisfactoria).

Gilliam vuelve a contar con un personaje central incapaz de conectar socialmente con sus iguales, Q es un inadaptado y fóbico como lo era Lowry (de Brazil) o Cole (de 12 monos), el cual busca el amor en un entorno imposible y poco amigable. Y, como otra constante en su filmografía, cuando el protagonista se da por vencido es cuando ha conseguido enamorar a la chica, y es ella la que toma las riendas de la relación.

Christoph Waltz vuelve a ganarse al público con una interpretación comedicamente histriónica, dando vida al personaje de Qohen, su compañera Mélanie Thierry hará las delicias de los onanistas espectadores masculinos heterosexuales con su provocativa interpretación embutida en unos fantasiosos y eróticos vestidos, y Tilda Swinton (más reconocible para los que hayan visto Snowpiercer) aporta, una vez más, calidad como secundaria de lujo, aunque ya comienza a abusar de las prótesis dentales.

The zero theorem vuelve también al aspecto visual de Brazil, recuperando su plasticidad visual, su escenas lumínicamente apabullantes y sus colores vivos, especialmente los fluorescentes. Aporta detalles brillantes y novedosos (como la publicidad que persigue al protagonista por la calle, la caja de pizza, el traje para conectarse a la red) y deleita al espectador como un diseño de vestuario y de escenarios llenos de coloridas capas de información, que hacen necesaria una segunda visualización.
Sin embargo, toda esta parafernalia oculta un argumento excesivamente complejo e innecesariamente críptico (no hace falta ser complejo para resultar inteligente), llegando al soporífero tramo final donde la película pierde al espectador entre escenas poco claras, forzadamente incomprensibles y que no llevan a ningún sitio (o a un sitio poco comprensible), como ya sucedió con El imaginario del Doctor Parnassus.
Una lástima que la resolución de tan brillante presentación quede en nada, como un regalo que al desenvolver no nos satisface, dejando una sensación de incomprensión y vacío, sólo compensable con la ilusión de la llegada de un nuevo regalo. En este caso, una nueva película.

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