Crítica de ‘Snowpiercer (Rompenieves)’: Ciencia ficción de alta calidad argumental

Las críticas de Óscar M.: Snowpiercer (Rompenieves)
 
Cuando un espectador acude a ver una película de ciencia ficción puede esperar que en la trama suceda todo lo que pueda rozar la fantasía pero que mantenga cierta base física o mecánica real, pero algo que no espera es que la película sorprenda y plantee cuestiones morales.
 
Algo similar sucedió cuando se estrenó Blade runner o Matrix: el público salía de la sala asombrado por los efectos especiales pero también satisfechos de haber visto más sustancia tras los fuegos artificiales. Snowpiercer recupera esa sensación: sobrepasa los planteamientos de Matrix y la acerca más a Equilibrium (una producción del mismo año más madura y aún inédita en nuestro país, a excepción de su proyección en Festivales).
 
La adaptación de la novela gráfica de Jean-Marc Rochette y Jacques Loeb (y que supone el debut americano del director coreano Bong Joon-ho) tiene puntos en común con las anteriores y con Los juegos del hambre o In time (aunque la novela puede considerarse el origen de dichas historias, puesto que se publicó en 1978): la división por estamentos, la lucha de clases, el inconformismo con lo otorgado y la rebelión social tienen en Snowpiercer una clara representación dentro de un tren que recorre el desolado planeta Tierra, arrasado por la mano del hombre.
 
El departamento de maquillaje y peluquería ha hecho un trabajo excelente, dejando a Chris Evans casi irreconocible, a John Hurt al borde de los noventa años o consiguiendo que Tilda Swinton vuelva a dejarnos con la boca abierta (como ya hizo en El gran hotel Budapest) por su estupenda caracterización y su elaborada actuación.
 
Además, el vestuario es absolutamente acertado y coherente: con los grises y marrones para la sección de cola, los negros reservados para las fuerzas de seguridad (incluidos los superiores) y los colores vivos para el resto del pasaje, reservando los rojos y los abrigos de pieles para los habitantes de la primera clase.
 
A pesar de los elaborados (y poco ficticios) efectos especiales, realmente lo que llama la atención es la desarrollada sociedad establecida dentro del tren, sorprendiendo al espectador vagón a vagón (como ya lo hizo Cube en su día, donde cada habitación era más retorcida que la anterior), dejando bastante claro las diferencias sociales y volviendo a establecer paralelismos con la saga de Los juegos del hambre, aunque a un nivel mucho más extremo (sobre todo en el vestuario o la opulencia y el derroche de la primera clase, mientras los habitantes de la sección de cola hacen lo que pueden para no morir de hambre).
 
Pero el guión también tiene sus momentos cómicos, que no están ni fuera de lugar ni forzados, son intencionadamente surrealistas e hilarantes (la escena de la guardería es una carcajada continua de principio a fin), para demostrar y destacar el lavado de cerebro y la importancia de los métodos de enseñanza y los medios de comunicación.
 
La excelente música compuesta por el brillante Marco Beltrami (que nunca defrauda en sus trabajos) ayuda a la trama aportando ritmo y emoción, mejorando la historia y realzando las escenas más dramáticas y emocionantes, así como destacan sus temas para las escenas de acción.
 
Snowpiercer funciona muy bien como crítica social, recogiendo el debate que hay en la calle y que sacude a la sociedad actual: la corrupción y el desfase de las clases pudientes frente a las familias pobres que pierden hasta su vivienda, el desentendimiento de la clase política y los altos estamentos frente a las personas que no tienen nada, y refleja descaradamente la justificación de dicha estructura estamental por parte de los poderosos para evitar perder su posición dominante, manteniendo así un equilibrio social: ¿de qué sirve ser rico si todos lo son? Tiene que haber pobres para que haya ricos. La pobreza engrandece a la riqueza y remarca la diferencia de clases.

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