‘El alucinante mundo de Norman’: Los zombies también son cosa de niños

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: El alucinante mundo de Norman

A ciertas edades a uno le da algo de pereza enfrentarse a una película de animación, al menos ahora que tienes que aguantar mascotitas insoportables, pero monísimas que parecen pensadas más para el merchandising que para proporcionar algo a la película.

Y el guión… ese es otro tema. Como, en principio, la animación está unida a la infancia, a menudo las historias son débiles tramas que encadenan una gracia detrás de otra, como si los niños fueran idiotas y no entendieran una idea genial.

Pues bien, empezaré esta crítica diciendo que El alucinante mundo de Norman no peca de ninguna de esas cosas. Es una película de animación redonda, empezando por lo que ha de sostener a una película: la historia.

El alucinante mundo de Norman tiene una sólida trama que nos recuerda a la edad de oro de las películas juveniles de aventuras, allá por los 80, como Exploradores, E.T. o El Misterio de la dama blanca. Esto se lo debemos al guionista y co-director de la cinta Chris Butler, que había trabajado anteriormente en los storyboards de La novia cadáver y Los mundos de Coraline.
Él nos lleva a este pueblito americano de Nueva Inglaterra, con su propia historia del tiempo de las colonias, y, aun mejor, su propia maldición. Y nos presenta a Norman, un chico anodino con un don especial: puede ver a los muertos. Si juntamos ambas tramas ya sabemos que él es el elegido de salvar al pueblo de los aterradores muertos vivientes. Salpimenta eso con un guión lleno de chistes que reirán más los adultos que los niños. Butler elige el humor inteligente y los personajes secundarios, estereotipados hasta la caricatura,  por encima de los porrazos y la gracia fácil. 
Acompañando a Butler en la dirección está Sam Fell (El valiente Despereaux, Ratónpolis), y como hada madrina que toca con su varita y hace de esta película una maravilla que alcanza el culmen de la animación stop-motion está el estudio LAIKA, responsables de La novia cadáver y de Los mundos de Coraline 
En este tipo de animación los movimientos se realizan a través de la sucesión de imágenes fijas. La productora de la película, Arianne Sutner comenta el encanto de este tipo de animación porque “los personajes son tangibles y reales, los decorados en los que se mueven están construidos a mano y todo es tridimensional”.

El proceso es muy sencillo, que el resultado sea espectacular es extremadamente difícil. Para hacernos una idea; se tarda de tres a cuatro meses en hacer un sólo muñeco. Se realizaron ciento setenta y ocho figuras para los sesenta y un personajes que aparecen en la película.

En cuanto al movimiento, para una secuencia del inicio, de no más de un minuto, veintiocho especialistas de efectos visuales trabajaron durante más de dos años. Al pensarlo solo se me ocurre calificarlo como “artesanía cinematográfica”. Y es que Chris Butler lo tenía muy claro: los zombies son monstruos y en cuestión de monstruos nadie sabe tanto como Ray Harryhausen, el rey del stop-motion, que nos ha dejado escenas míticas como la terrorífica Medusa de Furia de Titanes o el ejército de esqueletos de Jasón y los argonautas. La tradición creada por él fue una de las razones principales por las que El alucinante mundo de Norman fue rodada con esta técnica.

No pasa desapercibido tampoco el homenaje al cine de serie B en los títulos de crédito, ni ese guiño a la película Halloween que arranca una carcajada.

La banda sonora corre a cargo de Jon Brion, compositor de películas como Olvídate de mí y Magnolia, menos en la canción de los créditos, “Little Ghost” de The White Stripes.  
En definitiva, El alucinante mundo de Norman es una película que trasmite el mimo de su producción a la vez que entretiene con una historia para niños (los más pequeños quizá se asusten un poquito) y adultos que no se sentirán arrastrados a otra historia infantil sin argumento. Al fin y al cabo los zombies se acercan sólo donde hay cerebros, y en esta película se han puesto muchos y de los buenos.

Besos de cine…

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