‘Lo imposible’: Más que una película, una experiencia intensa e inolvidable

Las críticas de David Pérez “Davicine”: Lo imposible

Según el diccionario de la Real Academia Española, el término “Imposible” es un adjetivo equivalente a “No posible”, “Sumamente difícil”, además de una “Figura que consiste en asegurar que antes de que suceda o deje de suceder algo ha de ocurrir otra cosa de las que no están en lo posible”.
Pues bien, Lo imposible ha conseguido exactamente lo que la RAE explica, lograr un éxito sin precedentes en España, con una película española, que ha gustado incluso a los mayores detractores del cine nacional.
J. A. Bayona ha logrado demostrar que puede realizar una película que se codee con las grandes superproducciones norteamericanas, tanto a nivel de reparto, como a nivel técnico y de repercusión, pero aderezado con su particular estilo visual, dado que la película no deja de ofrecernos referencias visuales de otras obras del cineasta, como El Orfanato.

Desde el primer momento se nos intenta preparar para lo que se avecina, pero nunca estamos lo suficientemente preparados como para sobrellevar la angustia que se vive con una impecable secuencia de un tsunami arrasando con todo, con una crudeza y fuerza visual sin precedentes, que consigue llevarnos el corazón a la garganta y sentir la misma ansiedad que los protagonistas. Estamos ante un prodigio visual y emocional, no sólo por la recreación de la ola gigante, sino por la posterior muestra del impacto físico y psicológico que viven las personas allí presentes, todo ello incrementado por un sonido impecablemente planificado y soberviamente llevado a cabo, tanto a nivel de banda sonora como de sonido ambiental, para lograr una verosimilitud del poder incontrolable del tsunami.
El director plantea una primera parte casi sin diálogos, pues los personajes viven en permanente estado de shock, algo lógico dado el impacto que tendrá en sus vidas este acontecimiento.
Para la recreación de todo lo acontecido en esta primera parte, Bayona ha recurrido a efectos especiales, como es obvio, pero ha regresado al fantástico uso de maquetas y de un tanque acuático de enormes dimensiones en los estudios de la Ciudad de la Luz, consiguiendo unas secuencias jamás logradas en el cine español. Pero para mayor credibilidad, muchas de las grabaciones también se han realizado en localizaciones reales como el hospital de Tailandia que acogió a las víctimas reales y que a día de hoy sigue en funcionamiento. 
Lo único que podría echarse en cara a la película es la búsqueda de la lágrima fácil, pues a lo largo de la segunda parte se busca en exceso el sentimentalismo rápido con excesivos diálogos explicativos, y una cantidad ingente de escenas que buscan mostrar el sufrimiento de los protagonistas, como si los espectadores no fueramos capaces de ponernos fácilmente en la piel de esas personas.
Pero puede que nada de esto fuera tan emotivo si no estuviera acompañado de una interpretación magnífica de casi todos los protagonistas, prestando especial atención al joven Tom Holland, actor británico de 16 años, que manifiesta y nos transmite perfectamente el miedo, la pérdida, el desconocimiento de lo que se avecina, la lucha por sobrevivir, pero sin dejar atrás la compasión que su madre le ha enseñado. Estamos ante una joven estrella con un futuro por delante, quien ha estado a la altura de las dos cabezas de cartel, Naomi Watts y Ewan McGregor. Ahora bien, McGregor puede que no tenga un papel destacado, en el cual apenas se luce, y nunca se hace creíble, como Oaklee Pendergast y Samuel Joslin, los más pequeños, quienes viven una de las situaciones más incomprensibles de la película ante una extraña decisión de su padre, y apenas tienen relevancia. Pero lo realmente relevante, lo importante, es que sí que notamos entre Watts y Holland una gran complicidad entre ellos, apreciándose un amor real de madre e hijo unidos por el terror, y es en ellos en los que se sostiene el peso de la película, logrando que creamos que estamos viendo realmente a una madre y su hijo envueltos en una pesadilla.
Lo imposible puede provocar que muchos se queden en el aspecto visual y la impresionante banda sonora compuesta por Fernando Velázquez, pero lo que ciertamente nos quedará a muchos de esta película son las secuencias más intimas, escenas para la posteridad transmitidas en gestos que nos llenan de emoción, como el simple recuerdo de los ojos del personaje interpretado por Naomi Watts, la sonrisa del joven actor Holland en medio de una pesadilla o como el personaje de Daniel acaricia el brazo de María (Watts) de una forma natural y conmovedora. Estamos ante una película que sale de la gran pantalla para lograr transformarse en una experiencia intensa e inolvidable.

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