Las críticas de Laura Zurita:
Dulce sabor a muerte
En un tranquilo pueblo de vacaciones, la llegada de un misterioso vendedor de helados convierte un verano aparentemente idílico en una auténtica pesadilla. Los niños que prueban sus productos comienzan a comportarse de manera extraña y terminan transformándose en pequeños asesinos dispuestos a acabar con los adultos que los rodean. Solo tres de ellos parecen escapar a la maldición y deberán descubrir qué hay detrás del heladero y de sus inquietantes dulces antes de que todo el pueblo sucumba al caos.
Dirección: Eli Roth. Guion: Eli Roth, Noah Belson. Reparto: Ari Millen, Charlie Zeltzer, Shiloh O’Reilly, Kiori Mirza Waldman, Sarah Abbott, Benjamin Byron Davis, Karen Cliche, Eli Roth. Distribución: Diamond Films. Estreno en España: 4 de septiembre de 2026.
Inquietante verano
Dulce sabor a muerte empieza de manera extraña, todo demasiado idílico, y el carrito de los helados parece artificial e inquietante desde el principio, mucho antes de que pase nada. Eli Roth lleva mucho tiempo demostrando que la sangre, las vísceras y los excesos forman parte de su particular manera de entender el cine de terror, y aquí presenta primero un mundo muy típico —unos protagonistas, unas vacaciones de verano, unos helados— en el que la intolerancia a la lactosa resulta ser, como veremos, toda una bendición. Dulce sabor a muerte combina la brutalidad con el humor negro y la diversión, con una premisa elemental: un heladero misterioso, unos niños convertidos en asesinos y una sucesión de muertes cada vez más grotescas.
La idea, sobre el papel, tiene posibilidades. Hay algo inquietante en convertir el camión de los helados, las tardes de vacaciones y los niños jugando en un escenario de terror. Ese vendedor de aspecto ambiguo, que se va tornando siniestro, construye un contraste que podría haber dado bastante más juego. Pero Dulce sabor a muerte parece más interesada en una sucesión de muertes que en aprovechar las posibilidades de ese contraste.
A partir de un determinado momento empieza el terror, un terror que quiere ser provocador, violento, sangriento, chocante, pero que, debido a un mal terminado técnico, resulta a ratos un tanto ridículo. En cuanto la película enseña sus cartas, el relato se pierde y se convierte en una gama de escenas gore. Algunas muertes son imaginativas y Roth demuestra que sigue teniendo gusto por los efectos físicos y por llevar la violencia hasta el extremo. Hay sangre, mutilaciones, cuerpos despedazados y una voluntad evidente de superar continuamente la escena anterior. Si ese es el objetivo, Dulce sabor a muerte es la película. Pero el exceso termina jugando en su contra, e insiste una y otra vez en acumular muertes, sin variaciones ni curva dramática: deja de ser transgresora y se convierte en algo vomitivo pero aburrido.
Dulce sabor a muerte quiere ser historia de terror sobrenatural, una parodia de aventuras infantiles y una comedia negra bastante gamberra, y las distintas piezas no terminan de encajar con naturalidad. Mientras funciona como espectáculo sangriento, la película avanza; pero en cuanto aparece la voluntad de introducir una explicación para el origen del heladero y de la maldición, de desarrollar la historia o de justificar lo que está sucediendo, aparecen las costuras. Se toleran ciertos agujeros de guion (es terror de género, al fin y al cabo), pero cuando llega el momento de justificar la historia, el resultado ya no perdona tanto. Hasta que llega un final que sí resulta inquietante y terrible: Dulce sabor a muerte tiene buen principio, buen final, y en medio, muchos tópicos.
Uso de IA generativa
Visualmente, Dulce sabor a muerte apuesta por colores muy vivos y una imagen luminosa que contrasta con la violencia. El verano aparece casi como una postal artificial, demasiado perfecta, y esa elección contribuye a crear un escenario apropiado para la pesadilla. Sin embargo, falla bastante la colorimetría, y los efectos especiales son irregulares. La diferencia entre los efectos que funcionan y los que resultan más evidentes termina afectando a la credibilidad de algunas escenas.
Los fallos de los efectos especiales están asociados con un escándalo real que ha acompañado al estreno de Dulce sabor a muerte. En una entrevista con Polygon, a Roth le preguntaron por una secuencia muy concreta, y el director aseguró en un principio que la había hecho él mismo junto a un equipo de animadores. Días después, varios medios repararon en que los créditos de la película incluían a Dark Half, una empresa de efectos visuales basada en inteligencia artificial generativa. Ante la evidencia, Roth quitó importancia a la mentira: «Me expresé mal. La IA se utilizó en una parte muy reducida de unas pocas escenas de la película», declaró, defendiendo el uso como «una oportunidad en la que la tecnología y la creatividad se unieron para ayudar a hacer realidad mi visión».
Sindicatos de animadores y aficionados al terror tradicional han expresado su malestar por el precedente que sienta y por el hecho de mentir. Tiene todo el sentido pensar que la irregularidad de la colorimetría y de los efectos especiales que se nota en pantalla esté relacionada con este uso de IA generativa: es precisamente en esos tramos donde el acabado visual pierde consistencia respecto al resto de la película, y donde el contraste entre lo artesanal y lo generado por máquina se hace más evidente. A todo este revuelo se han unido las críticas por las ideas políticas del propio Roth, creando una tormenta casi perfecta.
Lo mejor, el heladero
Dulce sabor a muerte no depende de sus actores. Los caracteres del grupo de niños protagonistas no se desarrolla más allá de su papel de ser perseguidos. Charlie Zeltzer, Shiloh O’Reilly y Kiori Mirza Waldman hacen lo que tienen que hacer, pero poco más. La película necesita que alguien sobreviva y resuelva el origen del problema, pero no nos importa quién.
Mucho más interesante resulta el propio heladero. Ari Millen es inquietante con su gestualidad y su carencia de diálogos. Su presencia, la sonrisa permanente y la manera de relacionarse con los niños funcionan mejor que buena parte de las explicaciones posteriores. Se trata de una figura de cuento infantil perverso, que ofrece algo aparentemente inocente y termina conduciendo a los niños hacia la violencia, una especie de «Heladero de Hamelín». Es, con diferencia, el producto de mejor inspiración de toda la película; hubiera sido mejor dejarlo sin explicar.
Dulce sabor a muerte acaba sabiendo a poco precisamente porque tiene una premisa mejor que la película que construye a partir de ella. El heladero, el pueblo de vacaciones, los niños convertidos en asesinos y la transformación de los símbolos de la infancia en elementos terroríficos ofrecían posibilidades para una película más divertida, más oscura y también más inteligente. Dulce sabor a muerte puede funcionar para quienes disfrutan del terror más extremo y no necesitan más que una sucesión de muertes imaginativas.
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