Crítica de ‘Días de agosto’: Verano maravilloso, contenido confuso

Las críticas de Laura Zurita:
Días de agosto

El verano promete ser idílico para Juan y Gabriela: las clases de la universidad han terminado y van a tener para ellos solos el chalé familiar de la playa. Pero sus planes se tuercen cuando el padre de Juan, Fernando, aparece sin previo aviso con su nueva novia, Mónica. La tensión entre padre e hijo dificulta la convivencia, pero lo hace aún más la que surge entre Juan y Mónica, esa desconocida, mucho más joven que su padre, que ha desplazado a su madre. Los secretos, las pasiones prohibidas, el calor del sol y la playa traen consigo un agosto inesperado.

Dirección: Chema de la Peña. Guion: David Sueiro. Reparto: Maggie Civantos (Mónica), Pau Simon (Juan), Roberto Álamo (Fernando), Berta Galo (Gabriela), Pilar Castro, Isaac Dos Santos, César Martel. Distribución: Deep Com Roots. Estreno: 14 de agosto de 2026.

Buen principio

Días de agosto empieza con la promesa de un maravilloso verano. Juan va con su novia a la cómoda casa familiar, con piscina y cerca del mar. El verano promete, la vida parece sonreírles y todo apunta a unos días tranquilos. O casi. Gabriela quiere que vayan juntos, compartir ese tiempo y avanzar en su relación; él no parece tener tanta prisa. Entre ellos ya existe una pequeña tensión, de esas que pueden parecer poca cosa, pero que resultan molestas y no se dejan olvidar en ningún momento.

Mientras están allí aparece el padre con una nueva novia, muy guapa. La tensión entre el hijo y la mujer que suplanta a su madre es evidente e incómoda. Y a esta se añade otra, más delicada todavía: la presencia de una mujer joven y atractiva cerca de un joven que ya se muestra algo frustrado con su relación de pareja. A partir de ahí, la película va abriendo distintas corrientes que se cruzan, se superponen y terminan haciendo que uno no tenga muy claro cuál es la que realmente importa.

Por un lado está la tensión entre el hijo y el padre, marcada por el desencuentro y el abandono. El hijo resiente el abandono suyo y de su madre, y bajo la relación entre ambos permanece un conflicto que no parece haberse cerrado. Por otro lado, está la relación entre el hijo y la nueva pareja, donde se mezcla el rencor con la admiración, queriendo crear una atmósfera de sensualidad que luego no se mantiene. Está también la tensión entre el hijo y su novia, una pareja con distintos grados de entrega y compromiso. Y hay una cuarta dimensión en el padre, que sabe algo que los demás no saben y que introduce otra pieza más en el complicado tablero.

El problema es que tantas tensiones terminan diluyendo el foco de atención, y Días de agosto acaba sin decidir cuál de ellas quiere contar realmente. La historia va dando bandazos de una relación a otra, de un conflicto familiar a uno sentimental, de una sospecha a otra, y esa acumulación juega en su contra: no porque resulte malo plantear varias tensiones, sino porque no todas tienen la misma fuerza y la película no siempre consigue establecer una jerarquía entre ellas. Ahí aparecen también algunos puntos previsibles, situaciones que se ven venir no tanto porque la película las haya preparado bien, sino porque pertenecen a un repertorio que ya conocemos; y es aquí donde cuesta creer algunas escenas, y sobre todo que los personajes se comporten de una determinada forma, con decisiones que parecen tomadas porque la historia las necesita y no porque respondan a lo que sabemos de ellos. Se percibe demasiado la mano del autor colocando las piezas.

El verano, muy conseguido

Los actores tienen dificultades para insuflarle vida a la trama. Hay tensión, pero no siempre emoción; hay conflictos, pero no siempre conseguimos sentirlos. Roberto Álamo y Maggie Civantos, como Fernando y Mónica, tienen el oficio suficiente para suplir buena parte de las fallas del guion y sostener sus escenas con más convicción; Pau Simon y Berta Galo, como la pareja joven, lo tienen más difícil, y a menudo dan la sensación de estar para que la trama avance.

Y, sin embargo, hay algo que Días de agosto consigue especialmente bien: el verano. La película es agradable de ver y está situada en unos paisajes inolvidables. Pero, más allá de la belleza de esos lugares, resulta curioso que el calor se sienta. El verano está muy bien construido desde lo físico: la luz, el ambiente, la piscina, el mar, la casa, esa sensación de estar atrapado durante unos días en un lugar del que no hay ninguna necesidad de salir. El calor se hace presente, es progresivo y casi tórrido.

Es quizá la parte más convincente de la película, cuando deja de pedir a sus personajes que expliquen o provoquen conflictos y simplemente se dedica a estar allí. Porque mientras las relaciones se van complicando y la historia abre una tensión detrás de otra, el verano permanece, sólido y reconocible.

Días de agosto tiene, por tanto, un escenario que transmite perfectamente esa sensación de verano largo, caluroso y aparentemente despreocupado. Pero bajo esa superficie hay demasiadas tensiones compitiendo por hacerse con el protagonismo. La película quiere hablar del abandono, de las relaciones de pareja, del deseo, de los celos, de la familia y de los secretos, pero al intentar mantener abiertas tantas puertas termina sin entrar del todo en ninguna.

El resultado es una película que empieza de forma agradable, pero también dispersa, con situaciones poco creíbles y unos personajes a los que cuesta seguir emocionalmente. El calor se siente. Las emociones, bastante menos.


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Días de agosto

5.2

Puntuación

5.2/10

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