LOCARNO 79. Crítica de ‘Violence du corps de l’autre’: Fantasmagoria quebequense

Las críticas de Daniel Farriol en el 79 Festival de Locarno:
Violence du corps de l’autre

Violence du corps de l’autre (Nobody’s Violence) es un drama canadiense que está escrito y dirigido por Denis Côté (Mademoiselle Kenopsia, Wilcox, Antología de un pueblo fantasma). Mira es una mujer solitaria y de pocas palabras. Viaja por ahí encontrándose con gente desesperada con la que parece haber forjado extraños pactos de muerte. Sin un destino aparente, se topa con Madeleine y Ludo, dos hedonistas de espíritu libre que viven en lo profundo del bosque. Cuando conoce a un hombre intrigante, se ve obligada a interrumpir su misión y comienza a cuestionar sus decisiones vitales.

Está protagonizada por Larissa Corriveau, Philippe Rebbot, Xavier Bergeron, Gabrielle Lazure y Pierrette Robitaille. La película ha podido verse en la sección Concorso Internazionale de Locarno Film Festival 2026.

Violence du corps de l'autre

La cámara observa sin juzgar

El cine de Denis Côté no hace prisioneros. Acercarse a sus películas es siempre una experiencia abstracta, radical y repleta de emociones contradictorias. Su estilo narrativo hibrida sin complejos la contemplación del cine documental con la ficción experimental, mediante relatos fragmentados en distintas direcciones que transforman la experiencia del visionado en algo único e inaccesible, a veces frustrante, pero siempre interesante. Con su nueva película, Violence du corps de l’autre, he tenido otra vez la misma extraña sensación, incluso asegurando que desde mi punto de vista se trata de un relato más accesible que otras de sus propuestas más arriesgadas como Wilcox (2019), Mademoiselle Kenopsia (2023) o Hygiène sociale (2021).

Violence du corps de l’autre sigue de cerca a Mira, una hipnótica Larissa Corriveau que es colaboradora habitual del cine del director. Aquí interpreta a una mujer que viaja sola y duerme en su coche, en otro de esos personajes asociales y marginales que tanto gustan a Côté. La cámara se pega a su rostro para descubrirnos poco a poco que se dedica a asistir a moribundos enfermos que desean morir, es decir, les practica la eutanasia de manera clandestina. Es su trabajo y cobra por ello, pero su pose hierática oculta un gesto de humanidad y comprensión. Poco sabemos de su pasado, sus motivaciones para dedicarse a eso, ni sobre sus convicciones morales.

La cámara de Côté no juzga, solo observa como lo haría un voyeur curioso que quiere ver qué sucede sin implicarse demasiado. En ese sentido, es clarividente la primera secuencia del film donde debemos adivinar lo que está sucediendo a través del sonido (el director siempre hace un uso muy narrativo del mismo) en un largo plano general fijo que solo muestra a un coche aparcado y a una mujer que entra y sale.

Muerte asistida

Las primeras secuencias de la película poseen una misma estructura que se repite: Mira llega a un lugar donde alguien que ha requerido de sus servicios le está esperando; ella le proporciona un líquido en un frasco y suele acompañarles hasta que expiran su último aliento de vida; después se marcha de allí como el héroe solitario de un wéstern tras haber devuelto la paz al lugar. Son escenas inconexas entre sí cuyo único nexo es el personaje de Mira y su determinación en ayudar a morir a enfermos que así lo desean.

La reiteración de los eventos resuena en nuestra conciencia como el estribillo de una canción, pero cada escena tiene alguna pequeña peculiaridad que nos obliga a mirar fascinados incluso sabiendo lo que va a suceder a continuación o, quizás debido a ello, ya que nos obliga a implicarnos emocionalmente con personajes que no conocemos de nada. Por un momento, el director nos hará creer que toda la película será así, pero no.

El primer punto de ruptura es el encuentro de Mira con Pierric (Xavier Bergeron), un hombre de espíritu libre y algo infantil que le hace reír constantemente con bromas estúpidas, mostrándole un lado más humano de la vida. La subtrama romántica es solo un paréntesis en la fúnebre rutina de la chica y también en el estilo sombrío que gobierna la película. Ese breve encuentro hará que Mira se replantee lo que está haciendo, pero esa meditación filosófica y ética de la situación nunca se pone sobre la mesa, el cine de Côté casi nunca verbaliza los temas que trata, el director prefiere que sea el espectador quien se involucre en esas posibles reflexiones a partir de sus propias experiencias vitales.

Hedonismo progresivo

Violence du corps de l’autre es una película exigente, de ritmo pausado y texturas borrosas (está rodada en 16mm). Sus imágenes pertenecen a un universo casi fantasmagórico donde se mezcla la nostalgia, lo onírico y lo extravagante. Sin duda, visualmente, esta película tiene mucho que ver con Antología de un pueblo fantasma (2019), una de las mejores de su autor. Ambas se acercan a la muerte desde el poder semiótico de una fotografía desaturada que explora los paisajes gélidos quebequenses como si quisiera desenterrar recuerdos de otro tiempo.

A mitad de película se produce un segundo punto de ruptura, el más problemático a nivel dramático, ya que asistimos con Mira a una fiesta llena de personajes que no conocemos. Son un grupo de hedonistas que se divierten bailando y bebiendo bajo el son de los acordes de ‘Qu’est-Ce Que T’As Compris?’ de Morse Code, un grupo francocanadiense de rock progresivo de los 70 con evidentes influencias de Genesis. La secuencia dura casi 6 minutos y es tan sugestiva como innecesariamente larga, pero solo por el buen gusto musical del director la damos por buena. Mira se comporta en la fiesta igual que nosotros, como una extraña que observa en la distancia el comportamiento superficial de ese grupo de personas.

Imágenes que perduran

Se intuye que ellos son los que están detrás de la ocupación de Mira, en definitiva, los que reciben los encargos de «muerte asistida» a cambio de dinero. Pero tras esa fachada despreocupada y lúdica se oculta una sensación bastante desagradable y de peligro constante. Ludo (Philippe Rebbot) y Madeleine (Amélie Dallaire), forman una pareja aterradora que infligen su control sobre Mira sin tener que usar la fuerza bruta. Côté deja entrever eventos y situaciones tanto durante la fiesta como en la noche posterior, pero la cámara sigue siendo una observadora distante que no se implica a mostrarlos, sin embargo, transmite al espectador el ambiente nocivo que desprende esa casa.

La parte final se reserva al acto redentor tras un nuevo encuentro inesperado (y algo pillado por los pelos), para justificar el cambio de mentalidad de Mira y la restauración de su identidad perdida (curiosamente recuperando un nombre ficticio). Violence du corps de l’autre es una muestra más de la independencia creativa de Denis Côté, uno de los cineastas más inclasificables que hay en el cine actual. Su nueva obra es tan magnética como exasperante, pero incluso sacándote de quicio durante algunos momentos del visionado, logra que te la lleves a casa tras la proyección y que días después sigas rememorando sus imágenes, repensándola y reconstruyéndola, y, en mi caso, escuchando sin descanso el disco ‘La Marche des Hommes’ de Morse Code.


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Violence du corps de l'autre

7.2

Puntuación

7.2/10

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