Crítica de ’El falsificador de pasaportes’: Ser joven viviendo en peligro

Las críticas de Laura Zurita:
El falsificador de pasaportes

Cioma Schönhaus, de 21 años, no dejará que nadie le robe las ganas de vivir, y mucho menos los nazis. Quiere descubrir la vida, pero tiene la desgracia de vivir como judío en el Berlín de los años cuarenta. Como los mejores escondites están ya ocupados, Cioma decide salir a la luz para escapar de la deportación. Utilizando la identidad de un oficial de la marina que creó para sí mismo, se lanza a la vida nocturna de la ciudad e incluso encuentra una frágil esperanza de amor durante los momentos más oscuros de la guerra. A lo largo del día, falsifica identificaciones con solo un pincel, un poco de tinta y una mano firme y salva la vida de muchos otros. Sin embargo, su talento le pone cada vez más en peligro, y en algún momento la única esperanza de Cioma para sobrevivir es una última identificación falsificada con su propio nombre.

El falsificador de pasaportes está dirigida por Maggie Peren e interpretada por Louis Hofmann, Jonathan Berlin, Luna Wedler, Nina Gummich, André Jung, Marc Limpach, Yotam Ishay, Luc Feit, Jeanne Werner, Sina Reiß, Catherine Janke, Stephanie Stremler, Marie Jung, Stefan Merki y Nickel Bösenberg. La película se estrena en España el 13 de enero de 2023 de la mano de VerCine.

La vida cotidiana en el filo de la navaja

El falsificador de pasaportes se basa en el libro homónimo, una biografía novelada de Cioma (Salomón) Schönhaus, un judío alemán. Siendo muy joven, Cioma laboró documentos falsos para ayudar a salvar a otras personas de la persecución nazi. Hemos visto muchas obras sobre el sufrimiento de los perseguidos por el régimen nazi durante la segunda guerra mundial, desde la eterna El diario de Ana Frank hasta la durísima El hijo de Saul, que retrata la vida cotidiana  en los campos de concentración.

El falsificador de pasaportes tiene un enfoque diferente, sucede en Berlín antes de que los crímenes cometidos en los campos de concentración fueran públicos, mientras algunos judíos, por circunstancias diversas, aun eran tolerados en tanto fueran útiles. Al principio de la película se nos cuenta de manera breve que los padres de Cioma, como tantos otros, habían sido enviados hacia el este, un eufemismo para aquellos mandado a trabajar, sufrir y morir en los campos de concentración. El conocimiento de la magnitud del exterminio, sin embargo, no estaba extendido entre los que se quedaban.

Cioma, como tantos otros, intenta llevar una vida normal, aunque sabiéndose miembro de una minoría perseguida y odiada. No obstante, el cerco se va cerrando, y vemos cómo se desarrolla el latrocinio de los bienes de los judíos alemanes, ejecutado con la misma burocrática y detallada frialdad con la que funcionaría la aniquilación de minorías y supuestos enemigos de la sociedad.

El falsificador de pasaportes no da muchos detalles sobre las leyes antijudías, ni de la persecución a la que se sometió a estos y otros enemigos del régimen, pero se muestran sus consecuencias para Cioma y su amigo Det. Al principio son tolerados y despreciados, luego saqueados y  al final tienen que emplear el ingenio en una vida de huida y secretismo. El odio y la persecución están presentes e intuidos, pero no se nos somete a un bombardeo pedagógico sobre los desastres del régimen nazi. El autor nos hace saber que había actitudes variadas entre los alemanes con respecto a los judíos, ya que Cioma y muchos otros, deben la vida a personas que creían en la solidaridad por amor al prójimo.

Cioma vive un poco en la inopia, intentando no solo sobrevivir sino también ser feliz. Tiene 21 años, y envuelto en un frágil equilibrio y una falsa identidad, quiere llevar una vida normal. Los lados sórdidos de la vida, como las jóvenes que se prostituyen para sobrevivir, o la dura economía del estraperlo, se exponen con mucha discreción. De hecho, la película a veces peca de exceso de elipsis, y hay saltos en la trama que cuesta seguir, dando la impresión de que algunas escenas se han quedado en la mesa de montaje.

Un aura de tristeza

La dirección busca minimizar la carga dramática que siempre se mantiene bajo la superficie, y es que vemos el mundo a través de los ojos de Cioma, ignorante al principio de los hechos trágicos a los que se veía sometida su país y su familia. Además, los alemanes van a perder la guerra y muchos lo saben ya. Toda esa tristeza se expresa de una forma sutil, en la luz fría y triste y los colores apagados que predominan durante el metraje

El joven Cioma (Louis Hofmann) y su amigo Det (Yotam Ishay) actúan con naturalidad y encanto. En el trabajo de Hofmann asoman continuamente la vida y la alegría, y parece moverse por una época tan triste y con tantos sinsabores con una cierta inocencia, con los brotes de energía juvenil alternando con los momentos sombríos.

Las mejores interpretaciones de la película, sin embargo, son un par de personajes de reparto que no precisamente son simpáticos. Por un lado, el señor Kaufman (Marc Limpach), seco y serio, que actúa por idealismo, pero sin calidez, y que ayuda a cientos de personas con un aura imperturbable de juez. Y por el otro la vecina, la señora Peters (Nina Gummich), que lo hará todo por sobrevivir, en la que el resentimiento, la rigidez y la tristeza construyen una fachada exterior dentro de la que embutida y apagada.

El falsificador de pasaportes es una película de corte clásico, bien hecha y bien interpretada, que da una visión distinta sobre la vida de las víctimas del régimen nazi.


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El falsificador de pasaportes

7

Puntuación

7.0/10

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