70 SSIFF. Retrospectiva – Claude Sautet. Crítica de ‘Un corazón en invierno (Un cœur en hiver)‘ (1992)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en el 70 Festival de San Sebastián:
Un corazón en invierno

Aunque pudiera haber cierta artificiosidad a posteriori en considerar una trilogía a las tres últimas películas de Sautet, él mismo admitía el término para referirse a ellas. El núcleo temático  de las dificultades para amar y para manifestar los sentimientos es probablemente el principal nexo de unión, pero no parece desdeñable el hecho de que Sautet encontrase una nueva pareja de actores, Emmanuelle Béart y Daniel Auteil que, a pesar de trabajar únicamente en dos películas con cada uno y solo en esta con los dos simultáneamente, se asociarán indiscutiblemente a esta última etapa de su filmografía del mismo modo que Romy Schneider y Michel Piccoli lo hicieron, dos décadas antes, a su despegue como director tras el éxito de Las cosas de la vida

El argumento de Un corazón en invierno es tan sencillo que, de no ser por las magníficas interpretaciones del trío protagonista y la magistral puesta en escena de Sautet, estaríamos hablando de una película insustancial. Sin embargo, el film es, precisamente, todo lo contrario. En Un corazón en invierno se sustancian todos los rasgos temáticos y estilísticos de Sautet en su máximo grado de depuración e intensidad. 

Maxime (André Dussolier) y Stéphane (Daniel Auteil) son amigos y socios regentando un taller en el que reparan y ajustan violines y otros instrumentos de cuerda. De personalidades contrapuestas, Maxime es un tipo sociable que se relaciona afablemente con los músicos que acuden a ellos para confiarles sus instrumentos, Stéphane, por el contrario, es un tipo introvertido, de prolongados silencios que, sin embargo, tiene un incuestionable talento como lutier apoyado en un delicadísimo oído musical y, a pesar de su carácter reservado, es capaz de ganarse la confianza de sus clientes. Cuando Maxime inicia una relación con la joven violinista Camille Kessler (Emmanuelle Béart), nueva cliente del taller, algo se revuelve en Stéphane que, a pesar de su evidente enamoramiento de Camille, es incapaz de expresar sus sentimientos atrapado entre la lealtad a Maxime y su corazón hibernado. 

Con esta sencillísima premisa argumental, un clásico triángulo amoroso al fin y al cabo, Sautet filma una obra de gran intensidad y extremada delicadeza apoyándose en una virtuosa puerta en escena y en las sobresalientes interpretaciones de su trío protagonista y de Brigitte Catillon en el papel de la agente de Camille. No es casual que los cuatro estuvieran nominados al César en las cuatro principales categorías interpretativas aunque tan solo Dussolier fue premiado como mejor actor de reparto. Emmanuelle Béart, por su parte, dedicó un año a aprender a tocar el violín antes de iniciar el rodaje y, aunque evidentemente el sonido que escuchamos es una interpretación de un violinista profesional, la postura, la técnica y el estilo de Béart tocando son totalmente verosímiles y en perfecta sincronía con la grabación sobre la que interpreta. 

En este film, Sautet vuelve a la voz en off como recurso para la introducción de los personajes. Al inicio del film es Stéphane el que describe a Maxime y la relación que los une pero, como ocurrirá a lo largo de la película, apenas habla de sí mismo y evita exponer públicamente sus opiniones, algo que puede verse en muchas de las conversaciones que salpican el metraje, de entre las cuales resulta paradigmática la discusión con un grupo de amigos sobre la banalización del arte y la cultura como contrapunto al elitismo que rige (o ha regido durante mucho tiempo) determinados círculos culturales. Daniel Auteil compone un Stéphane opaco, severo, frío hasta rozar una crueldad que no parece deliberada pero, no por ello, hace menos daño. Sus carencias emocionales le hacen, al mismo tiempo, víctima de si mismo y verdugo de aquellos que tratan de quererle.

No faltan las secuencias favoritas de Sautet, grupos de amigos caminando por el campo, escenas en el interior de un coche en marcha, secuencias bajo la lluvia y otras en interiores de cafeterías o restaurantes donde los protagonistas están rodeados de gente de la calle y, por supuesto, personajes fumando impenitentemente. Para la dirección de fotografía contó con Yves Angelo y, aunque la dirección musical fue de su compositor de cabecera Philippe Sarde, es la primera película en la que no se escucha una nota compuesta por él pues toda la música corresponde a las sonatas y el trío de Maurice Ravel que protagonizan la grabación del disco en la que Camille Kessler anda comprometida.

Obra de absoluta madurez de Sautet, Un corazón en invierno es probablemente su película más delicadamente hermosa, el triángulo amoroso entre Auteil, Dussolier y Béart no tiene la «alegría de vivir» que tenía el de Montand, Schneider y Sami Frey en Ella, yo y el otro (César et Rosalie), pero está escrito con mayor sensibilidad y los vínculos entre los tres personajes aparecen trazados con una geometría más precisa y virtuosa.

Un corazón en invierno le valió a Sautet su primer César como mejor director y el León de Plata al mejor director en el Festival de Venecia. Además, como se ha dicho, la película obtuvo el César a Dussolier como mejor actor de reparto; el galardón al mejor actor para Daniel Auteil en los Premios del Cine Europeo (que por aquel entonces todavía se llamaban Premios Felix) y tres Premios David de Donatello de la academia italiana.


Un corazón en invierno podrá verse durante el 70 Festival de San Sebastián en tres pases:

  • Viernes 16 a las 22:30 en la Sala Príncipe 6
  • Lunes 19 a las 20:45 en la Sala Príncipe 6
  • Sábado 24 a las 16:oo en la Sala Príncipe 6

Un corazón en invierno

9

Puntuación

9.0/10

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