Las críticas de Laura Zurita:
El último vikingo
Anker sale de prisión tras cumplir una condena de quince años por robo. El dinero del atraco fue enterrado por su hermano Manfred. Solo él sabe dónde está. Por desgracia, desde entonces Manfred ha desarrollado un trastorno mental que le ha hecho olvidarlo todo. Juntos, los hermanos emprenden un viaje inesperado para encontrar el dinero y descubrir quiénes son en realidad.
El último vikingo está escrita y dirigida por Anders Thomas Jensen. Tiene un reparto de excepción, con Mads Mikkelsen, Nikolaj Lie Kaas, Sofie Gråbøl, Lars Ranthe, Nicolas Bro, Søren Malling, Kardo Razzazi, y Bodil Jørgensen. La película se estrena en España el 6 de marzo de 2026 de la mano de Avalon.

Dos actores gigantescos
Para disfrutar al máximo El último vikingo conviene prestar mucha atención a los detalles, porque todo cuanto aparece está lleno de significado. Es una experiencia embriagante, preñada de sensaciones, que se disfruta con los cinco sentidos. Hay conversaciones llenas de recuerdos, de olvidos, visiones fugaces, detalles que podrían pasar inadvertidos si uno mira de forma superficial pero que aquí, al terminar la película, habrán sido esenciales para construir el sentido.
Anders Thomas Jensen, que tanto nos divirtió en Jinetes de la justicia (2020), ahora dirige El último vikingo, una historia sobre aprendizaje en clave de fábula. La película parte de un esquema que creemos conocer (dos hermanos, un pasado compartido, un dinero enterrado), que progresivamente se convierte en un mecanismo de relojería del despiste. El guion es un encaje de bolillos: cada hilo se entrecruza con otro y los gestos encuentran ecos, a veces inesperados, más adelante.
La pareja protagonista da el do de pecho en esta película. Anker, cuyo nombre (no por casualidad) significa ancla (Nikolaj Lie Kaas), habita la historia como un espectador sorprendido de lo que sucede. Su desilusión con el mundo convive con la resignación y el cansancio. En él conviven una tendencia egoísta (el deseo de recuperar el dinero, de recomponer su propio fracaso) con sentimientos genuinos hacia su hermano. Porque, al final, la relación más importante de la película es el amor entre los hermanos: honesto y sincero, como una corriente profunda que los acontecimientos externos no alteran.
Frente a él, el Manfred de Mads Mikkelsen posee una lógica propia, un concepto muy particular de lo justo y del karma. Es el hermano pequeño que afirma ser John Lennon con una determinación inamovible. No es una broma aislada ni un simple rasgo excéntrico. Lo inquietante es que recuerda una vida que afirma que no es la suya (recuerdos desplazados, fragmentos que no encajan del todo con su biografía). Sus decisiones pueden parecer arbitrarias desde fuera, pero dentro de su sistema interno tienen coherencia. Cree en una especie de equilibrio moral que él mismo administra. Es un personaje fascinante porque no se explica del todo y, sin embargo, evoluciona. A lo largo de la película experimenta un desarrollo real, aprende, se confronta con sus límites, pero nunca traiciona su personalidad. Tiene un trastorno mental, pero también encierra una sabiduría inesperada, una forma de leer el mundo que desmonta las certezas de los demás. Interpretar a Manfred es un reto que necesita un gigante de la talla de Mikkelsen para darle sentido.
La importancia de la diferencia
La salud mental es un tema troncal de El último vikingo, que nos desquicia porque no define con claridad la frontera entre lo normal y el trastorno. El psiquiatra, convencido de la racionalidad y del diagnóstico, representa la fe en la explicación científica. Pero su creencia en la vida, en la posibilidad de ordenar el caos, convive con situaciones que desbordan cualquier manual y con una serie hilarante de personajes secundarios, todos pertinentes y a cada cual más curioso. La película se mueve en un territorio ambiguo donde razón y delirio pueden tocarse, al tiempo que la fábula construida alrededor de ella nos recuerda que obligar a todos a ser iguales puede ser una catástrofe.
El humor de El último vikingo es negro, negrísimo, como un recuerdo de Luis García Berlanga en un paisaje escandinavo. Hay escenas que provocan una risa incómoda y, en el plano siguiente, dejan al espectador congelado de tristeza. Esa combinación no es caprichosa. La comedia, el drama familiar y el thriller conviven sin que ninguno anule al otro. La tensión por el dinero enterrado se entrelaza con la melancolía profunda de un hermano y con la desilusión del otro. Todo forma parte del mismo tejido, incluida la inmortal música de ABBA.
Los diálogos están llenos de sutilezas y hay mucha verdad en sus aparentes paradojas. A veces una frase dicha al pasar contiene más información que una confesión explícita. En estos tiempos, es refrescante que el texto confíe en la inteligencia del espectador y en la coherencia interna de sus criaturas. Las cosas ocurren según su propia lógica; por eso se sienten orgánicas, naturales, incluso cuando bordean el absurdo. Y, al final, cuando el rompecabezas se completa, nos maravilla ver que las piezas encajan y la perfección con la que lo hacen.
La fotografía, de colores profundos e intensos, refuerza esa sensación de densidad emocional. Se agradece, además, que las escenas nocturnas estén iluminadas de tal manera que quede perfectamente claro lo que sucede. El último vikingo transcurre en un verano escandinavo, intenso y continuo, en el que la naturaleza acogedora forma un telón de contraste con lo complicado de los sucesos y la intensa vida emocional de los personajes. Y es que no porque los personajes sean grotescos y exagerados son emocionalmente vanos, ni mucho menos.
En resumen, El último vikingo es una película con unos protagonistas de excepción. Es hermosa, retadora y nada complaciente. Exige atención y ofrece, a cambio, una experiencia rica en matices. Hay que mirarla con detalle, porque en los pequeños gestos y los pequeños matices están las claves que revelan la verdad de los personajes.
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