Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Enzo
La prematura muerte, hace apenas un par de años, del excelente realizador francés Laurent Cantet nos privó de la que, con toda probabilidad, habría sido su siguiente película como director. El proyecto, coescrito junto a su colaborador habitual, el también director Robin Campillo, ha terminado viendo la luz gracias a este último, que asume la dirección con un gesto de delicadeza y generosidad poco frecuente: en los títulos de crédito iniciales (y finales) puede leerse “Una película de Laurent Cantet, realizada por Robin Campillo”. Esta frase no parece solo un homenaje, sino también una declaración de intenciones estética y ética que atraviesa todo el film. Enzo es una obra que parece debatirse constantemente entre las dos sensibilidades autorales de sus escritores.
Confluyen en Enzo varios temas que dialogan entre sí con mayor o menor fortuna. Por un lado, están las turbulencias propias de la adolescencia, ese territorio incierto en el que la personalidad aún no ha terminado de conformarse y en el que las decisiones vitales se perciben como imposiciones externas. Enzo (Eloy Pohu), el protagonista, rechaza el camino académico que sus padres (interpretados por Pierfrancesco Favino y Élodie Bouchez) han trazado para él, así como el modelo que encarna su hermano mayor. En lugar de ello, opta por trabajar como peón en una cuadrilla de albañiles, una elección que funciona como gesto de rebeldía pero también como síntoma de una desorientación más profunda. A esta crisis identitaria se suma una cierta indefinición sexual que acaba inclinándose hacia una atracción homosexual por Vlad (Maksym Slivinskyi), uno de sus compañeros de trabajo.

El tercer eje temático aparece como telón de fondo, pero no por ello resulta menos relevante: la guerra de Ucrania. Dos de los obreros con los que trabaja Enzo son ucranianos y se ven obligados a regresar a su país para combatir, pese a haberse asentado en Francia. Este conflicto introduce una dimensión política y trágica que contrasta con los dilemas íntimos del protagonista. Vlad, en particular, expresa de forma explícita su rechazo a volver, llegando a afirmar que no quiere morir por culpa de Putin. Este elemento, aunque interesante en su planteamiento, queda algo desdibujado en su desarrollo, como si la película no terminara de integrar plenamente sus distintas capas.
El principal problema de Enzo reside en la acumulación de momentos inverosímiles que exigen del espectador un esfuerzo excesivo de suspensión de la incredulidad. Cuesta aceptar que un joven de 16 años, en el contexto actual, opte voluntariamente por trabajar como peón de albañil, especialmente cuando proviene de una familia burguesa acomodada y vive en un casoplón con piscina y todo tipo de comodidades. Esta contradicción no parece suficientemente justificada ni desde el guion ni desde la interpretación de Eloy Pohu.
Tampoco resulta convincente la secuencia en la que Enzo invita a una chica a su casa. La ambigüedad de sus intenciones (si responde a sus dudas sexuales o a un intento de construirse una fachada heterosexual ante Vlad) convierte el momento en fallido. Por no hablar de un accidente laboral en el que cualquiera se habría matado o sufrido lesiones graves y nuestro protagonista únicamente se rompe la muñeca.
En cuanto a la puesta en escena, la película es sutil y se acerca más al estilo de Cantet (pausado, observador) que al más exaltado de Campillo (véase 120 pulsaciones por minuto). Esa contención que es acaso la mayor virtud de la película (la voluntad de no subrayar en exceso ni manipular emocionalmente al espectador) termina convirtiéndose en una rémora ya que, en determinados momentos, la narración pierde ritmo y se torna demasiado plana. Es decir, esa falta de intensidad dramática termina por dejar al espectador demasiado frío.
El actor debutante Eloy Pohu no parece, en este sentido, un gran hallazgo. Su interpretación, muy de perfil bajo, no logra transmitir las emociones, dudas y pulsiones propias del personaje. Más que un adolescente en conflicto, Enzo parece un joven perdido en la propia película. Frente a él, Favino y Bouchez aportan solidez y oficio, pero sus personajes están construidos desde el guion de manera algo arquetípica y desaprovechada, lo que limita el alcance de sus interpretaciones a un par de buenos momentos.
Enzo es una película que, pese a su elegancia formal y a la indudable solvencia de sus creadores, no consigue desprenderse de una sensación de déjà vu. No encuentro grandes novedades en su propuesta y tengo la permanente sensación de que esto ya me lo han contado un montón de veces.
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