Las críticas de Laura Zurita:
Pillion
Colin, un joven introvertido, se queda prendado de Ray, el carismático y atractivo líder de una banda de moteros con el que empezará una relación afectiva poco convencional. Se trata de una feel good movie que desarma las convenciones de la comedia costumbrista inglesa para hablar sin pudor de los límites del amor y la vulnerabilidad de los roles de una relación, aquí estrictamente establecidos por quién conduce la moto y quién va de acompañante (Pillion).
Pillion es el debut como director de Harry Lighton quien también coescribe el guion con Adam Mars-Jones, basándose en la novela «Box Hill» del escritor y crítico literario británico Adam Mars-Jones. Está protagonizada por Alexander Skarsgård, Harry Melling, Ingo Dierkschnieder, Ryan Enever y Georgina Hellier. La película se estrena en España el 6 de marzo de 2026 de la mano de Madfer Films.

La vida como pasajero
«Pillion», en inglés, se refiere al asiento trasero en una motocicleta o al pasajero que viaja en ese asiento. El título de la película está directamente relacionado con la historia, ya que un personaje es el motociclista y el otro se convierte en su «pasajero» en un sentido más amplio y complejo, explorando temas de sumisión y pasión.
Pillion se adentra en un territorio casi desconocido para muchos de nosotros. Es la historia de dos hombres opuestos que inician una relación marcada por la tensión entre deseo y sometimiento. Uno domina mientras que el otro se entrega. Puede hablarse de amor, aunque se trate, más bien, de un amor no correspondido. Lo que aflora es una mezcla de fascinación, atracción y dependencia, pero también de poder, humillación, desdén y abuso.
La relación evoluciona por caminos imprevisibles, de esos que es mejor contemplar que relatar. Pillion construye un desarrollo de personajes denso y sugerente, que invita a la reflexión y al debate. Porque, al final, queda abierta la pregunta de si el desenlace es luminoso o desolador. A mi juicio, hay en él una melancolía inevitable, aunque también el reconocimiento de un crecimiento interior que, al menos, otorga sentido a la experiencia.
Dulzura entre asperezas
Hay una dulzura latente en Pillion, una ternura que se filtra incluso en los momentos más ásperos. La película se detiene en las emociones del protagonista (su curiosidad, su esperanza, su deseo, su miedo) y las muestra con una sensibilidad poco habitual. Resulta llamativo cómo la sexualidad se despoja de toda sensualidad, desligándose del contacto humano hasta volverse fría, casi hostil. En Pillion, el sexo no es sinónimo de intimidad, sino un espejo de la soledad y el desequilibrio entre quienes lo practican.
Pillion oscila entre esa ternura y la crueldad, entre la compasión y el desdén, revelando las zonas ambiguas donde conviven ambas. Destaca un protagonista frágil y desgarbado, que consigue despertar afecto: frente a él, un motorista contenido, físicamente intenso, cuyas emociones se entrevén raramente en los gestos más mínimos. En un papel secundario, la figura de la madre, de una ingenuidad engañosa, observa con lucidez lo que otros no ven: la verdadera naturaleza de la relación entre ambos hombres.
La puesta en escena elige una estética casi áspera, con silencios pesados y encuadres que subrayan la distancia emocional independiente de los encuentros entre los cuerpos. No hay romanticismo ni épica, sino una lucidez incómoda que obliga al espectador a posicionarse. La banda sonora de Pillion no es dominante, pero sí muy eficaz, alternando momentos de fragilidad sonora con ritmos sutiles, intenta reflejar las pulsiones emocionales de los personajes y ayuda a equilibrar ternura y tensión.
Los protagonistas de Pillion actúan de manera desnuda, a veces casi animal. Alexander Skarsgård tiene una presencia física que concentra las miradas en él y transmite amenaza y seducción a partes iguales en tanto Harry Melling encarna a la perfección un torbellino de sensaciones y emociones, y nos hace creíble un personaje muy difícil por su irracionalidad.
Pillion está impregnada de humanidad y de contradicción. Refleja una realidad incómoda y cruel, pero nunca despojada de compasión. Nos recuerda que incluso en los vínculos más distorsionados puede seguir latiendo algo humano.
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