Ciclo David Lynch: Crítica de ‘Carretera perdida’ (1997)

Las críticas de Daniel Farriol:
Ciclo David Lynch
Carretera perdida (1997)

Carretera perdida (Lost Highway) es un thriller psicológico dirigido por David Lynch que coescribe el guion junto a Barry Gifford. La historia nos presenta a Fred Madison, un músico de jazz que vive con su esposa Renee, y comienza a recibir unas misteriosas cintas de vídeo en las que aparece una grabación de él con su mujer dentro de su propia casa. Poco después, durante una fiesta, un misterioso hombre se le acerca y le dice que está precisamente en su casa en ese instante. Está protagonizada por Bill Pullman, Balthazar Getty, Patricia Arquette, Robert Loggia, Robert Blake, Gary Busey, John Roselius, Richard Pryor, Jack Nance, Henry Rollins, Giovanni Ribisi y Marilyn Manson.

Perdido en la carretera de Lynch

¿Cómo empezar a escribir la crítica de una de las películas que más me han impactado nunca en una sala de cine? Aún recuerdo las sensaciones contradictorias que me dejó el primer visionado de Carretera perdida (Lost Highway) en el cine, no entendí nada, pero de regreso a casa aún con el culo torcido no podía quitarme de la cabeza las imágenes malsanas que habían desfilado delante de mis ojos durante aquel carrusel de erotismo, surrealismo y desasosiego.

Dos días más tarde volví al mismo cine para verla de nuevo. En este segundo visionado la película me voló la cabeza ya desde los hipnóticos créditos iniciales con la visión subjetiva de aquella carretera dirección al infierno con la canción «I’m Deranged» («Estoy trastornado») de David Bowie (otro de mis ídolos) sonando a todo trapo. Esta vez salí aturdido y fascinado a partes iguales como si estuviera bajo los efectos de alguna sustancia psicotrópica.

Antes de volver a casa pasé por una tienda de discos y me compré el CD con la banda sonora que escucharía multitud de veces en casa para rememorar las escenas de la película en mi cabeza, una lástima que no incluyera un tema fundamental como «Song to the Siren» de This Mortal Coil, el cuál tardaría mucho más tiempo en descubrir que se incluía en el álbum colectivo «It’ll End in Tears» (era una época donde no era tan fácil acceder a la música ni a la información como ahora, había que currárselo más).

La trilogía de la identidad

Con Carretera perdida se inaugura la trilogía de Los Ángeles de David Lynch que continuaría con Mulholland Drive (2001) e Inland Empire (2006). No es que sean películas conectadas argumentalmente, pero sí que forman un tríptico que indaga sobre la identidad de las personas y de la propia ciudad o, mejor dicho, sobre la dislocación de esa identidad para contraponer lo visible con lo invisible, lo diurno con lo nocturno, lo físico con lo mental o la pureza con la oscuridad. Además, se repetirán otros conceptos, ideas y obsesiones ya expuestas en anteriores trabajos suyos, especialmente, Terciopelo azul (1986) y Twin Peaks: Fuego camina conmigo (1992).

Si buscamos más allá de su cine encontraremos en la película influencias cinéfilas de otros trabajos como el cortometraje Meshes of the Afternoon (Maya Deren, 1943), Perdición (Billy Wilder, 1944), Detour de Edgar G. Ulmer (1945), El beso mortal (Robert Aldrich, 1955), Vértigo (De entre los muertos) (Alfred Hitchcock, 1958), El carnaval de las almas (Herk Harvey, 1962) o Persona (Ingmar Bergman, 1966), entre otros. Pero bajo el prisma de Lynch cualquier referencia ajena queda supeditada a una atmósfera onírica propia que transforma sus claves genéricas para darles un nuevo significado.

Una primera parte de corte minimalista

Carretera perdida tiene una estructura de guion circular, una cinta de Moebius donde los acontecimientos cobran sentido en distintos planos de conciencia, con dos grandes bloques argumentales que se retroalimentan desde lo simbólico. Los primeros 50 minutos cuentan la historia de Fred Madison (Bill Pullman), un saxofonista que vive con su esposa Renee (Patricia Arquette) en una zona residencial de Los Ángeles. Un día alguien llama al interfono de Fred y le dice que «Dick Laurent está muerto», él no sabe aún quien demonios es ese hombre. Tras eso comienzan a recibir en el correo unas extrañas cintas de vídeo donde aparece una grabación de la fachada de su casa y luego imágenes de la pareja mientras duermen en su dormitorio. La policía investiga los hechos, pero no encuentran ningún indicio de quién puede estar detrás de esas grabaciones. En la última cinta VHS que reciben, Fred aparece asesinando a su esposa y es encarcelado.

Esa primera parte de la película está rodada como un thriller psicológico minimalista donde la tensión va creciendo a medida que los hechos se vuelven más bizarros con la aparición en una fiesta de Mystery Man (Robert Blake), uno de los personajes más enigmáticos y terroríficos que ha dado el cine contemporáneo. Tanto la casa, convertida en un laberinto que conecta lo real con el subconsciente, como la mayoría de muebles que aparecen en ella, pertenecen y fueron diseñados por David Lynch (es algo que ya hacía en sus primeros cortos cuando pintaba las paredes de negro para rodar The Alphabet o The Grandmother). La elección de protagonistas como Bill Pullman o Kyle MacLachlan, ambos con un aspecto físico similar al propio director en su juventud, convierten la experiencia en una ficción que pergeña y concentra las propias experiencias o sueños traumáticos del cineasta en los mismos espacios donde él mismo interactúa en su vida cotidiana.

Esta parte del filme tiene escenas muy bergmanianas a nivel de utilización del espacio y de los personajes dentro del cuadro. La idea de las cintas VHS tuvo una réplica posterior en Caché (Escondido) (Michael Haneke, 2005), en la que una pareja de burgueses también era acosada utilizando el mismo método, aunque ahí el director austríaco daba un volantazo hacia otro tipo de reflexión social. Tras esos inquietantes 50 minutos, la narración de Carretera perdida toma un desvío inesperado hacia el neo-noir, con todos los tropos habituales de las novelas de James M. Cain o Jim Thompson, un truco de magia tras el que se oculta la tesis de la película sobre la violencia adscrita a la masculinidad tóxica.

Cine negro y clichés que esconden mucho más

Mientras Fred Madison está en la celda esperando a que llegue su ejecución sucederá lo inexplicable: se transforma en Pete Dayton (Balthazar Getty). Cuando Lynch fue cuestionado sobre este evento esotérico lo explicó con una teoría extraída de la psiquiatría alegando que se trataba de una fuga psicogénica, es decir, una amnesia selectiva que puede dar lugar a la creación de una nueva identidad para vivir los mismos hechos desde una perspectiva disociada. Y ahí está la clave para entender lo que realmente sucede en Carretera perdida. Ya lo adelanta Fred en un diálogo anterior cuando es interrogado por la policía «Me gusta recordar las cosas a mi manera. Las recuerdo a mi modo, no necesariamente como pasaron.».

Pete trabaja en un taller mecánico al que acude regularmente Mr. Eddy (Robert Loggia), un peligroso mafioso local que tiene como amante a Alice Wakefield (Patricia Arquette), una explosiva mujer por la que enseguida se sentirá atraído el joven y de la que se convertirá en su amante pese a los peligros que eso conlleva. El director escogió a Loggia años después que el actor se postulara sin éxito para el rol de Frank Booth de Terciopelo Azul cuando ya había escogido a Dennis Hopper. Ambos personajes tienen mucho en común, son hombres malvados y violentos que se sirven de su posición de poder para abusar sexualmente de las mujeres. Booth lo hacía con Dorothy Vallens a la que chantajeaba tras haber secuestrado a su esposo e hijo, mientras que aquí Mr. Eddy lo hace con Alice a la que engaña con una oferta de trabajo falsa para posteriormente prostituirla e introducirla en el mundo del cine porno y del snuff. La propia Laura Palmer de Twin Peaks era otra víctima de la crueldad patriarcal, en esa ocasión inducida por su propio padre.

La extremada sexualización que conlleva el icono de la femme fatale podría llevar al equívoco de considerar la película como machista cuando en realidad, el guion escrito por David Lynch y Barry Gifford (autor de la novela que inspiró Corazón salvaje), habría que reconsiderarlo como un ejercicio de estilo que utiliza el imaginario del cine negro para reflexionar sobre la violencia de género. La película está contada desde el punto de vista de un hombre bajo los efectos de los celos, así que la sexualidad obsesiva es tratada como una enfermedad mental, ya lo decía la propia Dorothy en Terciopelo azul cuando tras mantener relaciones con Jeffrey le decía «tengo tu enfermedad dentro de mi».

Divergencia de identidades

Fred Madison sospecha de su mujer, Renee, la trata con superioridad y acaba matándola cuando descubre (o cree) que le es infiel. Pete Dayton quiere poseer en cuerpo y alma a Alice, pero ella no se deja y le traiciona, convirtiendo al chico en una víctima de las circunstancias. Fred y Pete son la misma persona o, mejor dicho, Pete es la extensión de la personalidad de Fred inventada por su imaginación, creando un mundo irreal y cinematográfico que pueda ayudarle a eludir la responsabilidad de sus actos (el asesinato y descuartizamiento de su esposa). Renee y Alice también son la misma mujer (en una foto aparecen las dos cuando la mira Pete, pero cuando lo hace otro personaje solo está Renee), una morena y otra rubia como reducto fetichista para las pulsiones freudianas que tan bien retrató Hitchcock en Vértigo (De entre los muertos).

Pero ese estado de fuga mental resulta insostenible y no puede durar para siempre, así que Fred aparece en su propio sueño, huyendo por la misma carretera del principio mientras sufre una dolorosa simbiosis entre sus dos personalidades escindidas, algo semejante a la transformación de la bestia interior que refleja «El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde» de Stevenson (una imagen que en el plano real podría significar la ejecución de Fred en la silla eléctrica). Y es que el tema de la identidad o la divergencia de identidades es un tema recurrente para Lynch en el que aún profundizará más en Mulholland Drive e Inland Empire.

Por ejemplo, la imagen de Fred Madison riéndose en la grabación de vídeo junto al cadáver de su mujer es la misma de Bob/Leland Palmer o del doppelgänger del Agente Cooper en Twin Peaks. Lynch incide en Carretera perdida en el tema del doble, en la oscuridad que subyace bajo la condición humana y en los resortes ligados a la sexualidad que hacen que arda por dentro un demonio incontrolable, siendo tan fácil como hacer frotar un fósforo para iniciar ese fuego (imagen con la que abre esta película al igual que en Corazón salvaje y que ya había utilizado también en Terciopelo azul).

La banda sonora

Pero más allá de la búsqueda «racional» de lo que cuenta Carretera perdida, lo que verdaderamente importa en esta película es dejarse arrastrar por el cúmulo de sensaciones que provoca. Obra seminal en la filmografía de Lynch, tiene escenas tan sugestivas como la imagen subjetiva de la línea discontinua en la carretera, Fred desapareciendo en la oscuridad de su casa (unas cortinas rojas anticipan la entrada al mundo del subconsciente), las terroríficas apariciones de Mystery Man o el striptease que hace Patricia Arquette a punta de pistola mientras suena la contundente versión de Marilyn Manson del «I Put a Spell on You». La actriz en su doble intervención está más sensual y sexual que nunca, sin duda, es el papel más importante de su carrera junto al de Amor a quemarropa (Tony Scott, 1993).

Toda la banda sonora está plagada de temazos que suenan por encima de diversas capas sonoras que crean una atmósfera única donde tiene cabida desde el metal de Rammstein hasta el piano melancólico de Antonio Carlos Jobim en «Insensatez», pasando por Bowie, Manson, Barry Adamson, Smashing Pumpkins o Lou Reed. Pero hay que detenerse con el citado «Song to the Siren» de This Mortal Coil que Lynch ya quiso utilizar en la escena del baile de Terciopelo Azul y que al no obtener los derechos sustituyó por el etéreo «Mysteries of Love» que compuso Badalamenti.

En Carretera perdida la canción ilustra una escena de sexo con los cuerpos desnudos de Getty y Arquette iluminados en el desierto por los faros de un coche. Es un momento cinematográfico bello y poderoso, más que erotizante resulta abstracto, a lo que hay que añadir el simbolismo mitológico que tienen las sirenas en la literatura como criaturas que atraen a los marineros a las rocas. La perversidad de la mujer y el poder de su cuerpo para hipnotizar al hombre, algo que visto en perspectiva y no desde el punto de vista masculino convierte al hombre en un ser débil incapaz de controlar sus deseos más primarios que es de lo que trata la película.

«Anoche tuve un sueño»

Han pasado 25 años desde el estreno de Carretera perdida y vista ahora sigue siendo una experiencia igual de subyugante y alucinógena. Un viaje con Lynch a través de los surcos cerebrales que nos conduce a los lugares más recónditos de nuestros pensamientos y deseos más oscuros. Posiblemente sea, junto a Mulholland Drive, el filme más estilizado de toda su filmografía donde la fotografía de Peter Deming saca partido a los claroscuros entre tonos neutros durante la primera mitad y a la sublimación del color en la segunda (y eso que el director quería rodarla en blanco y negro). Otra característica habitual de Lynch se mantiene, esa atemporalidad que a veces hace que parezca estemos en los años 50-60 (vestuario, atrezzo) y otras que la historia transcurra en los años 80-90 como indicaría el uso de las cintas VHS.

La cámara utiliza varios movimientos de grúa que enfocan a sus personajes desde arriba (un ojo juicioso) para bajar luego a su altura, es la misma idea expuesta al inicio de Terciopelo Azul que nos lleva desde el azul del cielo a un agujero en la tierra donde habitan las cucarachas. Entre ese cielo y el infierno se encuentra el purgatorio del hombre cuyo destino lo marcará el sentido de sus decisiones. Carretera perdida es una travesía sin retorno y sin previo pago al barquero, un recorrido exhaustivo por el cine negro y las obsesiones habituales del director que incluye algún guiño como ese detective que dice no tener oído musical (una referencia a la sordera de Gordon Cole) o la utilización de una cámara de vídeo como si fuera un arma (en Twin Peaks ya se cargó un televisor).

Así pues el «Anoche tuve un sueño» que pronuncia Fred Madison en el inicio de su decadencia mental acaba convirtiéndose en una frase tan icónica en el cine de Lynch como el «Anoche soñé que volvía a Manderley» de Rebeca (1940) para el cine de Hitchcock, director referente de muchas de sus películas. Si aún no has visto nunca Carretera perdida deberías hacerlo cuanto antes y si lo hiciste hace tiempo te recomiendo que la revisites, nunca deja indiferente por muchas veces que lo hagas.


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Carretera perdida

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