Crítica de ‘Gagarine’: La poética del desarraigo

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Gagarine

Hay mejores hallazgos visuales que resultados narrativos en Gagarine, la ópera prima de los cineastas franceses Fanny Liatard y Jérémy Trouilh, un film que a lo largo de su metraje transita desde el tono documental hasta una evocación nostálgica de esa edad de pérdida de la inocencia, llamada adolescencia, en la que el desarraigo (acaso el tema central del film) duele especialmente. Todo ello impregnado de un cierto (y sutil) tono de denuncia social y una creciente carga poética a medida que avanza la película.

El punto de partida es la demolición de Ciudad Gagarin, un barrio de viviendas en la periferia de París que fue inaugurado en 1963 por el cosmonauta soviético Yuri Gagarin, primer hombre en viajar al espacio dando una vuelta completa a la tierra a bordo de su cápsula Vostok 1, un lejano 12 de abril de 1961. Ciudad Gagarin fue un auténtico símbolo ideológico asentado en lo que algunos sociólogos llamaban el cinturón rojo de París, un entorno de viviendas para la clase obrera que, con el paso del tiempo, terminó por ser espejo del declive del comunismo y su progresivo deterioro físico se vio agravado por las tensiones sociales fruto de la difícil convivencia entre las familias obreras autóctonas y la nutrida inmigración de familias subsaharianas que, durante los años sesenta y setenta del pasado siglo, se asentaron en la capital francesa.

Cuando en 2019 se anunció la demolición del bloque para la construcción de un nuevo barrio ecológico (discurso ideológico del siglo XXI reemplazando al de mediados del siglo XX), Yuri (Alséni Bathily), un joven adolescente que ha pasado los dieciséis años de su vida viviendo allí, trata de detener la destrucción del edificio mientras sueña con convertirse en astronauta y seguir los pasos de su ídolo Yuri Gagarin.

Todo está contado con sutileza, con buen gusto y con agradecible autenticidad en las interpretaciones de los jóvenes protagonistas, al joven Alséni Bathily se le une la carismática actriz franco-argelina Lyna Khoudri (César a la mejor actriz revelación por Papicha) que recientemente ha dado el salto internacional con su aparición en La crónica francesa de Wes Anderson. Hace también una breve aparición el ya veterano Denis Lavant, un habitual de las películas de Leos Carax. La notable concepción visual de Liatard y Trouilh se complementa con la dirección de fotografía de Victor Seguin y la delicada música de Evgueni y Sacha Galperine y Amine Bouhafa.

El problema es que el batiburrillo de géneros (documental, realismo social, drama romántico, y tintes de ciencia ficción) con los que los directores (y guionistas) sazonan la película termina por desembocar en una narrativa desestructurada que hace difícil entrar en la historia, empatizar con los personajes y seguir un hilo argumental que, tal vez, sencillamente no exista porque así fue la intención de sus creadores.

Película de visionado agradable si uno entra en su parsimonia narrativa y en el deleite visual, pero no apta para espectadores poco dados a la contemplación visual, Gagarine alcanza sus mejores momentos en el tercio final del film, sin duda el más hermoso, en el que la música y las imágenes se entregan totalmente al lirismo y asistimos incluso a un guiño a Encuentros en la tercera fase del maestro Spielberg.


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Gagarine

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