Crítica de ‘El hombre que vendió su piel’: La humanidad como mercancía

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
El hombre que vendió su piel

Cuando la actualidad nos hace vivir sobrecogidos por las asoladoras noticias de la guerra en Ucrania, corremos el riesgo de perder de vista la existencia de otros conflictos bélicos armados que suceden, desde hace años, en otras partes del mundo. En 2011 comenzó una guerra en Siria de la que, a estas alturas, sigue sin vislumbrarse un final y cuyas cifras en cuanto a muertos y refugiados resultan tan difíciles de saber con exactitud como de aceptar y seguir viviendo mientras miramos para otro lado.

El escenario prebélico de las revueltas populares en la Siria de 2011 sirve a la guionista y directora tunecina Kaouther Ben Hania como punto de partida de El hombre que vendió su piel. Debajo de este sugerente título subyace, como en casi todas las películas que en el mundo han sido, una historia de amor que, tras su planteamiento inicial, se sitúa en el fondo de la narración durante casi toda la película para abordar otras cuestiones tan aparentemente poco relacionadas como finalmente coherentes.

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos” le decía Ilsa (Ingrid Bergman) a Rick (Humphrey Bogart) en Casablanca mientras escuchaban a la Gestapo anunciar la inminente entrada de los alemanes en París demostrando que el amor es el único sentimiento humano capaz de coexistir y sobreponerse a la barbarie y la destrucción. Eso mismo hacen precisamente Sam Ali (Yahya Mahayni) y Abeer (Dea Liane) al inicio de la guerra en Siria allá por 2011, enamorarse perdidamente a pesar de tenerlo casi todo en contra. Abeer, casada con un diplomático, se establece en Bruselas, pero cuando Sam debe huir de Siria, el Líbano es el único país al que puede hacerlo con (relativa) facilidad. A partir de ahí, el sueño europeo no es más que una quimera para determinadas personas que son miradas de un modo diferente según su lugar de procedencia.

Y en este punto es donde Ben Hania rompe con los convencionalismos para ejercer una afilada crítica a la Europa del espacio Schengen y situar el potente dilema moral que da cuerpo a la película ¿Y si un hombre que no puede circular libremente decide convertirse en una mercancía cuya circulación es mucho más libre que la de seres humanos?

Para ello será necesario que aparezcan otros dos personajes: Jeffrey Godefroi, uno de estos artistas modernísimos y provocadores (Koen de Bouw) y su ambiciosa agente Soraya (Mónica Bellucci) para ofrecer a Sam convertirse en una obra de arte a través de un tatuaje en su espalda que represente un visado Schengen. Y allá donde hay un ser humano necesitado de libertad, hay una oportunidad para comprarle y convertirlo en mercancía.

Esta, en apariencia, deshumanización de Sam al convertirse en un objeto artístico en sí mismo le devolverá paradójicamente su humanidad y su libertad en función de los absurdos códigos del mercado artístico y los hipócritas planteamientos de las leyes internacionales. Ya no se trata de un sirio peligroso, presunto terrorista solo por su origen, al que no se puede permitir entrar en Europa bajo ningún concepto, no, ahora es el objeto de deseo de los comisarios de exposiciones artísticas en reputados museos o de estúpidos coleccionistas de arte que pagan disparatadas cantidades en las casas de subastas.

A pesar de que no parece la intención principal de su guionista y directora, no desdeña la ocasión de emplear la sátira contra todo lo que rodea a la creación artística y su exhibición, explotación comercial y snobismo esclavo de las modas.

El film, que fue nominado al Óscar a mejor película internacional en 2020 (Óscar que finalmente ganó la danesa Otra ronda de Thomas Vinterberg) apoya toda su fuerza en la sólida construcción del guion y en el portentoso trabajo interpretativo de su protagonista Yahya Mahayni. La dirección de Kaouther Ben Hania huye de academicismos y en todo momento trata de cobrar un protagonismo que, tal vez, desvíe un poco la atención de aquello que debería ser lo sustancial: su relato.

El hombre que vendió su piel es una película tan tensa narrativamente como potente en su desoladora acusación a la hipocresía y el cinismo de una sociedad que bien podría encarnarse en el personaje de Mónica Bellucci, una mujer fría y cínica a la que el guion parece querer redimir en el sorprendente giro final, tan efectista como bien realizado.


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El hombre que vendió su piel

8

Puntuación

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