Crítica de ‘Cantando bajo la lluvia‘: La magia que perdura

Las críticas teatrales de Daniel Farriol:
Cantando bajo la lluvia

La obra musical Cantando bajo la lluvia es la adaptación teatral dirigida por Àngel Llàcer y Manu Guix, con coreografías de Myriam Benedited, de la mítica obra maestra del cine realizada en 1952 por Stanley Donen y Gene Kelly. La historia sigue a Don Lockwood, un famoso actor de cine mudo que hace pareja de éxito con Lina Lamont, pero que con la llegada del sonoro se complica su aclimatación a los nuevos tiempos. Todo cambiará cuando Don conozca a la joven aspirante a actriz Kathy Selden que le hace darse cuenta de que hay cosas que están por encima de la fama y el dinero, iniciando con ella un romance que pone en peligro todo lo que había conseguido hasta entonces.

Esta adaptación teatral está protagonizada por Ivan Labanda, Diana Roig, Ricky Mata, Mireia Portas, José Luis Mosquera, Oriol Burés, Clara Altarriba, Bernat Cot, Bittor Fernández, Júlia Bonjoch y Sylvia Parejo. La obra teatral se ha estado representando en el Teatro Tívoli de Barcelona desde el mes de septiembre de 2021 hasta abril de 2022. Tras unos meses de descanso, está previsto que pueda verse en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid desde septiembre a noviembre de 2022.

¿Cómo adaptar una película tan mítica a teatro?

La adaptación de una obra tan mítica como Cantando bajo la lluvia era, sin duda, un reto inabarcable al que Àngel Llàcer y Manu Guix se acercan desde el respeto y la fidelidad hacia el original. Es un homenaje a los grandes musicales de la edad dorada de Hollywood que busca el equilibrio del humor blanco del original con un enfoque que busca adaptarse al público de hoy en día, pero manteniendo siempre un tono popular. Los nuevos textos de Marc Artigau agregados al guion de Betty Comden y Adolph Green no son lo fuerte de la función, pero el guion de la obra mantiene la misma estructura narrativa de la película con aquella inteligente revisión de la evolución del cine a través de la incorporación del sonoro.

Una adaptación de este tipo era imposible abordarla desde la modestia, así que el espectáculo que nos brindan es tan abrumador para hacer notar un presupuesto que está alrededor de los 2,5 millones de euros. Y es que en escena veremos aparecer nada menos que 23 actores y bailarines, junto a una orquesta de 9 músicos que interpreta en vivo las inolvidables melodías compuestas por Nacio Herb Brown y Arthur Freed; a ello hay que sumarle 190 cambios de vestuario, 75 cambios de escenario y hasta el empleo de un tanque con 1.000 litros de agua (que se reciclan en cada función) para aumentar el realismo en la famosa escena que da nombre a la película/obra. Un montaje ambicioso y muy complejo que requiere de un minucioso trabajo escénico que, además, tiene como soporte audiovisual en determinados momentos algunas proyecciones cinematográficas perfectamente integradas dentro de la narrativa teatral.

El elenco y algunos numerazos

Lo más llamativo de Cantando bajo la lluvia es el impresionante trabajo de escenografía diseñado por Enric Planas junto a la cautivadora iluminación de Albert Faura. La magia del cine se traslada sobre las tablas a través de una puesta en escena creativa y de gran belleza plástica que enmarca con acierto las espectaculares coreografías de Myriam Benedited que recrean algunos números musicales tan inolvidables como “Haz reír (Make ‘em laugh)”, “Good Morning” o la icónica “Singin’ in the rain”. Una de las cosas más atractivas del espectáculo es la manera en que se abarca todo el espacio del teatro, no solo el escenario, con la aparición de actores por el pasillo central del patio de butacas o sentados en los palcos superiores, ya que a menudo, tras la acción principal, hay figurantes que realizan pequeñas acciones que no siempre podremos acaparar con nuestra mirada y que sirven para dar una mayor noción cinematográfica al conjunto.

Es cierto que echaremos en falta ver bailar y cantar a Gene Kelly, Donald O´Connor, Debbie Reynolds, Jean Hagen o Cyd Charisse, pero si el espectador consigue librarse de las imágenes que llevan tantos años acompañando nuestro imaginario colectivo, podrá disfrutar con el encomiable trabajo que realiza todo el elenco. Ivan Labanda es un Don Lockwood carismático y convincente y Diana Roig es una Kathy Selden dulce y talentosa, ambos tienen la química necesaria en el escenario, regalándonos números musicales sólidos y de calidad. A su lado, Ricky Mata se transforma en un Cosmo Brown audaz y divertido, cuyo punto álgido es la interpretación al borde de la asfixia de “Haz reír (Make ‘em laugh)”. Sin embargo, quien en cada aparición se adueña verdaderamente de la función es Mireia Portas creando una Lina Lamont entrañable e inolvidable que tiene reservados los diálogos más hilarantes de la obra y que serán los que harán reír con más fuerza al público. Junto a todos ellos, se irán asomando por el escenario otros secundarios de lujo y, sobre todo, un plantel de bailarines de primer orden, entre los que hay que destacar a Sylvia Parejo cantando “Beautiful Girl” en el que termina siendo uno de los momentos más inesperadamente bellos de todo el espectáculo.

La magia que se pierde

En Cantando bajo la lluvia nos esperan 150 minutos (con un descanso entre medias de 15) de puro teatro musical clásico. Es la magia que perdura, la mirada nostálgica de una manera de hacer cine, teatro y arte en general que se está perdiendo entre nuestras nuevas e incómodas costumbres (ya se puede entrar al teatro con vasos de cerveza y bolsas de palomitas…). El espectáculo-homenaje realizado a cuatro manos por Àngel Llàcer y Manu Guix es tan reverencial con el material original que al mismo tiempo que vemos su adaptación iremos reviviendo la película en nuestra imaginación.

La mayoría de números musicales podemos decir que son sensacionales, hay cambios de escenario y juegos de luces maravillosos, aunque la obra falla un poco en el ritmo de algunas transiciones, en la arbitrariedad de utilizar el inglés o el español en según qué canciones o al estirar determinadas bromas recurrentes en demasía hasta perder efectividad. Pero lo que sí está claro es que saldrás del teatro con una sonrisa de oreja a oreja mientras las canciones siguen resonando en tu cabeza y los pies se deslizan al caminar por la acera como si llevaras zapatos de claqué. Y es que tendrás la extraña sensación de haber viajado en un túnel del tiempo hacia una época donde todo parecía más sencillo. ¡Qué empiece a llover!


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