Crítica de ‘Slalom’: Mirada gélida e incómoda a los abusos en el deporte

Las críticas de Daniel Farriol:
Slalom

Slalom es un drama francés escrito y dirigido por Charlène Favier. La historia sigue los pasos de Liz, una chica de 15 años que ha sido aceptada en una de las escuelas de esquí más prestigiosas de toda Francia, alejada de su familia y amigos. Su entrenador es un ex campeón que para llevarla a lo más alto del podio la trata de forma estricta pero que, poco a poco, empieza a acercarse a ella de un modo que extralimita sus funciones. Está protagonizada por Noée Abita (Ava, Génesis), Jérémie Rénier (El amante doble, La chica desconocida), Catherine Marchal, Muriel Combeau y François Godart. La película estuvo presente en la Sección Punto de Encuentro de Seminci 2020. Se ha estrenado en salas comerciales el día 11 de Marzo de 2022 de la mano de El Sur Films.

Los abusos en el mundo del deporte

La ópera prima de la realizadora francesa Charlène Favier apuesta por un relato iniciático valiente que pone los puntos sobre las íes en determinados temas candentes y que muchas veces observamos con una venda en los ojos como es el abuso de menores en el mundo del deporte de la alta competición. Precisamente, el año pasado fue la mismísima Simone Biles, gimnasta estadounidense campeona olímpica en Río de Janeiro, quién sacudió al mundo entero con una denuncia de abusos sexuales contra Larry Nassar, médico del equipo. Fue un caso mediático debido a la trascendencia de la denunciante pero, por desgracia, es algo que sucede habitualmente en muchos escenarios y hacia menores cuya voz no siempre es escuchada. La propia Favier fue esquiadora de pequeña y, sin ser una historia autobiográfica, reconoce que sí que ha concentrado en su película muchas de las sensaciones que tuvo durante esa época.

Slalom sigue la trayectoria de Liz López (Noée Abita), una adolescente de 15 años que lucha por convertirse en esquiadora profesional y consigue ser aceptada en una de las escuelas más prestigiosas de toda Francia. Procedente de una familia desestructurada, con un padre ausente y una madre que hace todo lo posible por estarlo también, la chica deberá afrontar en absoluta soledad una complicada etapa de su vida llena de cambios físicos y emocionales junto a otros jóvenes esquiadores con los que deberá convivir en un aislado pueblo de los Alpes. La exigencia del entrenador, Fred (Jérémie Rénier), para convertirlos en esquiadores profesionales con opciones de llegar a competir en las siguientes Olimpiadas de invierno, se convierte en una búsqueda de la excelencia que pondrá al límite sus capacidades físicas y mentales. El éxito deportivo se erige en la única salida para superar el fracaso personal, aunque en el caso de la chica no sea culpa de ella.

La ambigua relación con el entrenador

Slalom se inicia como un coming of age de manual en el que contemplaremos el despertar sexual de Liz (las hormonas revolucionadas de algunos compañeros…), sus miedos e incertidumbres (la vergüenza de las primeras menstruaciones…) o la necesidad de recuperar la atención que no le dispensan sus progenitores (a través de la figura del entrenador). Pero la película no se detiene ahí y nos muestra a una chica desamparada e inexperta, frágil y fuerte al mismo tiempo, que termina refugiándose en un entrenamiento obsesivo para convertirse en la mejor del equipo y, a la vez, olvidar sus decepciones cotidianas. A medida que vaya consiguiendo esas victorias recibirá a cambio una mayor atención por parte de su entrenador, un ex esquiador profesional que proyecta su desmedida ambición y también sus propias frustraciones sobre la chica, lo que retroalimentará la autoexigencia de la esquiadora para seguir mejorando aún poniendo en riesgo su propia salud mental.

Lo que en un principio podría servir para llenar el hueco de un vínculo paterno-filial roto va adquiriendo una intimidad que rebasa los límites de edad para establecer una relación sentimental entre el hombre adulto con la niña-mujer. Es importante hacer notar que la historia se cuenta siempre desde el punto de vista de la quinceañera, lo que altera la posible idealización que a veces se hace en el cine de este tipo de relación. Las escenas de sexo nos llevan a un lugar incómodo que supera el debate del consentimiento y perturbarán enormemente al espectador ante la indefensión de la chica que no sabe como afrontar la situación. Ella no se resiste, a veces incluso parece requerir esa atención, pero en realidad está siendo abusada y violada por alguien que hace uso de su posición de poder y liderazgo. No es nada fácil lo que consigue hacer Charlène Favier para explicar todo eso sin caer en maniqueísmos ni aspavientos ideológicos. Es sutil y, sin embargo, te golpea con la fuerza de quién sostiene un martillo.

La fisicidad/sexualidad

La directora pega su cámara al rostro de Noée Abita, una de las jóvenes actrices francesas más prometedoras en la actualidad. Por ejemplo, pudimos verla en las excelentes Ava (Léa Mysius, 2017) o Génesis (Philippe Lesage, 2018) que también lanzaban sendas miradas distintivas a la adolescencia y la sexualidad. Los grandes ojos de la actriz concentran todo el mundo interior de un personaje lleno de matices y contradicciones que se deja manipular ante su imperiosa necesidad de afecto durante su descenso hacia el abismo. Ahí entra el símil del título Slalom con la vida real. Lanzarse al vacío de la montaña nevada, sin miedo ni frenos, es lo que deberá aprender en su día a día para confrontar el paso a la madurez que le llevará, por fin, a tomar decisiones por sí misma y sin tener en cuenta lo que los demás esperan de ella. Tras superar los obstáculos (en esquí se llaman puertas) se encuentra la recompensa de la meta, la suya será el autodescubrimiento. La escenas de competición están rodadas con una cámara nerviosa que muestra la velocidad del riesgo, pero es en las escenas de carácter más íntimo cuando Charlène Favier muestra todo su potencial como directora.

Slalom es una película muy emocional, pero también esencialmente física. En el aspecto formal, la película es brillante y contiene planos de gran belleza plástica, hay que destacar en ese sentido el trabajo fotográfico y el tratamiento de la luz que hace Yann Maritaud. La cámara encuentra siempre el encuadre exacto para acercarnos a lo que de verdad importa en cada momento que no siempre coincide con la acción principal que sucede en pantalla. Por ejemplo, la fisicidad del deporte adquiere una clara connotación sexual entre los personajes, la directora busca en el sudor de los cuerpos o en la convulsa respiración por el esfuerzo una forma de acrecentar la atracción sexual que siente el entrenador hacia su discípula. Slalom es una de esas joyitas inesperadas que llegan y se irán sin hacer demasiado ruido, pero que sacudirán con fuerza y no dejarán indiferentes a los espectadores que decidan acercarse a ella.


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Slalom

7.5

Puntuación

7.5/10

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