Centenario Fernando Fernán Gómez: Crítica de ‘Siete mil días juntos‘ (1994)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Siete mil días juntos

El Diccionario de la Lengua Española, al que hay que recurrir de vez en cuando, define el feísmo como la “tendencia artística o literaria que concede valor estético a lo feo” y unas palabras más abajo define feo como “desprovisto de belleza y hermosura” o “que causa desagrado o aversión” entre otras acepciones. Hay que asumir la enorme carga subjetiva (y sentimental) que esto acarrea, claro, porque a ver quien le dice a una madre que su hijo es feo o a un enamorado que su novia es fea. A ellos les parecerán las personas más “provistas de belleza y hermosura” de la humanidad y nadie, basándose en su gusto personal, puede ni debe llevarles la contraria.

Viene esto a cuento (o no) para decir que si aceptamos la tendencia artística del feísmo aplicada al cine, Fernando Fernán Gómez hizo con Siete mil días juntos una de las mayores obras maestras del feísmo de toda la historia del cine español. Fea es la casa en la que viven Matías (José Sacristán) y Petra (Pilar Bardem), fea la bata de guatiné que lleva esta última, como feo resulta verla comer compulsivamente magdalenas mojadas en leche una detrás de otra. Fea es la profesión de Matías (algo así como técnico en un instituto anatómico forense lleno de cadáveres descuartizados), feas son las cejas de Agustín González y más feas aún sus aficiones de necrofilia (mejor ni pensarlo). Fea es la ropa interior de María Barranco en su striptease amateur, fea la puesta en escena del film, la fotografía deslucida de Hans Burmann y fea no, espantosa, una música de Mariano Díaz que resulta francamente insufrible.

Dicho esto, si a alguien le parece bonito todo lo descrito que se busque a otro con quien discutir porque no estaré yo dispuesto a ello. Siete mil días juntos, un trabajo de encargo como el propio Fernán Gómez se encargó de describir, quizá para justificarse, es en realidad un remake, pues parte de un guion de Luis Alcoriza que ya había sido llevado a la pantalla 35 años antes en El esqueleto de la señora Morales (Rogelio A. González, 1959). Los guionistas Javier García Mauriño, Fernando Morales y el propio Fernán Gómez fueron los encargados de adaptar el argumento de Alcoriza del México de finales de los cincuenta a la España de mediados de los noventa. Y en esta fallida adaptación puede radicar parte del problema de un film cuya verosimilitud está siempre rozando el filo de lo increíble.

Matías y Petra llevan casados veinte años, o sea, más o menos, siete mil días. Y aquello de «en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la alegría y en las penas…» no es ya más que una lejana letanía convertida en condena en la que nada queda de prosperidad, salud, riqueza o alegría. Ambos son profundamente desgraciados y los dos se esfuerzan por hacérselo saber continuamente el uno al otro.

La vida de Petra transcurre siempre en el interior de las paredes de su (fea) casa, a menudo acompañada por un nutrido grupo de vecinas y amigas, cotillas de manual, entre las que resulta imposible no destacar a una Chus Lampreave ejerciendo de pitonisa. Matías, sin embargo, tiene otras aspiraciones y su vida da un giro en cuanto conoce a Angelines (María Barranco), una dependienta de Galerías Preciados que le vende una videocámara y con la que no tarda en tener una aventura.

Todo este meollo argumental sirve a Fernán Gómez para, humor negro y feísmo mediante, poner en primer plano un cuestionamiento de la condena a cadena perpetua en que podía convertirse un matrimonio mal avenido, lo cual, en la España de los noventa con una ley del divorcio ya vigente desde 1981, no terminaba de resultar del todo verosímil. Quizá precisamente por eso, el film termina con una cita de Cervantes que apoya la principal tesis del film: “En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento, y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes”.

Al margen de consideraciones genéricas (comedia negra puede ser la etiqueta que mejor le encaje), Siete mil días juntos transita a menudo por el tremendismo y el esperpento para terminar de componer ese film feo al que nos referíamos al inicio de estas líneas. Lo más destacable es el trabajo interpretativo del trío protagonista Sacristán, Bardem y Barranco acompañados por una galería de secundarios compuesta por Tina Sainz, Chus Lampreave, Francisco Casares y encabezada por Agustín González en un personaje siniestro, revirado e inquietante como pocos.


Siete mil días juntos está temporalmente disponible, de forma gratuita, en la aplicación RTVE Play. Existe una edición en DVD a cargo de Suevia Films con el sello de TVE en la que el master de imagen ha sido restaurado y la calidad es bastante aceptable.

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