Centenario Ava Gardner: Crítica de ‘Mercaderes de ilusiones’ (1947)

Las críticas de Daniel Farriol:
Centenario Ava Gardner
Mercaderes de ilusiones (1947)

Mercaderes de ilusiones (The Hucksters) es una comedia romántica estadounidense dirigida por Jack Conway (Encrucijada, Historia de dos ciudades). El guion corre a cargo de Luther Davis (Una mujer atrapada, Un extraño en el paraíso) basado en una novela de Frederic Wakeman (Sed de dominio, One Day, My Daddy…), adaptada por Edward Chodorov (El parador del camino, Capturados) y George Wells (Mi desconfiada esposa, Repertorio de verano). La historia sigue a Victor Norman, decidido dedicarse al mundo de la publicidad utilizando a viudas de guerra para que alaben las virtudes de los productos que anuncia. Está protagonizada por Clark Gable, Deborah Kerr, Sydney Greenstreet, Adolphe Menjou, Ava Gardner, Keenan Wynn, Edward Arnold y John McIntire.

El mundo de la publicidad en el punto de mira

Mercaderes de ilusiones es una comedia no demasiado recordada en la exitosa carrera de su trío de estrellas protagonistas formado por Clark Gable, Deborah Kerr y Ava Gardner, pero no es para nada un filme desdeñable o carente de puntos de interés. La historia está ambientada tras la Segunda Guerra Mundial, durante la eclosión del mundo de la publicidad en Madison Avenue, mismo lugar que sirvió como inspiración posteriormente para la creación de la serie Mad Men (Matthew Weiner, 2007-2015). El protagonista es Victor Norman (Clark Gable), un ejecutivo con mucha labia que tiene fama de díscolo y mujeriego, pero que sobrevive sin un centavo en los bolsillos. Tras recibir una oferta de trabajo de la agencia de publicidad Kimberly, tratará de lidiar con las exigencias de Evan Llewellyn Evans (Sydney Greenstreet), uno de los mejores clientes y magnate de la empresa de jabones Beautée Soap, que tiene un carácter irascible y se comporta de manera déspota con todos sus empleados.

Para captar la atención de sus productos en la alta sociedad neoyorkina, Victor convencerá a la Srta. Kay Dorrence (Deborah Kerr), una sofisticada y recatada viuda de guerra, para posar como modelo fotográfica en una campaña publicitaria. El charlatán publicista se sentirá atraído irremediablemente por la mujer e intentará sacar a relucir sus habituales armas de seducción para conquistarla. Este fue el primer papel en Hollywood para la actriz británica Deborah Kerr. La trama romántica se complicará con la aparición en escena de una atractiva joven con la que el publicista mantuvo un romance en el pasado, Jean Ogilvie (Ava Gardner), una cantante que sueña con irse a Hollywood para convertirse en actriz y con la que sigue manteniendo una buena amistad. La película no siempre encuentra el equilibrio adecuado entre la parte romántica y la sátira que hace sobre el mundo de la publicidad (que podría hacerse extensible también al mundo del cine), pero consigue entretener lo suficiente y regalarnos algunas secuencias para recordar el filme con estima.

La posguerra y el consumismo

Mercaderes de ilusiones adapta e higieniza la novela de Frederic Wakeman, un auténtico best-seller en 1946 que se mantuvo entre los más vendidos durante 35 semanas aprovechando el tirón de la controversia que causó por su alto contenido sexual y algunas referencias despectivas hacia los judíos. El guion de la película suaviza todo eso y debido a la moral censuradora predominante en aquella época se convierte al personaje de Kay Dorrence en una viuda cuando en el texto original era una esposa adúltera. Clark Gable y su ambiguo Victor Norman son los reyes de la función. Ambos compartían haber pausado sus respectivas carreras durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y buscaban darle un nuevo impulso para recuperar esos días de gloria en la deprimente posguerra.

Tal vez por esa sensación de desazón y de la necesidad de recuperar un estímulo surgió entonces una era de consumismo compulsivo aderezada por campañas de publicidad cada vez más agresivas que se colaban en las casas de los potenciales compradores a través de machacones jingles y repetitivos anuncios que interrumpían las emisiones de los seriales radiofónicos de moda. Aquella fue considerada la Edad de Oro de la publicidad y también supuso un cambio en las estrategias de comunicación con la sexualización de la mujer como método para atraer la mirada masculina hacia los productos. Eso queda patente en la escena en que se propone a Kay que lleve un picardías semitransparente para anunciar el jabón Beautée, una idea rechazada por Victor que debe ingeniárselas para rehacer el concepto del anuncio al proponer algo mucho más formal y familiar con una foto de la viuda vestida de noche estando rodeada de sus hijos.

La honestidad como meta

Entre las escenas más memorables de Mercaderes de ilusiones encontramos la primera aparición del odioso magnate del jabón, pocas veces un personaje ha tenido una presentación tan repulsiva. El Sr. Evans acude a una sala de reuniones en la que todos sus subordinados actúan como marionetas que responden al unísono cuándo pide que se ratifiquen sus palabras para luego lanzar un sonoro escupitajo encima de la mesa de conferencias como una forma de explicar su visión sobre la publicidad: «Me acaban de ver haciendo algo asqueroso, pero estoy seguro de que siempre lo recordarán». Hay que decir que el actor Sydney Greenstreet está fantástico y se convierte en un auténtico robaescenas en cada una de sus apariciones.

También es elocuente aquella secuencia que acontece en la Posada del Pingüino Azul a dónde Victor cita a Kay para seducirla con sus viejos trucos de galán. Pero el lugar, al igual que él, ha cambiado tras la guerra y el que fuera un lustroso hospedaje situado junto a un lugar idílico para el romance se ha convertido ahora en una cochambrosa pensión de dudosa reputación. Eso les distanciará en la incipiente relación, algo que herirá en el orgullo a Victor que no está acostumbrado a ser rechazado. Sin embargo, su sincero amor por la distinguida mujer le llevará a reflexionar para convertirse en un hombre decente que abandone la charlatanería con la que se vende a sí mismo igual que a los productos publicitarios de la empresa. Es un final con regusto moralista donde los sentimientos se imponen al estatus económico.

Respecto a Ava Gardner en el papel de la cantante Jean Ogilvie, tenemos que advertir que es un rol mucho más secundario que los de Forajidos (Robert Siodmak, 1946) o Una vida y un amor (John Brahm, 1946), pero igualmente tiene una presencia escénica cautivadora. Se nos presenta como una mujer libre e independiente que no quiere renunciar a su futuro artístico y que mantiene a lo largo de los años una amistad sana con Victor, así que me parece una verdadera lástima que se añada una escena en la parte final en la que se muestra interés romántico, cayendo en el tópico del triángulo sentimental que aquí era del todo innecesario. Al igual que en la película de Siodmak que le lanzó al estrellato, Ava aparece cantando en plan estelar aunque, por desgracia, para el «Don’t Tell Me» de Buddy Pepper su voz fue doblada por Eileen Wilson. Mercaderes de ilusiones es una divertida comedia que satiriza con inteligencia las artimañas existentes en el mundo de la publicidad y que reflexiona sobre la honestidad de las personas para alcanzar sus objetivos.


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Mercaderes de ilusiones

6.8

Puntuación

6.8/10

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