Crítica de ‘Soy infinita como el espacio’: El refugio de la imaginación

Las críticas de Daniel Farriol:
Soy infinita como el espacio
 
Soy infinita como el espacio (I’m – Infinita come lo spazio) es una comedia dramática italiana con elementos fantásticos dirigida por Anne Riitta Ciccone que co-escribe el guion junto a Lorenzo d’Amico de Carvalho. La historia se centra en Jessica, una joven de diecisiete años que se aísla de una realidad que no le gusta a través de sus dibujos y la fantasía de su imaginación. Está protagonizada por Mathilde Bundschuh (Una familia de tres, Der Beischläfer), Barbora Bobulova (Después de la guerra, Diva!), Gulielmo Scilla (10 regole per fare innamorare), Julia Jentsch (24 Weeks, La hija de la Luna), Piotr Adamczyk, Stefano Rossi, Katie McGovern y Vita Tepel. La película puede verse en España a través de Netflix desde el día 4 de Agosto de 2021.
 

El caos adolescente, el caos narrativo

Soy infinita como el espacio es un atípico coming of age sobre la furia y el caos adolescente narrado con una desbordante imaginación en la puesta en escena, pero cuya narrativa se pierde en el mismo desorden mental que tiene la protagonista durante su aprendizaje vital. La directora italo-finlandesa Anne Riitta Ciccone es una experta en el lenguaje estereoscópico y 3D, convirtiéndose en la primera mujer en realizar una película en ese formato. No puedo opinar con conocimiento de causa sobre el impacto que tiene ese recurso en el visionado, aunque viéndola en 2D se adivina como una forma inmersiva para profundizar en el personal punto de vista que posee la adolescente.
 
Presente en las Giornate degli Autori del Festival de Venecia, la película se desliza entre la comedia, el drama y la crónica social de una manera un tanto abrupta, sin lograr unificar todos los elementos que dispone sobre el tablero de juego. La historia nos presenta a Jessica, una adolescente de 17 años que sueña con convertirse en dibujante de cómics, pero que no recibe el apoyo de su madre y que además es vista como un bicho raro en la escuela donde sufre bullying. Eso la aísla por completo de su entorno, encontrando en su fértil imaginación el único refugio donde sentirse segura. Se caracteriza por una estética y costumbres que mimetizan aspectos de lo gótico, la subcultura emo y de los cosplays de anime japoneses. 
 

Un cuento macabro infantilizado

Lo que hace interesante a la propuesta de Soy infinita como el espacio es el planteamiento escenográfico que tiene. La élfica Jessica no deja de ser un personaje de cuento macabro con brujas, príncipes, hechiceras y monstruos que interactúan a su alrededor. Al menos lo hacen en el interior de su mente. Es una vía de escape para huir de una realidad cruel y que le disgusta. La película está contada (casi siempre) desde la óptica de la creativa adolescente de modo que las escenas oníricas se superponen sobre lo que sucede en la vida real. Es una dinámica que recuerda, de algún modo, a películas como El Rey Pescador (Terry Gilliam, 1991) o El corazón del guerrero (Daniel Monzón, 2000), aunque por desgracia Anne Riitta Ciccone se desprende del tono aventurero de aquéllas para dotar a su película de una pátina social que casi siempre resulta forzada.

Mucho peor es el tono de comedia bufonesca que imprime de forma absurda en algunos diálogos o situaciones, desviando en demasía nuestra atención puesta en lo mágico del relato y convirtiendo lo que podría ser la escenificación de una novela gráfica para adultos en una absurda caricatura carnavelesca e infantilizada hasta el desespero. Por eso el giro dramático del tercer acto funciona tan mal y se siente metido con calzador. No podemos tomarnos demasiado en serio algo que se ha mostrado hasta entonces carente de profundidad y con un carácter totalmente desenfadado. Es una verdadera pena porque la película tenía mimbres suficientes para aprovechar la oportunidad de hacer algo relevante en el tan manido género que refleja el aprendizaje adolescente.     

Una puesta en escena visualmente atractiva

Pese a lo fallida que resulta Soy infinita como el espacio no se pueden pasar por alto algunos detalles destacables. Anne Riitta Ciccone demuestra una imaginación desbordante con verdaderos hallazgos estéticos en su reflejo colorista del universo interior de la protagonista. Sin duda está ayudada por la fotografía de Pasquale Mari (La pasión de Josué el hebreo, El último harén, de Ferzan Ozpetek) que busca en la saturación cromática la irrealidad de los sueños, y por el trabajo en la escenografía, decorados y, en especial, el vestuario ideado por Andrea Sorrentino (María Antonieta, El gran hotel Budapest). Todo sirve para crear un mundo de fantasía y encantamiento solapado sobre la realidad trágica que conlleva la vida real.

El reparto coral realiza un trabajo desigual y hay una sensación de histrionismo generalizado entre los secundarios. Mucho mejor resulta el trabajo que hace Mathilde Bundschuh, joven actriz alemana que compone el reverso de una carismática revisión adolescente de las heroínas Disney, pero con el embrujo de un fantasioso Tolkien a ritmo del metal y electro-ghotic de Proyecto Pitchfork. Y también tenemos en escena a Barbora Bobulova, en un rol desconocido para ella, como esa cantante frustrada y decadente cuya tenacidad interior sirve de inspiración final para los desafíos futuros que deberá afrontar nuestra protagonista. 

Soy infinita como el espacio tiene un discurso a favor de lo diferente, de lo original, de lo creativo. Invita a luchar por los sueños porque son lo que nos define y diferencia de los demás. Es una película inusual que equivoca mucho el tono expositivo, pero que puede llegar a sorprender a alguna gente joven que se identifique con el personaje principal. Aún así, la sensación final es de oportunidad desperdiciada.


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Soy infinita como el espacio

5.7

Puntuación

5.7/10

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