Crítica de ‘Siempre contigo‘: Cuidar, vigilar… querer

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Siempre contigo
 

Con un delicado guion de Dana Idisis basado en una historia de su propia familia y una exquisita realización del director israelí Nir Bergman, Siempre contigo nos pone, desde el inicio mismo del film, en intensa conexión emocional con Aharon (Shai Avivi) y su hijo Uri (Noam Imber) con un trastorno autista, dos personajes que se pegan a la piel del espectador y de los que es difícil desprenderse una vez acabada la película. Ambos, padre e hijo, después de haber vivido toda la vida juntos y creado un vínculo afectivo muy fuerte, se ven puestos en la situación de encontrar un lugar donde institucionalizar a Uri, que ya no es un niño y tiene necesidades especiales que su padre no le puede procurar.

Lo que ocurre es que todas esas necesidades son puestas en contraposición a aquello que Aharon y únicamente él sí puede darle: el amor incondicional de un padre que ha renunciado a su desarrollo profesional y vital para ocuparse de su hijo. Y cuando se pregunta a sí mismo quién va a cuidar, a vigilar y a querer a su hijo, sabe que el cuidado y la vigilancia tal vez puedan ser proporcionados por otros, pero “el querer” no puede encargarse a profesionales ni puede pagarse con dinero.

El veterano actor Shai Avivi lo expresa todo con la desgarradora tristeza que le corroe por dentro y asoma en su mirada, con la contención a la que le lleva su enorme paciencia y con la desesperación con la que asume las dificultades cuando se presentan. Su personaje, a medida que avanza el metraje se va apoderando de la película a través de ese hombre que lleva toda la vida huyendo emocionalmente y que ha encontrado en su hijo, más que el objeto de su amor y cuidados, el refugio donde esconderse de sí mismo. 

El papel de Uri está interpretado por el joven Noam Imber cuya interpretación recoge, con una autenticidad pasmosa, todo el catálogo de lenguaje, gestos y movimientos estereotipados que suelen acompañar a los trastornos del espectro autista. De las dos opciones que hay para representar este tipo de papeles en el cine, es decir, elegir a alguien que tenga el trastorno en la vida real y sea capaz de reproducirlo durante un rodaje o bien que sea un actor profesional el que lo interprete, ambas me parecen bien, pero esta segunda, que es por la que se ha optado en Siempre contigo, conlleva el grave riesgo de caer en la pantomima o en la exageración a poco que el actor no tenga capacidad de contención. No es el caso de Noam Imber que, a pesar de su corta experiencia en el cine, contaba con la baza de que su padre dirigía una institución para niños con necesidades especiales y creció con ellos desde pequeño. Apoyado en la fortaleza de un guion que dosifica las secuencias más duras con momentos de ternura y comicidad, Imber está sencillamente magnífico.

Con una preciosa referencia a Charlie Chaplin a quien Uri utiliza como muleta, con todo el film puntuado por la hermosa música de Matteo Curallo (que evoca a la de su compatriota Nicola Piovani) y con una gran sensibilidad en la dirección, Siempre contigo es una película enormemente conmovedora desde la sutileza, Bergman sabe conducir la tensión emocional hasta el momento adecuado y la detiene justo antes de caer en cualquier exceso lacrimógeno. Pero el peso de la emoción recae, sin duda, en el excelente trabajo interpretativo de ambos actores y en la entrañable química surgida entre ellos.


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Siempre contigo

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