Crítica de ‘Annette’: Leos Carax o la sublimación de lo grotesco

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Annette
 

El cine actual, al menos el que alcanza una distribución a gran escala, atraviesa una planicie creativa desmoralizadora en la que la mayoría de las películas parecen concebidas para gustar a todo el mundo o, en el peor de los casos, no disgustar a nadie. No es el caso de Annette. Estamos ante un film capaz de suscitar en el espectador las reacciones más extremas, su capacidad de emocionar está, como mínimo, a la misma altura de su potencial irritante. No parecen tener cabida los espectadores indiferentes. No nos engañemos, Annette, como todas las películas de Leos Carax está destinada a ser amada y odiada con el mismo encono.

Hay algunos directores de cine que parecen tener pegado a su apellido el término enfant terrible. Hagan la prueba con Leos Carax, traten de buscar algún artículo o reseña sobre su obra, alguna crítica a sus anteriores películas y no tardarán más de unos pocos segundos en encontrar el sugerente apelativo que le siguen dedicando a pesar de que “el enfant” ya ha cumplido los sesenta. Lo mismo ocurre con sus películas a las que parece encajar como anillo al dedo la denominación de obra de culto. Obra de culto instantánea he llegado a leer en referencia a su anterior y explosiva película Holy Motors.

Una perezosa catalogación de Annette nos llevaría a etiquetarla de musical sin reparar que la etiqueta le viene pequeña (o grande, según se mire), Annette es tan inclasificable como el resto de las películas de su director que componen una escueta filmografía con tan solo seis largometrajes en casi cuatro décadas de carrera. Bien es cierto que dicha filmografía está sazonada con varios cortometrajes, videoclips y participaciones en films colectivos. Annette, decíamos, es un musical. Sí. Pero no se acerquen a él con intenciones de mover los pies en la butaca o tararear sus canciones a la salida del cine, no es ese tipo de musical.

Annette es una obra compleja, retorcida, bizarra y genial que emplea una partitura musical y un generoso puñado de canciones para contar una historia de amor huyendo de todas las convenciones de ambos géneros, el musical y el romántico. Al fin y al cabo, quien haya visto alguna de las películas previas de Carax ya sabe cómo son sus torturadas historias de amor, siempre llevadas a ese difuso límite entre la pasión y el desgarro.

Un humorista transgresor (Adam Driver) y una prima dona de la ópera (Marion Cotillard) se enamoran perdidamente. Ambos son primeras figuras en lo suyo, viven rebozados en el éxito y la expectación que generan en una opinión pública que es alimentada por un continuo seguimiento de los medios de comunicación sensacionalistas. El nacimiento de su hija Annette es tratado como un acontecimiento de primera línea y ambos tratan de compaginar sus exitosas carreras con el cuidado de la pequeña que Carax nos presenta a través de una marioneta humanoide tan sugerente como inquietante.

Con ese punto de partida argumental, Carax elabora una suerte de fábula acerca de la fugacidad del éxito, la banalidad de la fama y la difícil gestión del ego conviviendo con las dos circunstancias anteriores. Y lo hace sin renunciar a ninguno de los rasgos que le han procurado su reputación de cineasta maldito: una rupturista puesta en escena, un estilo visual agresivo, una indisimulada convivencia entre lo realista y lo estrambótico y una dirección de actores que lleva a sus intérpretes a estar permanentemente al límite de lo pasional. En el cine de Carax las situaciones grotescas son presentadas con la misma naturalidad que las mundanas. Probablemente nadie sepa hacerlo como él.

Pero hay más meollo en Annette del que parece a simple vista, el trasfondo romántico que late a lo largo de todo el metraje cobra un sentido inevitablemente trágico desde el momento en que ambos protagonistas, cual Romeo y Julieta, proceden de mundos enfrentados a pesar de compartir éxito, su posición en el arco cultural es diametralmente opuesta: la elitista ópera frente al popular humor de los monologuistas de la stand-up comedy. Tampoco faltan referencias al movimiento Me Too aunque son tan ambiguas como intrascendentes argumentalmente. 

En cuanto a los intérpretes, Adam Driver, un poco más limitado vocalmente que su partenaire, ofrece una interpretación tremenda, despiadadamente brutal y liberada de cualquier atadura. Marion Cotillard canta con mucha solvencia las canciones del musical pero su voz es sustituida (como parece lógico) por la de una soprano en las secuencias operísticas; su personaje pone el contrapunto candoroso con un personaje enigmáticamente dulce. Se completa el reparto protagonista con un director de orquesta al que da vida un Simon Helberg al que resulta extraño ver en un registro tan diferente al que le dio la fama en la televisiva The Big Bang Theory.  

Pero es su naturaleza musical la que (con todos los matices que se quieran) define la propuesta cinematográfica y sustenta la narración. Las canciones compuestas por los hermanos Ron y Russell Mael (miembros de la banda Sparks y coguionistas de esta película junto a Leos Carax) se mueven entre el pop y el rock a pesar de algunos flirteos melódicos cuando la película lo requiere. Probablemente el reproche más objetivo que pueda ponerse es su excesivo metraje, ciento cuarenta minutos pueden terminar pesando demasiado, especialmente en aquellos espectadores que no entren en la propuesta de un film que no es fácil de digerir aunque resulte más asequible que las obras anteriores de su director, especialmente que la atronadoramente genial Holy Motors. Su apabullante poderío visual, la compleja mezcla de ideas y la conjunción de diferentes formas de creación artística dan, sin duda, para más de un visionado. A mí me ha parecido una genialidad pero no perdería ni un minuto en discutir con quien piense que es un petardo. Ambas opiniones extremas son posibles cuando uno se enfrenta a una propuesta tan radical. 


¿Qué te ha parecido la película?

Annette

9

Puntuación

9.0/10

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