Crítica de ‘Candyman‘: Nueva versión del mito con la misma denuncia social

Las críticas de Óscar M.:
Candyman

Candyman es uno de los mitos más terroríficos que existen, cuenta la leyenda de un sobrenatural asesino con un garfio en lugar de mano, que se aparece tras repetir su nombre cinco veces frente a un espejo. En esta ocasión, un artista en plena crisis creativa y su pareja explorarán la trágica historia real que dio origen al mito. La nueva película está dirigida por Nia Da Costa (Little woods) y cuenta con un guión de Jordan Peele (Déjame salir) junto a Win Rosenfeld y la propia directora, estando protagonizada por Yahya Abdul-Mateen II, Teyonah Parris y Colman Domingo. La película se estrena en cines el 27 de agosto de 2021 de la mano de Universal Pictures.

Revisión, reinicio y secuela al mismo tiempo

Cualquier espectador que haya visto Candyman, el dominio de la mente (1992) o Candyman 2: Adiós a la carne (1995) sabrá que, aunque son complementarias, funcionan como historias independientes y diferentes versiones del mismo mito y que llevan la denuncia social en cada fotograma de su metraje. La nueva Candyman que llega a los cines en 2021 es, lamentablemente, tan vigente y tan actual que su denuncia es contemporánea, porque Candyman sin denuncia social no es nada, sólo es un asesino en serie cinematográfico más.

Para ver Candyman no es necesario haber visto las anteriores (la tercera parte sólo se la recomiendo a mis peores enemigos), puesto que esta nueva película funciona perfectamente como revisión, actualización o reinicio de la saga, pero se disfrutará muchísimo más si se han visto y se valora como secuela. Ya sea por la cantidad de detalles que contiene en referencia a las películas pasadas o por cómo la historia ha evolucionado en estos casi 30 años. Hay una escena donde el protagonista está atrapado en un ascensor, el número del piso parpadea entre el 2 y el 3, mientras él pulsa insistentemente el número 1. Esta es la esencia de este Candyman: una película que puede ser una continuación directa de la primera parte, la tercera de la saga o la primera de una nueva historia.

Una denuncia social aún de actualidad

Si algo caracteriza a las buenas historias es su inicio, capaz de enganchar y atrapar al oyente, y Candyman empieza como comienzan las buenas historias: con un mito. Los mitos y las leyendas tienen algo de verdad, un poco de mentira y bastante de fantasía, surgen de lo cotidiano, se transmiten de generación en generación llenándose de detalles (inventados o reales) hasta que se convierten en un cuento para entretener o para asustar, pero siempre deben mantener su moraleja para ser una buena historia.

El guión de Jordan Peele, Win Rosenfeld y Nia DaCosta (quien también se ocupa de la dirección) recoge la esencia de la historia original de Clive Barker (el relato corto “Lo prohibido” de su libro “In the flesh” publicado en 1985) y lo reescribe a la actualidad de 2021, donde sigue vigente la segregación racial y la lucha de clases, las diferencias económicas y la lucha social, donde sigue presente la persecución en masa y el asesinato por ser diferente, donde un policía puede ahogar con su rodilla a un afroamericano durante 6 minutos y trece personas pueden matar a puñetazos a un chico por ser homosexual.

La historia que contó Barker en 1985 sigue presente casi cuarenta años después y es tan universal e internacional que puede suceder en un barrio marginal de Chicago o en pleno centro de una ciudad de España. La denuncia social es tan necesaria que si se olvida y se convierte en un mito, sólo quedará en los susurros, en las historias después de cenar y en los cuentos para asustar a niños, por suerte Candyman vuelve a poner en imágenes el peor de los terrores del ser humano: que nadie está seguro de no ser la próxima víctima de una multitud enfurecida.

El terror como reflejo de la realidad

Pero, en el cine comercial, no se puede ser tan explícito (porque entonces sería una película documental), Barker lo sabía y los guionistas y la directora lo saben, por eso Candyman es una historia de terror que cuenta dicha denuncia social a través del origen de un asesino. Las anteriores entregas ya tenían ese componente de exposición del problema (cada una a su manera) de la convivencia entre blancos y negros y entre ricos y pobres, y su actualización aquí a través del arte (el protagonista vuelve a ser un pintor, como lo era el Candyman original) e incluyendo la gentrificación de los barrios y la reordenación urbanística es brillante.

Para actualizar la historia a las nuevas generaciones, acertadamente la película vuelve al origen. El inicio de la película y todo el metraje está repleto de pequeñas escenas animadas como si fueran sombras en la pared, como se contaban las historias antes: con recortes de papel alumbrados con la luz de una vela. La teatralidad no se ha perdido y es el hilo conductor de toda la trama, hasta tal punto que, cuando hay una nueva versión de los acontecimientos de Candyman (1992) narrados por otro personaje, se rehace la historia para la vista del espectador.

Y para los cinéfilos y seguidores de la saga del hombre del garfio, también hay sorpresas. La nueva adaptación está repleta de detalles que harán que se nos ilumine la cara cuando los veamos en pantalla: la recuperación de personajes como Helen (Virginia Madsen, de la primera parte), el libro que lee el dueño de la lavandería, el apellido de los personajes (Cartwright, como Verónica Cartwright, quien estuvo en Candyman 2), el creativo juego con el espectador de si el protagonista está siendo responsable de los asesinatos o es otra víctima, los reflejos en los cristales y en los espejos (incluso en los logotipos de las productoras al principio), y algunos más que nombrarlos supondrían desvelar detalles de la trama (aunque estén en la ficha de la película o en el tráiler).

Pequeños desequilibrios artísticos

Robert A.A. Lowe se ocupa del departamento musical y crea una música desasosegante e inquietante, como lo era la composición de Philip Glass y su repetitiva melodía en las anteriores. La nueva partitura de Lowe es mucho más actual, menos siglo XVIII y más siglo XXII, aunque Lowe en su composición también electrónica no pierde la oportunidad de mantener los coros (como las predecesoras) desde los primeros planos de los edificios en contrapicado ni de recuperar la pieza de Glass “Music box” para los brillantes y aterradores créditos finales.

No todo es perfecto, el nivel de terror es un poco bajo (aunque tiene escenas de asesinato bastante buenas), se echa de menos algo más de sangre, un personaje protagonista más sólido (las anteriores protagonistas tenían una personalidad mucho más definida y accesible con el espectador que el de Yahya Abdul-Mateen II) y Michael Hargrove no puede hacerle sombra a Tony Todd como Candyman, quizá por eso su presencia es pantalla es más fantasmagórica, está rodeada de sombras y, casi siempre, presente en los espejos y reflejos.

Los títulos finales de Candyman van acompañados de nuevas escenas animadas, sombras alumbradas por una tenue luz que narran la universalidad del mensaje que hemos visto en la película a través de varias historias (y que formaron el primer tráiler). Da igual cuándo suceda o a quién le suceda, la historia siempre es la misma y la de Candyman sigue vigente.


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Candyman

8.5

Puntuación

8.5/10

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