Crítica de ‘La violinista’: Frío y elegante melodrama para melómanos

Las críticas de José F. Pérez Pertejo : 
La violinista
 

Los caminos de la distribución cinematográfica son inescrutables. En una época en la que muchos estrenos cinematográficos se postergan indefinidamente y otros llegan directamente a las plataformas televisivas sin previo paso por las salas de cine, se estrena en España en junio de 2021 una película finlandesa de 2018 que no viene avalada por una exitosa carrera comercial o una fructífera cosecha de premios en festivales cinematográficos. No seré yo quien me queje por ello, todo lo contrario, siempre estaré del lado de los valientes que distribuyan y estrenen en salas este tipo de películas y en contra de los que, como va a hacer próximamente la factoría Disney con Luca, escamoteen su estreno en la gran pantalla para lanzarla directamente en su plataforma. Lo hicieron con Mulan y con Soul cuando la situación epidemiológica era diferente, que vuelvan a hacerlo ahora con Luca hace firme una tendencia que no me gusta nada. Que no cuenten conmigo.

Pero vamos a lo que nos ocupa, la película finlandesa en cuestión se titula La violinista y supone el debut en la dirección de largometrajes del actor finlandés Paavo Westerberg. Se trata de un (largo) melodrama de ámbito musical sobre una prestigiosa violinista de nombre Karin Nordström (Matleena Kuusniemi) que a raíz de un trágico accidente sufre como secuela la pérdida de sensibilidad en tres dedos de su mano izquierda. Lo que podría haber sido un mal menor si su profesión fuera otra, resulta algo irreparable en el caso de una violinista que se ve abocada a abandonar la práctica del instrumento que la ha convertido en una celebridad.

Con este punto de partida, que podría oler a telefilm de sobremesa, Westerberg y su coguionista Emmi Pesonen componen un sólido melodrama en el que conviven una trama de crisis matrimonial con un discurso sobre las dificultades de reinventarse en una nueva vida cuando la vivida hasta ese momento parece haber perdido sentido. En esta segunda línea apunta el proverbio de Confucio con el que arranca la película en su escueto prólogo: “Todos tenemos dos vidas. La segunda empieza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una”.

En esta segunda vida de Karin, en la que ha de asumir a regañadientes su nuevo papel como profesora de violín, conoce a Antti (Olavi Uusivirta), un joven discípulo dieciocho años menor, con el que se presenta una arquetípica relación profesor-alumno en la que, como resulta fácil de adivinar, se sobrepasan los vínculos didácticos para pasar a una relación sentimental con muchas papeletas para terminar resultando tóxica para ambos.

Westerberg hace convivir elementos de la tradición narrativa del cine nórdico como cierto gusto por la introspección y el intimismo de sus personajes con ciertos tics autorales que se hacen especialmente notorios en un arbitrario montaje, de imagen y de sonido, que no terminan de funcionar. A pesar de que estos caprichos estilísticos lastran en parte la narración, Westerberg no se desentiende del relato e imprime pulso y nervio al film apoyándose fundamentalmente en sus intérpretes y ¿cómo no? en la música.

Matleena Kuusniemi, cuyo físico y elegancia interpretativa recuerdan a la actriz danesa Sidse Babett Knudsen (Borgen) asume el protagonismo de la película con una interpretación calculadamente fría, contenida, sobria y refinada. Menos convincente me resulta la titubeante interpretación de Olavi Uusivirta que no consigue dejar claro en ningún momento ni sus sentimientos ni sus intenciones, pero si hay alguien sobresaliente en el reparto es, sin duda alguna, el actor danés Kim Bodnia (conocido por la serie Bron/Broen, El puente) que se apropia de la tensión dramática cada vez que aparece en plano como el exigente director de orquesta y antiguo amante de Karin.

La segunda gran baza del film es, como se adelantó un par de párrafos más arriba, el poderoso papel ejercido por la música. A lo largo de sus 123 minutos de metraje escucharemos a Dvorak, Mozart, Bach, Veracini y, especialmente, a Felix Mendelssohn y su maravilloso concierto para violín y orquesta en Mi menor, opus 64. Pero también hay espacio para el contemporáneo Max Richter y su tema “On the Nature of Daylight” cuyo uso en el cine comienza a rozar el abuso.

La violinista es un film que apuesta por una gélida y elegante puesta en escena a riesgo de perder capacidad para emocionar. Hará las delicias de melómanos y podrá resultar demasiado fría para los amantes del melodrama más ardoroso. A pesar de ciertas veleidades estilísticas de su director, resultan incuestionables su impecable factura fílmica y su solida coherencia dramática. Bienvenido sea su estreno en salas a pesar del retraso.


¿Qué te ha parecido la película?

La violinista

6

Puntuación

6.0/10

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