Crítica de ‘La naranja mecánica’: La violencia circular

Las críticas de Daniel Farriol:
La naranja mecánica
 
La naranja mecánica es un drama psicológico y distópico convertido en obra de culto. Es una película escrita y dirigida por Stanley Kubrick que adapta la novela homónima de Anthony Burgess. La historia se centra en Alex, un joven con dos grandes pasiones: la violencia y Beethoven. Es también el jefe de la banda de los drugos, unos delincuentes que dan rienda suelta a sus instintos más salvajes apaleando, violando y aterrorizando sin ningún tipo de control. Cuando Alex es detenido y encarcelado, se someterá al método Ludovico, una terapia innovadora y experimental para la reeducación de delincuentes y conseguir anular por completo su conducta agresiva y antisocial. La película está protagonizada por Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates, Adrienne Corri, Warren Clarke, John Clive, Aubrey Morris y Carl Duering. Se estrenó comercialmente en España el día 27 de Noviembre de 1975, aunque la primera proyección pública fue el 24 de Abril de 1975 en la Seminci.
 

Medio siglo de ‘La naranja mecánica’

Este año 2021 se cumple el 50º aniversario de La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick. La 66ª Edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid – Seminci 2021 ha anunciado que va a realizar un homenaje conmemorativo y proyectará nuevamente la película en el mismo lugar dónde tuvo su primera proyección pública en España. Fue durante la 20ª edición de ese mismo festival, en dos sesiones que despertaron una inusitada expectación con colas de más de 24 horas en las puertas de los desaparecidos Cines Coca y del Teatro Carrión que aún sigue siendo sede habitual del festival. La película llevaba cuatro años prohibida en España por parte de la dictadura imperante en aquélla época, así que la accidentada proyección (con amenaza de bomba incluida) fue todo un éxito.

La Naranja Mecánica es posiblemente una de las películas más controvertidas e impactantes que ha dado la Historia del Cine. Convertida en obra de culto desde su misma gestación, nos propone una polémica e incómoda reflexión sobre la violencia humana y sobre el entorno social que la genera. Encontraremos en ella muchas escenas de difícil digestión que han quedado grabadas en las retinas de millones de espectadores a lo largo de todos estos años. En mi caso personal solo la he visto en tres ocasiones. Es una película tan desestabilizadora y perturbadora que cuesta mucho mirarla sin que te afecte emocionalmente, incluso a los que analizamos sus virtudes cinematográficas más allá del impacto propio de la historia. Si aún no las has visto, tengo que advertirte que encontrarás muchos spoilers en esta reseña.

La naranja y yo, mi primera vez

He de reconocer que el brutal impacto que me produjo el primer visionado de la película hizo que pasaran muchos años hasta que me atreví a volverla a ver. Fue una experiencia traumática, terrorífica y fascinante al mismo tiempo. Ese primer acercamiento a La Naranja Mecánica tuvo lugar mientras me encontraba haciendo el servicio militar obligatorio en la Base de Marines (Valencia). En el mismo lugar dónde aún se conservaban los tanques que se desplegaron por las calles de Valencia durante el intento del Golpe de Estado del 23-F, había un cine improvisado para el recreo de los imberbes reclutas.

No recuerdo demasiado las películas que allí se proyectaban, pero a menudo se apostaba por cine de acción y entretenimiento. Un día alguien tuvo la genial idea de elegir en el videoclub esta película de Kubrick. No estoy muy seguro de que fuera la mejor elección para mostrar a chavales con uniforme de camuflaje que dedicaban las mañanas a realizar prácticas de tiro con un cetme (el fusil habitual de las Fuerzas Armadas españolas en aquélla época). Por suerte, nadie perdió la cabeza. Pero sí noté en ese momento que la recepción de la película podía ser peligrosa en mentes poco amuebladas. Mientras que mi experiencia era terriblemente desasosegante y dolorosa, había muchos compañeros disfrutando, riendo y jaleando los momentos de mayor violencia. No veían más allá.

La naranja y yo, la segunda y tercera

Transcurrieron unos 10 años hasta que volví a ver La Naranja Mecánica. Fue durante una de las sesiones dominicales organizadas por el Cine-Club Nickelodeon de Terrassa que durante algunos años tuvimos montado un grupo de amigos cinéfilos. La experiencia volvió a ser desconcertante y terrorífica por factores externos al propio filme. O sí se prefiere, retroalimentada por el impacto de las imágenes en el subconsciente colectivo.

La sala tenía un aforo aproximado de 200 personas y aquélla sesión fue un éxito rotundo porque se llenó hasta la bandera. Entre los asistentes apareció un grupo de Cabezas Rapadas (que era cómo antes llamábamos a los neonazis) para asistir a la proyección. Traje militar (otra vez), botas y símbolos fascistas. La disfrutaron como niños durante la primera mitad, pero abandonaron la sala cuándo Alex es detenido y empieza a sufrir en sus carnes todo el dolor que había infringido a los demás. 

Al parecer, esa parte les disgustó y se marcharon lanzando improperios contra la pantalla. Recuerdo que mis amigos y yo estuvimos acongojados con miedo a qué se produjera algún altercado en la sala que por suerte no sucedió. No fue hasta la tercera vez que pude apreciar La Naranja Mecánica en toda su intensidad. Sucedió coincidiendo con el décimo aniversario del fallecimiento del director en que la película se reestrenó en salas de cine.

Breves apuntes sobre el argumento

Por si hay aún algún despistado que no conoce el argumento de La Naranja Mecánica os cuento brevemente de qué va. Es la historia de Alex, un joven que se divierte a costa de los demás. Junto a una pandilla de delincuentes llamados drugos, se dedica a apalear, violar y aterrorizar a todos los que se cruzan en su camino. La violencia es su modus vivendi. Tras pasar por la cárcel y ser sometido a un experimento de reeducación, Alex se convertirá en un ser alelado al que todos vejarán de igual modo al que él había hecho hasta entonces. Estamos ante un filme de estructura circular muy similar a Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999), el filme póstumo del director. Los mismos eventos y personajes se revisitan en la segunda mitad de la película, otorgándole una dimensión totalmente nueva y contradictoria respecto a su primera aparición.

El intercambio de roles hace que se nos muestre un mundo gobernado por la violencia intrínseca de los seres humanos. No hay buenos ni malos. No hay víctimas y verdugos. Todos los personajes tienen un lado oscuro y perverso que sacan a relucir cuándo disponen del privilegio de ser más poderosos que el otro. En ese sentido, Kubrick y Burgess no dejan títere con cabeza. La maldad está inherente a las personas en todos los estratos sociales (desde vagabundos hasta gente pudiente) y en todas las estructuras de poder. Es un futuro pesimista y devastador.  Más aún en la película que en la novela, ya que Kubrick se empeñó en eliminar el capítulo 21 tal y cómo ya sucedió en la edición americana del libro. No hay redención posible.

Algunas diferencias entre novela y película

Como cualquier adaptación cinematográfica de una novela, La Naranja Mecánica incorpora algunos cambios ostensibles en su traslación a celuloide. Pese a toda la crudeza expuesta por Kubrick, el filme suaviza muchísimo determinados pasajes de la novela que no hubieran pasado la censura de la época y que ahora tampoco la pasarían. Para empezar, la banda de los drugos protagonistas en la novela tienen unos 15 años y, aunque en la película se menciona en una escena que Alex aún va a la escuela, todo apunta a que rondan la mayoría de edad. De hecho, el actor Malcolm McDowell tenía 27 años cuándo la rodó. La jerga nadsat con la que comunican en la novela es simplificada en pantalla porque de otra forma hubiera hecho la película ininteligible sin subtítulos.

También se modifica la edad de la chica que está a punto de ser violada por la banda de Billyboy y la de las chicas que el protagonista seduce en la tienda de discos. En la novela son niñas de 10 años. Además, las chicas seducidas en el film tienen sexo consentido mientras que en la novela son drogadas y posteriormente violadas. Hay otros cambios menores, pero algunas secuencias icónicas son producto de la improvisación de los actores o sugeridas por la mente del director.

Por ejemplo, el uso de la canción «Singin’ in the Rain» en la escena de la home invasion con posterior violación y asesinato de la mujer del escritor, fue una idea del propio McDowell. Es una escena especialmente perturbadora que está inspirada en un hecho real vivido por el propio novelista Anthony Burgess. Por eso la profesión del personaje Frank Alexander es la de escritor. No es casualidad tampoco ese apellido. En realidad es una manera de mostrar dos caras de una misma moneda, los dos Alex enfrentados que se intercambiarán los papeles durante el desarrollo de la trama.

Kubrick tras la cámara

La Naranja Mecánica no es un film fácil. Kubrick no suele serlo. El tono que adopta el filme respecto a la violencia es inédito, insólito y satírico. Por momentos resulta desconcertante. Es una manera de ofrecer cierto distanciamiento hacia la violencia explícita con la que nos golpea y, tal vez, hacerla más soportable. Se asume un retrato teatralizado de esa violencia en la puesta en escena. Desde algunas actuaciones que derivan hacia la sobreactuación hasta algunos de los escenarios utilizados. En muchos momentos la cámara utiliza grandes angulares que deforman la realidad hasta la caricatura. El propio director fue el operador de cámara en muchas escenas en busca del control absoluto.

Kubrick hace un uso magistral de la música en todo el film. Si la alegre y festiva canción de un musical es capaz de convertirla en un himno malsano para la tortura, algo parecido logra con esa música de Beethoven adulterada por los teclados (MOOG) de Wendy Carlos (en los créditos Walter), junto a otras piezas clásicas a las que también da un giro sensitivo, en especial, con «Music on the Death of Queen Mary» de Henry Purcell. En cuanto a la puesta en escena del filme, la simetría del encuadre vuelve a ser una característica constante en el cine del director. Eso daría para un análisis más en profundidad.

La autocensura

La Naranja Mecánica causó mucho revuelo en su momento e incluso fue prohibida por el propio Kubrick en Reino Unido hasta después de su muerte. Se sospechaba que algunos crímenes reales acontecidos allí podían haberse inspirado en la banda de los drugos. Es una película ambigua que muestra una violencia tan descarnada que necesita del filtro ético del espectador para asimilarla. No debe dejarte indiferente. Hay escenas dónde la violencia es incluso bella cómo esa lucha entre los drugos y la banda de Billyboy en el teatro. Uno podría decir que está ante una coreografía de danza.

Eso puede inducir a creer a algunas personas que el posicionamiento del filme respecto a la violencia es incierto. Sin embargo, como cualquier filme de Kubrick, las imágenes contienen diversas capas que invitan a la reflexión y son, en sí mismas, una provocación al espectador. Es cine inteligente que te obliga a pensar, incluso a través de un final abierto a varias interpretaciones. Lo que es innegable es que el filme carga las tintas contra un sistema cómplice al que culpabiliza de la génesis de la violencia en el individuo, una tesis discutible que daría para muchos debates que tendrían cabida en otro foro.

La tortura del rodaje

En lo puramente cinematográfico, La Naranja Mecánica también introdujo avances técnicos y estéticos que aún mantienen su vigencia. La meticulosidad de Kubrick se hace notar en cada poro del film, la cuidada escenografía, la fotografía, el vestuario, el montaje… o la espeluznante interpretación que consigue extraer a un actor como Malcolm McDowell que para siempre quedó unido a este personaje. El pobre actor lo pasó fatal. Desde tener que convivir con una serpiente como mascota cuándo les tenía fobia, hasta sufrir varios accidentes graves durante el rodaje. Se fracturó una costilla durante la escena en el abrevadero para cerdos y se rayó la córnea del ojo cuando filmaban el tratamiento de Ludovico. Como curiosidad se comenta que el doctor que aparece sentado junto a Alex poniéndole gotas en los ojos se trataba de un doctor real contratado para evitar que la herida empeorase.

Escenas como la apertura en el Bar Korova con los delincuentes amantes de la ultraviolencia bebiendo leche con aditivos (simbolismo de múltiples lecturas), la paliza al vagabundo en el túnel, el asalto en casa de los burgueses o las del tratamiento Ludovico, son momentos míticos que han pasado por méritos propios al imaginario colectivo cinéfilo y cultural (hasta Bart Simpson aparece vestido como Alex DeLarge en un episodio de Los Simpson o puedes adquirir una camiseta con la imagen del póster de la película o del rostro del protagonista convertido casi en icono pop). La Naranja Mecánica en un film imprescindible y de plena vigencia en sus postulados sobre la violencia. Podríamos seguir hablando y debatiendo sobre ella durante horas. Mi intención será verla por cuarta vez en la Seminci 2021. Tal vez, entonces, extraiga nuevas impresiones o lecturas de la película cómo suele suceder con todas las Obras Maestras.

Algunos fragmentos de este texto pueden leerse en Universo Cinema.


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La naranja mecánica

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