Crítica de ‘Una joven prometedora’: Cine del bueno, sin discursos ni maniqueísmos

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Una joven prometedora
 

Hay temas tan sensibles y dados a encender posturas exaltadas, especialmente si están de plena actualidad, que cuando uno pretende llevarlos a una creación artística, ya sea plástica, teatral, literaria, musical o cinematográfica, corre muchísimos riesgos tanto por los errores en los que puede caer como por las respuestas que pueda despertar. Más aún en estos tiempos que vivimos en que las pieles están extremadamente finas y todo sirve para sentirse ofendido y comenzar a lanzar improperios cobijados, casi siempre, en el más cobarde anonimato. Entre los muchos méritos de Emerald Fennell, como guionista y directora debutante con Una joven prometedora, felizmente estrenada en salas de cine y no en plataformas, figura el de haber conseguido sortear todos los riesgos a los que se enfrentaba.

Y lo ha hecho siguiendo el camino más recto que puede seguir una obra cinematográfica, construyendo una historia, escribiéndola en un guion, buscando una (magnífica) actriz en la que apoyarse, filmándola de una manera inteligente y montándola con eficacia, sin desmayo, imprimiéndole un pulso cinematográfico potente que en ningún momento se esclaviza a las convenciones de ningún género. En su película no hay discursos, moralinas aleccionadoras, datos estadísticos, soflamas políticas ni panfletos de trinchera. Ella ha dicho lo que ha querido decir a través de la historia de Cassie (Carey Mulligan), una chica (joven como enfatiza el título) cuya vida se ve truncada por un acontecimiento vital que es mejor no desvelar porque no supone el punto de partida de la historia y se va revelando a lo largo del metraje.

De hecho, Una joven prometedora es una de esas películas sobre las que se debe hablar pasando de puntillas por el argumento. Es muchísimo mejor verla sin tener apenas nociones de lo que va a ocurrir. Basta con saber que se trata de un ajuste de cuentas con los aspectos más tóxicos, dañinos, repugnantes (y delictivos) de cierta masculinidad más abundante de lo que a muchos hombres nos gustaría. Pero incluso ahí, a pesar de la potencia de la película, Fennell ha evitado caer en la generalización, en ningún momento he tenido la desagradable sensación de que me estuvieran gritando “todos los hombres son iguales” algo que, por cierto, suele encabronarme mucho. Porque no, no lo somos. Es más, Fennell pone el dedo en la llaga de los hombres depredadores tanto como en la de las mujeres que justifican o miran para otro lado ante comportamientos absolutamente injustificables. 

Jugando (facilonamente) con el título, estamos ante el prometedor debut de una joven directora, treinta y cinco años tiene únicamente esta londinense que hasta ahora era únicamente conocida, y no mucho, como actriz. Los seguidores de la magnífica serie The Crown podrán reconocerla como la intérprete que da vida a Camilla Parker Bowles en las tercera y cuarta temporadas. Su irrupción en la dirección no ha podido ser más meteórica: primera película y directamente nominada al Óscar a la mejor dirección.

El film arranca con varias secuencias muy potentes y desde ahí, con el espectador sumido en la turbación, se impulsa hacia arriba. Únicamente, hacia mitad de film, existe un valle narrativo, con algunos planos de relleno, que me hizo temer que la cosa iba a derivar hacia convencionalismos facilones. Afortunadamente era la misma falsa impresión que uno tiene en una montaña rusa cuando le llevan despacito en línea recta durante unos metros para inmediatamente despeñarle a toda velocidad por la pendiente. Eso es lo que hace Emerald Fennell durante el tercio final del film con un último acto shakespeariano en el que Carey Mulligan termina por desatar la caja de todos los recursos actorales posibles. A lo largo de las casi dos horas de metraje Mulligan está divertida, turbia, dura, frágil, cabreada, tierna, borde, conmovida, cruel, encantadora, desagradable, feliz, deprimida, sarcástica… podría seguir pero no tiene sentido. En todos los registros citados y en los que me dejo en el teclado Carey Mulligan está creíble y brillante. Es precisamente en esta amplia gama de tonalidades interpretativas donde radica una de las claves que hacen que la película sea difícilmente clasificable dentro de los géneros canónicos ¿thriller, comedia negra, drama? Todo a un tiempo.

Escribí hace unas semanas, a propósito de Nomadland, que no se me ocurría ninguna otra razón para que Francés McDormand no gane el Óscar a la mejor actriz que no sea que ya tiene dos. Bien, ahora se me ocurre otra razón y se llama Carey Mulligan, su interpretación en Una joven prometedora bien merece el Óscar que debió ganar hace once años por An Education (Lone Scherfig, 2009) y que, incomprensiblemente para quien esto escribe, acabó en las manos de Sandra Bullock.

Poco importa que, salvo la fulgurante aportación de Alison Brie y la brevísima aparición de Alfred Molina, el resto del reparto sea predominantemente gris, especialmente en el caso de Bo Burnham, el cirujano pediátrico más improbable que he visto en mi vida. La vibrante selección de temas musicales y la sólida estructura narrativa del film (sin flashbacks ni saltos temporales) favorecen el sobresaliente tono general de una película que, tras ganar dos BAFTA, cuenta con cinco nominaciones al Óscar.


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Una joven prometedora

8

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