Crítica de ‘La madre del blues (Ma Rainey´s Black Bottom)’: Teatro filmado

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La madre del blues (Ma Rainey´s Black Bottom)
 

Adoro el cine y el teatro. Sin menoscabo de las demás, son las dos disciplinas artísticas que más me gustan y que más momentos de placer estético me han procurado en mi vida. No es extraño, por tanto, que me interese particularmente la interacción entre uno y otro medio. Pero hay dos situaciones que me resultan cargantes: cuando a un director teatral se le va la mano con las proyecciones y tengo la sensación de haber ido al cine en lugar de al teatro y cuando un director de cine no ha sabido hacer una adaptación cinematográfica del texto teatral y tengo la sensación de estar asistiendo a teatro filmado. Y esto último es lo que me ocurre con la mayor parte del metraje de La madre del blues (Ma Rainey’s Black Bottom), de tal suerte que preferiría que hubieran colocado una serie de cámaras en un teatro y me ofrecieran la representación filmada del montaje teatral original. Algo que, dicho sea de paso, cada vez se hace mejor, sirva como ejemplo la excelente filmación del musical Hamilton que se emite en cierta plataforma y que algunos irresponsables han considerado cine (verbigracia, los que votan las nominaciones a los Globos de Oro).

Ma Rainey’s Black Bottom es la segunda (si atendemos al orden de publicación) de una serie de diez obras de teatro titulada The Pittsburgh Cycle (o The Century Cycle) que el dramaturgo estadounidense August Wilson escribió entre 1982 y 2005, año de su muerte. También es la segunda en ser llevada al cine durante los últimos años tras Fences, dirigida y protagonizada en 2016 por Denzel Washington que, aquí vuelve a estar presente aunque solo sea como productor. La dirección la ha delegado en George C. Wolfe, un hombre mucho más curtido en las tablas de Broadway que en el celuloide de Hollywood, y bien que se nota.

La madre del Blues (Netflix no ha tenido arrestos a titularla El culo negro de Ma Rainey) es, de las diez obras, la única que no está ambientada en el barrio afroamericano de Hill District en Pittsburgh sino en la ciudad de Chicago, donde una cantante conocida como Ma Rainey (Viola Davis) con insoportables aires de diva, asiste a un estudio de grabación con su grupo de músicos para grabar su nuevo álbum.

Viola Davis encarna con gran poderío y ciertos excesos interpretativos a esta mujer déspota, antipática, desagradable y tiránica a la que nadie se atreve a contradecir. Su antagonista es el trompetista Levee interpretado por el triste y prematuramente fallecido Chadwick Boseman que recrea un personaje más extravertido y humano pero igualmente engreído y poseído de si mismo. El duelo entre ambos personajes supone lo más destacable de un film por lo demás bastante aburrido, con una puesta en escena poco (o nada) imaginativa y al que le falta música y le sobra verborrea: la que derrochan sus personajes para hacer un retrato nada favorecedor de un racismo latente y patente en la sociedad que retrata (Chicago, años 20, háganse una idea).

Entre ambos personajes se interpone, además del afán de protagonismo, un oscuro objeto de deseo en forma de mujer joven atractiva. La bailarina o corista Dussie Mae (Taylour Paige), tampoco exenta de ambición, que ejerce una sexualidad ambigua con ambos protagonistas según la conveniencia del momento.

Al margen de la pareja protagonista, ambos nominados al Óscar en su categoría, el reparto se completa con los integrantes de la banda de músicos:  Glynn Turman, Michael Potts y Colman Domingo amén de Jeremy Shamos en el papel de Irvin (sufrido agente de Ma Rainey) y Jonny Coyne como el dueño del estudio de grabación.

Las secuencias, claramente deudoras de las escenas teatrales, se suceden unas detrás de otras, sin que, como ya he dicho, haya una adecuación al formato cinematográfico que no provoque la sensación de asistir a una representación teatral en la que toda la potencia dramática esté depositada en el texto de August Wilson y en la capacidad de conmover de sus intérpretes contando todas las barbaridades a las que durante sus vidas les han sometido los blancos.

No sé si Denzel Washington tiene previsto llevar al cine el decálogo completo de August Wilson pero, si es así, sería de agradecer que pusiera los sucesivos proyectos en manos de gente con más capacidad de volcar las esencias teatrales a un continente cinematográfico. Fences, película muy notable interpretativamente, pecaba exactamente de lo mismo: teatro filmado.


¿Qué te ha parecido la película?

 

La madre del blues

6

Puntuación

6.0/10

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