Crítica de ‘Hope’: Aferrándose a lo último que se pierde

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Hope
 

Hay circunstancias vitales en las que, por mucho esfuerzo que uno haga por ponerse en la piel del otro, es imposible saber lo que se siente. Y mejor que sea así. El diagnóstico de una enfermedad grave con pronóstico de desenlace fatal en no mucho tiempo es algo que nadie desea vivir y ante lo cual todos estamos desarmados psicológica y emocionalmente. Este el punto de partida de la coproducción sueco noruega Hope (Håp), segundo largometraje de la directora Maria Sødahl para el cual se basa en una dura experiencia personal. De hecho, el film se inicia con un rótulo que reza: “Esta es mi historia tal y como la recuerdo”.

La protagonista en cuestión es Anja (Andrea Bræin Hovig), una directora de danza de 43 años que, recién superado un cáncer de pulmón, recibe la noticia de que tiene una metástasis cerebral incurable. La infausta noticia le es comunicada el día de nochebuena y, para aplazar el disgusto a sus pequeños hijos y a su anciano padre, decide apoyarse únicamente en su pareja Tomas (Stellan Skarsgård), notablemente mayor que ella y con quien atraviesa una importante crisis sentimental.

A partir de aquí, contada a lo largo de once días, Hope discurre por la tormenta emocional de Anja, cuya crisis de salud saca a la superficie todos sus conflictos personales, especialmente el distanciamiento afectivo y físico con Tomas, demasiado centrado en su carrera profesional.

A caballo entre la tragedia médica y el melodrama existencial, la realizadora se aproxima a temas tan delicados como la empatía que necesitan los médicos para comunicar malas noticias a sus pacientes, la gestión de la información dolorosa a los niños, la aceptación (o no) de un diagnóstico fatal, la búsqueda desesperada de segundas opiniones o tratamientos alternativos, la necesidad de afecto en una situación de tanta vulnerabilidad y, finalmente, la capacidad para agarrarse a esa esperanza que da título a la película. Demasiadas cuestiones, muy sensibles todas ellas, como para ser abordadas con profundidad en un solo film que, por encima de todo, es una historia muy personal en la que termina imponiéndose la historia de amor/desamor de la pareja protagonista.

Me parece detectar ciertos ecos de Bergman en el guion y la realización de Maria Sødahl, pero les confieso que no estoy seguro de si es así o es que los que escribimos sobre cine tenemos el irresistible tic de ver huellas del maestro sueco en cualquier drama nórdico de tintes existenciales que nos ponen delante. El caso es que Sødahl conduce su película con sobriedad, administrando los silencios y las miradas elocuentes para dejar que las palabras no dichas lleguen al espectador con más fuerza aún que si fueran pronunciadas.  

Parte importante de la fuerza dramática del film se debe al trabajo actoral de la pareja protagonista, Andrea Bræin Hovig, siempre al límite del exceso, se mueve en registros interpretativos mucho más teatrales que cinematográficos y no termina de beneficiarle una dirección que con mucha frecuencia busca su primer plano. Aun así, a lo largo del film recorre todo el catálogo de estados emocionales en un papel endiabladamente difícil. Por su parte, Stellan Skarsgård, está mucho más sobrio y contenido e impregna a su personaje de una gran humanidad.

Con una impecable dirección de fotografía del chileno (asentado en Dinamarca) Manuel Alberto Claro, habitual de las últimas películas de Lars Von Trier, y una excelente producción, Hope es un intenso drama en la más pura tradición nórdica que recibió dos nominaciones a los EFA (Premios del Cine Europeo) en las categorías de mejor dirección y mejor actriz principal y, además, ha sido seleccionado por la academia noruega para competir por el Óscar a la mejor película internacional.


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