Crítica de ‘La vida por delante’: Telefilm deluxe a mayor gloria de Sophia Loren

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La vida por delante
 

Supongo que como le ocurrirá a una mayoría de amantes del cine, mi cinefilia tiene un importante porcentaje de mitomanía. Por eso, al enterarme de que la gran Sophia Loren, uno de los últimos iconos vivos del mejor cine italiano y, por extensión, del Hollywood dorado, había protagonizado una película a los 85 años se me puso la carne de gallina y, en cuanto tuve ocasión, me senté frente al televisor con todas las expectativas al máximo.   

Desgraciadamente, a los cinco minutos de largometraje me di cuenta de que lo que iba a ver se trataba de un vehículo para su mayor gloria dirigido por su hijo Edoardo Ponti cuya filmografía, más bien escueta, no va a pasar a la historia del cine. Es decir, nos encontramos ante un regalo que madre e hijo se han hecho mutuamente, el hijo le ofrece a su madre la oportunidad de protagonizar (quien sabe si por última vez) una película y la madre le presta al hijo su glorioso nombre para poner al pie del cartel. Todo ello apadrinado por Netflix con la vista puesta en una posible nominación al Óscar a mejor actriz para la Loren.

El film comienza con una primera media hora de realismo social envuelto en papel de celofán que haría sonrojar a cualquier colaborador de Save the Children u otra ONG similar. Una anciana (Loren) que a pesar de sus dificultades económicas por las que atraviesa, se dedica a alojar niños sin techo sin mostrar ninguna satisfacción en hacerlo, acoge a un niño senegalés que vive desnortado coqueteando con la marginalidad y la delincuencia. La trama avanza con la justa mezcla de ingredientes en sus adecuadas dosis para cumplir con todos los estándares de las producciones políticamente correctas: la anciana es judía, el niño protagonista (Ibrahima Gueye) es senegalés y musulmán, su compañero de habitación es hindú y para completar las cuotas tenemos a un hombre iraní y a una joven transexual (interpretada por la española Abril Zamora).

El guion, que es obra del propio Ponti junto a Ugo Chiti y Fabio Natele, supone una nueva adaptación de la novela homónima de Romain Gary (publicada con el pseudónimo Émile Ajar) que ya viera su primera versión fílmica en Madame Rosa (Moshé Mizrahi, 1977), película que se alzó con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa y le valió el César a la mejor actriz a Simone Signoret en el papel que aquí encarna Sophia Loren.

Precisamente en este guion un tanto superficial y en la torpe dirección de Ponti radica la causa del naufragio. Estamos ante una de esas historias en las que los personajes evolucionan, en las que se operan cambios en sus sentimientos y en sus conductas, pero aquí no somos capaces de advertir el porqué de esos cambios. El niño protagonista, que asume el rol de narrador de la historia, funciona en pantalla porque está sobrado de carisma y naturalidad pero en más de un momento se pierde en su batiburrillo de emociones por la total ausencia de una dirección actoral en condiciones.

En cuanto a la Loren, a pesar de que mantiene su imponente presencia y le sobra talento para un papel como este, no brilla tanto como podría hacerlo de haber estado en manos de un director con más competencia. Tampoco le benefician, perdónenme la aparente frivolidad, los múltiples retoques a los que ha sometido a su rostro y que, si bien le hacen pasar por quince años menos, le restan expresividad y gestualidad en los primeros planos.

Edoardo Ponti ha convertido La vida por delante es un telefilm en toda regla en el que no falta una emotiva canción de Laura Pausini para acabar de estrujar los lagrimales de los espectadores más aguerridos. Si en vez de protagonizarla una actriz de la talla de Sophia Loren lo hubiera hecho una actriz desconocida, la película sería pasto de sobremesas de domingo como arrullo de una siesta. Pero claro, Sophia Loren es la única razón por la que se ha hecho esta película, solo apta para mitómanos de pacotilla como el que esto escribe.


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