65 SEMINCI. Ciclo Free Cinema. Crítica de ‘El ingenuo salvaje’ (Lindsay Anderson, 1963)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 65 SEMINCI: 
El ingenuo salvaje 
 

Uno de los fundadores de la corriente Free Cinema, firmante de su primer manifiesto y, probablemente, el principal ideólogo el grupo fue el último en dar el salto desde el documental al largometraje de ficción. Lindsay Anderson recurrió al propio escritor David Storey para que escribiera el guion de su premiada novela “This Sporting Life” que había sido publicada en 1960. En España la película se estrenó con el título de El ingenuo salvaje en referencia al personaje principal, Frank Machin, un jugador de rugby interpretado por Richard Harris que a pesar de tener un fondo de sensibilidad (no sé si lo llamaría ingenuidad) se comporta continuamente como un bruto utilizando la violencia verbal y física como (casi) única manera de comunicarse con los demás.

Aunque en muchos aspectos el personaje de Richard Harris está emparentado con otros protagonistas “airados” de varias películas del Free Cinema como los que interpretan Richard Burton en Mirando hacia atrás con ira, Tom Courtenay en La soledad del corredor de fondo o Albert Finney en Sábado noche, domingo mañana, este se diferencia de aquellos en que su ira parece estar más determinada por su propia naturaleza que obedecer a una actitud vital consciente. Por supuesto que, como los citados, es un hombre joven enfadado con el mundo, enojado contra las diferencias de clase contra las cuales se rebela; pero lo que le mantiene incomunicado con los demás es su incapacidad para expresar los sentimientos que, sin duda, tiene.

Este joven Frank Machin encuentra en sus cualidades para el rugby la única salida posible de la miseria en la que vive, realquilado en la casa de una viuda de la que, a su manera, está profundamente enamorado. Cuando su primer contrato profesional le confiere capacidad económica, lo primero que hace es marcar su estatus comprándose un coche llamativo, cambiando su manera de vestir o haciéndole regalos caros a Margaret Hammond (Rachel Roberts), la viuda de un trabajador a la que la empresa para la que trabajaba estafó la indemnización haciendo pasar un accidente laboral por un suicido.

Pero la principal diferencia entre El ingenuo salvaje y las demás películas del Free Cinema que se habían estrenado hasta el momento no radica tanto en lo temático como en lo estilístico. Anderson renuncia a la narración lineal, en la que se habían movido hasta entonces sus correligionarios, para fragmentar el relato en continuos saltos temporales intercalados mediante flashbacks. Todo comienza en un partido de rugby en el que Machin recibe un brutal puñetazo que le rompe los dientes superiores, a partir de ahí la memoria del protagonista, aturdida por la anestesia del dentista, irá componiendo la sucesión de las secuencias a través de sus recuerdos.

Su meteórico ascenso en el equipo de rugby se alterna con la convivencia de Frank con la viuda Margaret y sus hijos a los que proporciona una vida muy diferente a la que podrían tener si únicamente tuvieran la escueta pensión de viudedad. El acceso de las clases bajas a determinados bienes de consumo (e incluso de lujo) es mostrado por Anderson sin un ápice de piedad en su mirada. El comportamiento de Machin, ostentoso y chabacano, es en realidad la principal barrera frente a Margaret, tanto casi como su incapacidad para decirla que la quiere.

El ingenuo salvaje es una película incómoda, resulta mucho más difícil empatizar con el personaje central que interpreta (magníficamente) Harris que con aquellos de los títulos citados anteriormente que aparecían más como víctimas que querían dejar de serlo. La violencia del film es de las que hace daño, la brutalidad de Frank Machin es tan patente como su incapacidad para mostrar una humanidad de la que solo el espectador es testigo en algunos momentos de intimidad. Sus gritos son contra todos, contra los dueños del club que le tratan como mercancía, contra el público que le ve como un simio en el campo que sólo sirve para entretenerles, contra los de su propia clase a los que acusa de arrastrarse y no tener agallas, como él, para levantarse y avanzar. Finalmente, sus gritos son también para Margaret, la única persona que puede hacerle sentirse querido y a la que no sabe querer.

Richard Harris obtuvo el premio de interpretación masculina en el Festival de Cannes de 1963 y Rachel Roberts obtuvo su segundo BAFTA a la mejor actriz británica tras el conseguido tres años antes por Sábado noche, domingo mañana. Ambos, Harris y Roberts fueron nominados al Óscar a mejor actor y mejor actriz por sus trabajos en El Ingenuo Salvaje. Sin duda, sus interpretaciones son lo más destacado de un film complejo, duro y de ritmo indesmayable.


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