Crítica de ‘Sin olvido’: Exquisito encuentro entre memoria y conciencia

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Sin olvido
 

Hace poco más de una semana, el pasado 5 de septiembre, fallecía el actor y director checo Jiří Menzel, uno de los principales representantes junto a Milos Forman y Jan Nemec de la Nueva Ola Checoslovaca que a la luz de los diferentes movimientos renovadores del cine europeo desde finales de los 50 del pasado siglo, desarrolló una corriente cinematográfica que conjugaba el desencanto político con un estilo innovador en el que un humor peculiar próximo a lo satírico alumbró títulos excepcionales como Trenes rigurosamente vigilados por la que precisamente Jiří Menzel ganó el Óscar a la mejor película extranjera en 1967.

Funesta casualidad la de su fallecimiento justo trece días antes del estreno previsto (desde hace ya mucho tiempo) por su distribuidora en España de la que finalmente resultaría siendo su última película. Menzel, conocido indudablemente como director, desarrolló también una carrera paralela como actor que culminó con Sin olvido, la película dirigida por el eslovaco Martin Sulík que este viernes llega a las pantallas españolas.

Bajo la apariencia de una película más sobre el holocausto judío o, mejor dicho, sobre las consecuencias del holocausto, Sin olvido es una entrañable historia sobre dos hombres que comparten un siniestro vínculo heredado de sus progenitores. Ali Ungar (Jiří Menzel) es un octogenario judío cuyos padres fueron víctimas de un oficial de las SS durante el ignominioso exterminio que tuvo lugar en múltiples países centroeuropeos. Viajando en su busca a Viena, a quien encuentra en realidad es al hijo del verdugo de sus padres, un vividor de nombre Georg Graubner interpretado por Peter Simonischek (el insólito protagonista de Toni Erdmann) que siente y muestra una empatía nula al saber que se encuentra delante del hijo de dos de las víctimas de su padre.

Sin olvido que comienza como un drama al uso deviene en una road movie amable en la que dos personajes que componen una extraña pareja recorren diversos lugares de Eslovaquia en busca de las huellas de un pasado que, si bien nunca curará las heridas, tal vez pueda servir de bálsamo para la memoria de uno y para la conciencia del otro.   

El propio Sulík y su coguionista Marek Lescák firman un libreto en el que exploran temas tan dolorosos como el rencor y la culpa desde una perspectiva humanista a través del meticuloso dibujo de los dos personajes principales, Jiří Menzel dota a Ungar de una introspección melancólica que no le impide hablar claro ni le inhibe la determinación para hacer que su acompañante tome conciencia de los hechos. Peter Simonischek, mucho más extravertido, consigue evitar caer en el arquetipo del bon vivant y, a pesar de sus marcados devaneos con el alcohol y sus escarceos con el sexo opuesto, conduce su personaje por una creíble contradicción gracias a su inusitado talento para cambiar cadenciosamente de registro alternando la comicidad con el porte dramático.

Solo se me ocurren dos peros que ponerle a una película por lo demás ejemplar: una tendencia demasiado marcada al anecdotismo que en algunos momentos lo único que consigue es alargar innecesariamente el metraje y el abusivo uso del (muy bonito por otra parte) leitmotiv musical cuya reiteración en la mayoría de los cambios de secuencia termina por resultar estomagante. Hubiera sido muy agradecible que el compositor Vladimír Godár se hubiera esmerado en componer una partitura un poco más larga para no tener que recurrir una y otra vez a la misma melodía.

El final es sorprendente y controvertido. He leído cosas feroces contra él. A mí me gusta.


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8

Puntuación

8.0/10

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