10 D’A FILM FESTIVAL. Crítica de ‘Las buenas intenciones’: Conmovedora ópera prima de Ana García Blaya

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en el 10 D’A FILM FESTIVAL: 
Las buenas intenciones
 

Los directores debutantes suelen sacarse el material para sus óperas primas del fondo del alma, del corazón o de las tripas; supongo que es fácilmente comprensible que cuando uno tiene la oportunidad de dirigir una película, realice aquella que lleva escribiendo toda su vida. En el caso de Las buenas intenciones, su directora, la argentina Ana García Blaya, cuenta que la escribió hace diez años cuando en un taller de guion tuvo su primera aproximación al mundo del cine. Asegura que nunca pensó que fuera a llevarla a la pantalla y que, por tanto, no tuvo ninguna cortapisa a la hora de escribir la historia tal y como ella la sentía.

Las buenas intenciones nos sitúa en la Argentina de los años 90 del pasado siglo cuando una terrible crisis económica, una más, asolaba a las clases medias y tenía a las bajas viviendo en la miseria. La familia que se nos presenta es una de esas que ahora llaman disfuncionales pero que no es más que una pareja de separados y unos niños que viajan de casa de su madre, donde residen habitualmente, a casa de su padre con quien pasan algunos fines de semana o días señalados.

Se trata, efectivamente, de una historia muy personal, la de su familia, un homenaje a su padre a través de la mirada de una niña, su alter ego en pantalla, interpretada por Amanda Minujín, una niña sin experiencia actoral previa que resulta ser uno de esos milagros que surgen de vez en cuando en el mundo del cine. Trato de recordar y no soy capaz de encontrar ningún ejemplo (al menos reciente) en el que un intérprete infantil aporte tanta autenticidad y tanta emoción a una película con un derroche absoluto de naturalismo. No hay un gesto de más en su interpretación; con una contención y una madurez totalmente impropias de alguien tan joven, Amanda Minujín se come cada plano de la película en el que sale. Por muy buena que haya sido la dirección actoral, de hecho lo es, el resultado no puede ser solo fruto de que haya sido bien guiada. Hay algo especial en los ojos de esa niña, en su manera de hablar, de medir los silencios, de resultar niña y adulta al mismo tiempo, de resultar creíble y querible en todo momento.

También es muy poderosa la interpretación de Javier Drolas en el papel de Gustavo, el padre, arquetipo de hombre eternamente inmaduro, irresponsable e incapaz de tomarse en serio las cuestiones que la sociedad nos ha hecho asumir como trascendentales, llámense estabilidad laboral, armonía familiar o mantenerse alejado de las drogas, el alcohol y la promiscuidad sexual. Tanto el trabajo actoral de Drolas como la mirada de García Blaya tras la cámara componen un personaje empatizable a pesar de ser una calamidad. Gustavo es ese amigo desastroso que muchos tenemos y al que queremos, a nuestro pesar, aunque frecuentemente nos gustaría darle un sopapo.

La química entre Amanda Minujín y Javier Drolas resulta clave en varias secuencias realmente conmovedoras que la directora filma con una limpieza absolutamente exquisita. Ana García Blaya lleva al espectador a la emoción sin caer en ninguno de los recursos facilones que ofrece el cine, sin trampas con los movimientos de cámara, sin encuadres forzados, sin usos abusivos de la música y sin juzgar a sus personajes. La emoción se destila de la humanidad del guion y de las palabras, de los silencios y de las miradas de los personajes, no solo de los citados padre e hija sino también de esa madre continuamente sobrepasada por las situaciones reales y emocionales a la que interpreta Jazmín Stuart o ese amigo incondicional al que da vida Sebastián Arzeno.

Las buenas intenciones resulta también en un canto de amor a la música de una época y un lugar a través de esa icónica tienda de discos en la que trabaja Gustavo y de las canciones de la banda Sorry.  El retrato de la particular estética de la década de los 90 también es fielmente recordada gracias al uso de imágenes grabadas con las (por entonces) omnipresentes videocámaras.

Poderoso debut de Ana García Blaya con una película enormemente conmovedora que, a pesar de ser muy personal, apela a emociones universales como la dificultad de tomar decisiones siendo niño, el dolor que se siente al tomar conciencia de que uno se hace mayor o el amor mutuo entre padres e hijos en el que, a pesar de los errores y los daños, tantas veces prevalecen las buenas intenciones.

 


¿Qué te ha parecido la película?

8.5

Puntuación

8.5/10

Deja un comentario (si estás conforme con nuestra Política de Privacidad)

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: