10 D’A FILM FESTIVAL. Crítica de ‘Aznavour by Charles’: Me filmo, luego existo

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en el 10 D’A FILM FESTIVAL: 
Aznavour by Charles
 

Sería una lástima que Aznavour by Charles fuera etiquetado como uno más entre la desmedida cantidad de documentales sobre músicos, cantantes y grupos musicales que pueblan el catálogo audiovisual actual. En su título original, Le regard de Charles (La mirada de Charles), se recoge mucho mejor el espíritu de esta película que tiene más naturaleza de diario filmado que de documental al uso. De hecho, su director Marc Di Doménico tiene la feliz idea de firmarlo como “un film de Charles Aznavour realizado por Marc Di Doménico” dejando clara la autoría del mismo.

Sin embargo, no son pocos los méritos de Di Doménico en la realización. Según cuenta en los primeros minutos de metraje, Charles Aznavour le mostró al final de su vida una habitación de su casa en la que conservaba todos los rollos de super 8, 16 mm y cintas de vídeo con los que a lo largo de su vida se había dedicado a filmar a su familia, sus amigos, sus viajes e incluso escenas de la vida cotidiana. Además de abrirle las puertas de esa habitación, Aznavour le hizo el encargo de convertir todas esas horas de grabación en una película que pudiera ser mostrada al público. No es difícil imaginar que visionar todas esas horas de imágenes, seleccionar las más significativas, darles unidad argumental escribiendo un guion, y montarlas consiguiendo coherencia estética han tenido que ser labores de titánico esfuerzo y dedicación.

Descubrimos así como detrás de la gran figura de la chanson francesa, del cantante cuyo repertorio abarcaba más de mil cuatrocientas canciones, del artista que vendió millones de discos y abarrotó salas de conciertos en todo el mundo, del actor que apareció en más de sesenta películas y de la gran estrella que se codeó con los grandes de Hollywood y cantó para papas, presidentes y dignatarios de todo el mundo; se encontraba un hombre que nunca olvidó que ante todo era un hijo de inmigrantes armenios al que Francia acogió con los brazos abiertos, tampoco olvidó su infancia y primera juventud llena de estrecheces económicas y siempre tuvo presente que la fama era el refugio en el que podía dar protección a su vanidad.

Salpicado por algunas de sus canciones, no demasiadas (que nadie espere un documental musical), el metraje se detiene en sus matrimonios, sus numerosos viajes en los que, además de la filmación turística al uso, detiene su cámara en detalles insólitos, en las miradas de las personas y en las calles de las ciudades. Su mirada fascinada por el Magreb, Nueva York, Hong Kong, Japón o la URSS culminan con su primer viaje a Armenia cuando ya tenía 40 años.

No faltan referencias a su amistad con Edith Piaf quien le regaló su primera cámara de super 8 y de quien fue letrista y amante o con Lino Ventura, sus primeras Jam Sessions, sus apariciones cinematográficas más destacadas (como Tirad sobre el pianista de François Truffaut cuyo éxito le abrió las puertas de América), o su primer éxito internacional en el Carnegie Hall de Nueva York.

El resultado, con el agradecible añadido de la brevedad (setenta y cinco minutos), es un film entrañable, de ritmo ágil gracias a un fantástico montaje y narrado por la cálida voz de Romain Duris, que haciendo suyas las palabras de Aznavour, da un barniz poético al conjunto. Imprescindible para los fans de Charles Aznavour y una buena forma de acercarse a su figura para las nuevas generaciones.


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7.5

Puntuación

7.5/10

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