Crítica de ‘La alegría de las pequeñas cosas’: 92 minutos para rematar una vida

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La alegría de las pequeñas cosas
 

Reconozco que acaba de sobrecogerme un escalofrío al darme cuenta de que no había vuelto a ver una película de Daniele Luchetti desde su tercer largometraje, la estupenda La voz de su amo (1991). El escalofrío no responde a razones cinematográficas ni a que me perturbe especialmente no haber visto la decena de películas que ha realizado desde entonces. Lo que me sobrecoge es haber tomado conciencia, así, de repente, de que han pasado veintinueve años desde que la ví. Es probable que esté especialmente sensible a este tipo de sensaciones porque La alegría de las pequeñas cosas, su última película, que acabo de ver hace apenas unos minutos, trata precisamente de la fugacidad del tiempo, de la facilidad con la que dejamos transcurrir los años sin ser conscientes, no ya de lo que hacemos sino de lo que dejamos de hacer.

Luchetti, que comenzó en el cine como ayudante de dirección de Nanni Moretti, se sirve para la ocasión dos breves novelas del escritor (y guionista) italiano Francesco Piccolo: “Momentos de inadvertida felicidad” y “Momentos de inadvertida infelicidad”, para escribir junto al propio escritor un guion agridulce que bebe de la mejor tradición de la comedia italiana (la de Dino Risi o Ettore Scola, por ejemplo) y fundirla con otros ingredientes como ciertas dosis de melodrama familiar sin caer, afortunadamente, en el facilón recurso de poner al espectador en aprietos lacrimógenos.

El punto de partida argumental es muy sencillo: Paolo (Pierfrancesco Diliberto) es un hombre que sufre un accidente de moto que le cuesta la vida, al llegar a una especie de cielo en la que probablemente sea la mejor secuencia de toda la película, se advierte un error burocrático por el que se determina que al hombre en cuestión se le han escatimado 92 minutos de vida y que, por tanto, debe volver a la tierra para vivirlos antes de morir definitivamente.

Aunque el argumento emparenta al film con otros de similar relato como El cielo puede esperar (Warren Beatty y Buck Henry, 1978) y resulta inevitable acordarse del enorme clásico de Frank Capra Qué bello es vivir (1946), Luchetti es capaz de apartarse de las referencias y construir una película original, muy divertida y desenfadada durante su primer tercio para, paulatinamente, irse haciendo más melancólica a medida que Paolo repasa su vida e intenta pasar el poco tiempo que le resta junto a sus hijos y su mujer, Ágata, interpretada por la actriz y cantante italiana Thony.

Luchetti se sirve de esta mezcla, un tanto arbitraria, de los recuerdos de Paolo con los minutos que le restan de vida para evitar tener que ser coherente con el empleo del tiempo; un análisis en profundidad probablemente demostraría que tantas cosas no son posibles de realizar en hora y media, pero ¿a quién le importa lo verosímil cuando estamos viendo la historia de un hombre que ha muerto y ha vuelto a la tierra?

El repaso a sus antiguos amores incluido alguno infantil, los momentos pasados con sus amigos, la relación con su esposa, las dificultades de comunicación con su hija adolescente o con su hijo menor, todavía un niño, nos muestran a un hombre que de repente toma conciencia de sus miserias, de su egoísmo, su mezquindad, su hipocresía y, por encima de todo, de las oportunidades perdidas para transformar una vida corriente en una gran vida. Y en toda esta explotación de cualidades humanas, las loables y las despreciables, Luchetti hace un sabio uso de la ironía y la comicidad tan características de una buena parte del cine de su mentor Nanni Moretti.

No conocía de nada a Pierfrancesco Diliberto que conocido como Pif es muy popular en Italia como cómico, presentador de televisión, guionista, director y actor ocasional. El caso es que, sin ser un actor arrebatador, compone un personaje creíble y querible al conjugar con gran talento la comicidad y la melancolía que conforman a un Paolo tremendamente humano. Algo muy parecido podría decirse de Thony que interpreta con encanto a una Ágata con la que también resulta enormemente sencillo empatizar. Completa el reparto el veterano Renato Carpentieri dando vida a una especie de funcionario del cielo que acompaña a Paolo en su breve retorno a la tierra y cuyas secuencias, además de servir para coser el relato, resultarán francamente divertidas.

La alegría de las pequeñas cosas se constituye como un film agradable de ver y que invita a reflexionar sobre los hechos, aparentemente insignificantes, en los que radica la felicidad (o infelicidad) de nuestras vidas sin el tufo aleccionador de los libros de autoayuda. Tratar de entenderla como un film existencialista me parece desproporcionado a los resultados y probablemente esté muy lejos de las intenciones de sus creadores, lo cual no impide que cada espectador pueda aprender lecciones vitales sobre donde radica lo verdaderamente trascendente que, a pesar de parecer obvias, olvidamos muy a menudo en esta vida nuestra de prisas, consumo y malentendido estado del bienestar.


Nota: En estos momentos oscuros que nos está tocando vivir, con las salas de cine cerradas por la pandemia del Covid 19, La alegría de las pequeñas cosas es estrenada por su distribuidora española A Contracorriente Films en la Sala Virtual de Cine creada para poder seguir viendo estrenos en estos momentos de confinamiento. También puede verse a través de las plataformas digitales Movistar+, Vodafone, Rakuten TV y Huawei Video.


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7.5

Puntuación

7.5/10

Un comentario en «Crítica de ‘La alegría de las pequeñas cosas’: 92 minutos para rematar una vida»

  • el 16 abril, 2020 a las 16:16
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    El Film al fin y al cabo trata del ser o no ser del ser humano , aunque en el siglo XXI , puede traducirse a Ser Cornudo ó Gay esta de moda … ya que cada uno elige que personaje representa …. Yo a Dios Gracias me abstengo de esas dos , Viva Curro y Viva el Betis !!!

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