Crítica de ‘Matthias & Maxime’: Xavier Dolan en la encrucijada

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Matthias & Maxime
 

Sin posibilidades físicas de ir a una sala de cine para disfrutar de los estrenos cinematográficos, víctimas de esta pesadilla en forma de pandemia, la plataforma Filmin nos ofrece la posibilidad de asistir desde nuestro confinamiento hogareño a una suerte de preestreno del último largometraje del enfant terrible del cine de autor durante la última década, el precoz canadiense Xavier Dolan, que dirigió su primera película con diecinueve años (Yo maté a mi madre, 2009) y que a los treinta firma su octavo largometraje con este Matthias & Maxime, un film que pasó por la última edición del Festival de Cannes dejando a la crítica muy dividida y un cierto regusto de decepción.

Y es que precisamente Xavier Dolan está en la edad y en el momento de su filmografía en el que debe reafirmarse como un cineasta a tener en cuenta tras sus brillantes primeras películas y la maravillosa Mommy con la que tocó el cielo en 2014 o, víctima de su propio ensimismamiento, terminar disolviéndose en la pléyade de directores del “lo que pudo ser y no fue”. Y Dolan, sabedor sin duda de esa tesitura tras el estrepitoso fracaso de su última película The Death and Life of John F. Donovan (2018), parece demasiado empeñado en marcar un estilo propio de manera tan forzada como, en ocasiones, artificiosa.

Matthias & Maxime es la crónica de una partida, la cuenta atrás del abandono del nido del joven Maxime (interpretado por el propio Dolan que, para la ocasión, ha decidido adornar su rostro con un angioma facial) que tiene previsto dejar Canadá para iniciar una nueva vida en Australia, dejando atrás a su madre y a un heterogéneo grupo de amigos con los que las juergas de juventud tocan a su fin. Entre estos amigos se encuentra Matthias (Gabriel D’Almedida Freitas) con el que mantiene cierta tensión (tan sentimental como sexual) no resuelta desde la temprana adolescencia. Xavier Dolan se sirve de una anécdota, la filmación de una escena para un cortometraje que está realizando la insoportable hermana de uno de los amigos, en la que Maxime y Matthias deben besarse, para arrancar la narración. A partir de ahí, guion y realización recorrerán el metraje alternando momentos hermosos de una sensibilidad irreprochable con secuencias irritantes en las que la mayoría de los personajes gritan de manera desmedida para mostrar y demostrar, por encima de todo, su estupidez.

Tan solo algunos personajes se escapan de la despiadada mirada de Dolan, indudablemente los dos protagonistas a los que les cuesta un triunfo encontrarse física y emocionalmente entre tanto ruido y tanta furia. Y un tercer personaje, el de la novia de Matthias (Marilyn Castonguay) que tratará de aportar cierta cordura como espectadora de la turbación de su atribulado compañero. Podría decirse que el argumento funciona, en cierto modo, como reverso de Solo el fin del mundo (2016), si allí el relato se construía en torno a un regreso y los rencores que el paso del tiempo y la distancia dejó en sus seres queridos, aquí, los reproches y la incomprensión son originadas por una marcha que no todos acaban de entender.

De fondo a toda esta historia de autodescubrimiento y/o autoafirmación y de crisis generacional, se dibuja uno de los temas constantes en el cine de Dolan, una relación maternofilial tóxica, quien sabe si detonante de la huida hacia delante de Maxime, en la que una vez más Xavier Dolan y la actriz Anne Dorval vuelven a ser hijo y madre en la ficción. Esta relación que durante todo el largometraje se respira como el elefante en la habitación del que nadie quiere hablar, no se pone en primer plano más que unos breves minutos del metraje.

Son, como ya he apuntado unos párrafos más arriba, incuestionables los méritos de la película en la construcción de la emotividad, en la exploración de la intimidad y en el retrato de las emociones. No así en los momentos en los que Dolan decide desentenderse de la narración para colocar la cámara de manera arbitraria, para hacer un uso deliberadamente alocado del montaje o para poner a sus personajes a gritar, todos a la vez, de manera desmesurada en lo que parece estar a punto de convertirse en una molesta seña de identidad de su cine.

Matthias & Maxime nos cuenta una historia hermosa y llena de sensibilidad con la que sería enormemente fácil de empatizar si no fuera por los ya argumentados desmanes estilísticos de su director, quizá demasiado empeñado en construirse demasiado pronto ese concepto tan manido de “universo propio” que, incluso a algunos grandes de la historia del cine, les llevó más tiempo desarrollar. En cualquier caso se trata de una interesante propuesta cinematográfica de un autor de incuestionable talento.


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6.5

Puntuación

6.5/10

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