Crítica de ‘Historia de un matrimonio’: Barber contra Barber

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Historia de un matrimonio
 

Es frecuente escuchar que existen películas en las que el espectador encuentra dificultades para “entrar”; ya sea por la complejidad del argumento, por un complicado lenguaje narrativo o por decisiones estilísticas de la dirección, el caso es que en algunos films uno tarda treinta o cuarenta minutos en situarse en un contexto espaciotemporal, en empatizar con los personajes o, sencillamente, en enterarse de qué le están pretendiendo contar.

Contra esta irritante tendencia, cada vez más frecuente, el director Noah Baumbach ofrece, en Historia de un matrimonio, uno de los más inteligentes y atrapantes comienzos que recuerdo en los últimos años. Durante ocho minutos, la voz en off de los dos personajes protagonistas desgrana las cualidades que más le gustan del otro mientras las imágenes nos ilustran lo que estamos oyendo sin que tengamos la sensación de que nos están contando dos veces lo mismo, palabras e imágenes se fusionan para hacer una presentación de personajes tan cautivadora que, como espectador, resulta ya imposible desprenderse de la piel de Charlie Barber (Adam Driver) y Nicole Barber (Scarlett Johansson) cuyas vidas, a partir de ese momento, nos importan como si fueran nuestros propios amigos que se van a separar.

A partir de ahí ocurren muchas cosas, algunas divertidas, otras dolorosas, pero todas cargadas de una autenticidad desbordante. Baumbach demuestra de nuevo una poco usual habilidad para narrar a través de situaciones aparentemente intrascendentes, bien incorporando personajes accesorios que añaden información sobre los protagonistas, bien salpicando la trama con momentos de comicidad liviana insertados en conversaciones vibrantes al más puro estilo Woody Allen.

Viendo Historia de un matrimonio es imposible no acordarse de la fantástica Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1978) con la que Dustin Hoffmann y Meryl Streep ganaron el Óscar hace la friolera de 41 años. Ambas películas, aquella y esta, además de estar fantásticamente escritas, dirigidas e interpretadas, comparten las inteligentes premisas de no convertir el argumento en un asunto de buenos y malos, de no cargar las tintas en la crueldad de algunos momentos ni hacer exhibicionismo gratuito del sufrimiento. La causa del divorcio de Charlie y Nicole no es una infidelidad (la haya o no) ni que uno sea rematadamente malo y otro candorosamente bueno. Detrás de su divorcio están anhelos tan humanos como la necesidad de crecimiento profesional por encima de la condición de “esposa y madre” que siente Nicole o el apego al lugar en el que uno está ubicado en el mundo y su consiguiente temor a salir de la zona de confort.

Es probable que a alguien que haya pasado por un divorcio en la vida real, la película le parezca demasiado leve, pero no estamos ante un documental. Noah Baumbach hace ficción: crea dos personajes llenos de matices que continuamente contraponen su egoísmo con su generosidad, su vileza con su humanidad, su amor con su odio, su capacidad de perdonar con el rencor que parecía enterrado y, de repente, aflora ante el más mínimo reproche.

Como también hiciera Benton en Kramer contra Kramer, Noah Baumbach subraya el trascendente papel de los abogados en un asunto tan delicado y doloroso como un divorcio. Uno de los momentos más demoledores del film de 1978 se producía cuando el abogado de la Sra. Kramer utilizaba en el juicio un descuido con el niño del Sr. Kramer que éste le había confiado de manera inocente a su esposa. Baumbach, a lo largo del film, hace compartir el protagonismo de la pareja con sus respectivos abogados, mientras Charlie da tumbos cambiando de abogado desde el bonachón Alan Alda al pérfido Ray Liotta (ambos fantásticos), Nicole se apoyará en Nora, una fría y calculadora abogada, interpretada por una desbordante Laura Dern en una interpretación que le ha valido una nominación al Óscar que, probablemente, se convierta en estatuilla.

Pero Baumbach no se conforma con hacer de cronista de un divorcio, a lo largo de sus más de dos horas indaga en la profesión de ambos, director de teatro (de autor) uno, actriz de cine (de éxito) la otra, y de como sus inquietudes creativas y profesionales “influyen en” y “son influidas por” el propio divorcio. Mientras, nos ofrece un auténtico ensayo sobre algo tan difícil como manejar las emociones; esa actriz, incapaz de llorar en el escenario, que rompe a llorar en la vida real apenas un minuto después de salir de escena es solo uno de los intensos momentos en los que Scarlett Johansson se desprende de su (injusta) etiqueta de “chica sexi de Hollywood” para pegar un auténtico puñetazo en la mesa reivindicándose, por encima de todo, como actriz. Su trabajo, nominado al Óscar, es una de las mayores bazas de un largometraje en el que también se rebela la madurez de un extraordinario Adam Driver hasta ahora encapsulado en el reducto del cine indie, a excepción de su olvidable personaje de la saga Star Wars.

La excepcional pareja protagonista y los excelentes Laura Dern, Alan Alda o Ray Liotta se acompañan de la entrañable presencia de Julie Hagerty, la inolvidable azafata de Aterriza como puedas, a quien muchos teníamos perdida la pista. Sobre su personaje, madre de Nicole y suegra de Charlie, pivotan algunos de los momentos que, además de sus correspondientes dosis de humanidad y comicidad, permiten avanzar el guion y dan sentido a un film que conjuga con amarga autenticidad, humor y tristeza, liviandad y trascendencia. La fotografía de Robbie Ryan y la preciosa partitura de Randy Newman ponen un impecable aderezo estético a esta Historia de un matrimonio.


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9

Puntuación

9.0/10

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