Crítica de ‘Casanova, su último amor’: Intimismo frente a erotismo

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Casanova, su último amor
 

El veterano director francés Benoît Jacquot propone, en su más reciente largometraje, un nuevo acercamiento a la figura del célebre escritor y diplomático veneciano Giacomo Casanova al que ya inmortalizase Federico Fellini (Il Casanova de Fellini, 1976) en la piel de Donald Sutherland. Basándose también en las memorias del mítico seductor “Historia de mi vida”, Jacquot no pretende hacer un film autobiográfico al uso sino, más bien, centrarse en un único episodio de su vida que, según cuenta el propio Casanova en sus memorias, aconteció durante su exilio en Londres cuando sufrió el rechazo de la cortesana Marianne Charpillon (Stacy Martin) de la que, al parecer, estuvo profundamente enamorado.

Esa dualidad entre el amor y el deseo es el tema central con el que Jacquot quiere definir un largometraje de tono lánguido y ritmo cadencioso en el que un Casanova crepuscular interpretado por Vincent Lindon refiere, desde su retiro final en Bohemia, este episodio de su vida a una joven alumna. Insisten, Jacquot desde la dirección y Lindon desde la interpretación, en alejar a Casanova de la imagen de depravado depredador amoroso-sexual con la que ha sido presentado siempre en la literatura y el cine. Casanova, su último amor no es por tanto una película de alto voltaje erótico ni una sucesión de episodios románticos al uso. El film se constituye como un ejercicio intimista que aboga por una dirección artística clásica, una puesta en escena minimalista y una realización bastante austera tanto en la planificación de las secuencias como en la, acaso demasiado, comedida dirección de actores.    

Es tanto el esfuerzo de Lindon, un actor que habitualmente me encanta, en humanizar a Casanova, en conferirle una imagen de buena persona, que a su interpretación le falta el brío y la energía que un personaje de estas características demanda para resultar creíble. Su antagonista femenina, interpretada por la francesa Stacy Martin (que saltara a la fama con el Nymphomaniac de Lars Von Trier), tampoco aparece sobrada de energía, y su Madame de Charpillon, más allá de su (subjetivo) atractivo físico, no parece en ningún momento capaz de volver loco a cualquier hombre, menos aún a alguien que construyó un mito conquistador a partir de sí mismo. El juego de seducción entre ambos es mostrado de un modo tan naif y arbitrario que solo en algunos momentos, demasiado cercanos al final de la película, se respira auténtica pasión y se esclarecen los límites difuminados entre el auténtico deseo y la impostura con la que Stacy Martin construye su personaje.

Es incuestionablemente respetable el planteamiento de Jacquot de querer presentar al personaje enfrentado a su primer fracaso romántico, de subrayar su vulnerabilidad y su atormentado desamor, pero el problema es que este decaimiento anímico se contagia a todo el largometraje que discurre, sin pena ni gloria, hacia un final un tanto atropellado en el que la sala de montaje ha hecho estragos con el discurso narrativo de un film que hubiera precisado un poco más de desarrollo en su tercio final. Esto se hace especialmente notorio en la escueta secuencia conclusiva en la que la cámara trata de evitar (demasiado evidentemente) fijarse con detenimiento en el rostro de un Lindon por el que resulta poco o nada creíble que hayan pasado treinta años desde su desventura londinense.

La desaprovechada presencia de Valeria Golino sirve para poco más que dar lustre a un reparto, por lo demás solvente, en este film desangelado que resulta tan fácil de ver como de olvidar. Nada resulta desagradable, nada perdurable.


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5

Puntuación

5.0/10

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