Crítica de ‘Malasaña 32’: Clásico y eficaz terror castizo

Las críticas de Óscar M.: Malasaña 32

Toda historia que se precie debe tener un punto de realidad para que al espectador le resulte creíble. Es la base de cualquier relato para conseguir transmitir emociones al receptor, y el cine de terror no es ajeno a este principio. Partiendo de esta base, Malasaña 32 toma como punto de partida la fatídica historia real cercana al lugar que da nombre a la película para arrastrar al espectador a una espiral de tensión constante y buenos sobresaltos.

Aunque en Madrid no existe realmente el número 32 de la calle Manuela Malasaña (algo similar al número 21 de la calle Desengaño), la película utiliza parte del historial criminal de un edificio real que se ubica en el mismo barrio: el 3 de la calle Antonio Grilo. Esta casa maldita ha sido escenario de numerosos crímenes (hasta ocho asesinatos se han cometido en el edificio) y, si añadimos, por extensión, toda la calle, también se acumulan atropellos, accidentes, intentos de secuestro, suicidios y hasta ajustes de cuentas.

Una historia real tan rica no podía pasar desapercibida para el cine de terror patrio. Los cuatro guionistas que han participado en la escritura de la película han recuperado buena parte de la leyenda negra de ese lugar para plasmarlo en la pantalla, llegando a utilizar hasta el detalle de la silla de ruedas (en la ubicación real una señora en silla de ruedas intentó quemar a la amante de su marido) y mezclándolo con situaciones y lugares ya arquetípicos del género terrorífico.

De esta forma, Malasaña 32 rinde homenaje evidente, desde casi su inicio, a películas clásicas como Amityville (la familia que se muda a un nuevo domicilio donde comienzan a suceder cosas extrañas), Poltergeist (el más pequeño de la familia y la tele) o en su parte final a la más reciente Mamá (donde Javier Botet también encarna al espectro), añadiendo un punto reflexivo que, si se analiza en profundidad, conecta con bastantes películas de fantasmas y espíritus.

Existe la creencia de que las presencias que habitan en ciertos lugares y dan pie a las leyendas e historias sobre cosas que se mueven solas, luces que se encienden o apagan sin razón aparente o mecedoras que se balancean cuando no hay nadie en ellas están provocadas por antiguos habitantes que han dejado algo sin resolver mientras estuvieron vivos y, ahora, una vez fallecidos, torturan a los nuevos inquilinos con sus juegos.

Esta es la base de cualquier sesión de espiritismo, tanto por parte de los vivos que intentan comunicarse con los muertos, como al revés. Intentar cerrar heridas, terminar historias, reivindicar crímenes o resolver misterios ha sido la principal motivación de comunicarse con el otro mundo. En Poltergeist, la casa se había construido sobre un cementerio (como el hotel de El resplandor había sido el causante de cientos de muertes de indígenas), en The ring, la niña del vídeo había sido asesinada (al igual que Freddy en Pesadilla en Elm street o Jason en Viernes 13). Las almas torturadas siempre vuelven para terminar lo que dejaron pendiente y el cine de terror está ahí para recordárnoslo.

El director Albert Pintó no se queda lejos a la hora de poner en imágenes la historia: pasillos tétricos, sobresaltos a la vuelta de la esquina, reflejos inquietantes, personajes que aparecen inesperadamente detrás de una puerta o a la espalda de un personaje, todo es poco para mantener la tensión en el espectador. Y, a pesar de ser su segundo largometraje y de tener mucho de [REC], de Musarañas, de El orfanato y de Los otros, consigue un estilo propio sin dejarse arrastrar por el sobresalto fácil y mantener el interés en la historia a través de los personajes.

Aunque la familia protagonista tiene muchos miembros, el guión, la dirección y el montaje han conseguido que cada uno tenga su momento importante para recordar: el niño pequeño interactuando con el electroduende (buen guiño a La bola de cristal), la investigación de la hija, la misteriosa relación del hijo con la vecina, la relación no verbalizada entre los adultos, hasta el personaje de Concha Velasco es memorable, incluso el silencioso abuelo (al que, desafortunadamente, le han eliminado una de las mejores frases del tráiler promocional), todos están relacionados con “la vieja” (como la llaman al principio de la película), a la que sólo Javier Botet podría darle credibilidad (además de interpretar a dos personajes más).

Todo esto hace que Malasaña 32 sea una satisfactoria y complaciente película de terror que mantiene al espectador en tensión desde casi el comienzo hasta los títulos de crédito, generando en más de una ocasión el sobresalto inesperado y provocando que una vez que termina miremos hacia atrás en el pasillo de casa por si alguien o algo nos sigue. Sobre todo si el espectador vive en una casa de más de cien años, como la mía.

8

Puntuación

8.0/10

Un comentario en «Crítica de ‘Malasaña 32’: Clásico y eficaz terror castizo»

  • el 24 enero, 2020 a las 23:29
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    Gracias por la reseña,mañana voy a verla y viene que ni pintado

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