Crítica de ‘Día de lluvia en Nueva York’: Echamos de menos a Woody Allen actor

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Día de lluvia en Nueva York
 

De las tres profesiones que Woody Allen ha ejercido como cineasta: guionista, director y actor, es ésta última la única en la que no alcanza la categoría de genio, no admito discusiones sobre que se trata de uno de los mejores guionistas de la historia del cine y, si bien su dirección en algunas de sus últimas películas se ha ido haciendo un tanto descuidada, tiene, a lo largo de su carrera, sobradas demostraciones de su enorme talento como director cinematográfico. Sin embargo, reconociendo que no es Laurence Olivier ni Marlon Brando, es indudablemente el mejor actor posible para los papeles protagonistas masculinos que él mismo escribe y que, lo quiera reconocer o no, siempre son, en mayor o menor medida, su álter ego.

Es por esto que desde que, fundamentalmente por razones de edad, dejó de protagonizar sus películas, en muchas de ellas se le echa demasiado de menos. De entre todas las películas en las que él “no sale”, únicamente recuerdo no haberle echado en falta en Balas sobre Broadway donde un inconmensurable John Cusak estaba soberbio y, más recientemente, en la deliciosa Medianoche en París donde un reparto coral brillaba a gran altura y Owen Wilson (un actor que no me suele gustar) hacía un más que notable trabajo.

Viene esto a cuento de lo que ocurre con su largamente esperada película Día de lluvia en Nueva York, una sofisticada y elegante comedia en la que el personaje protagonista es un estudiante universitario de veintipocos años. Descartado Allen por cuadriplicar la edad, el elegido para interpretarlo fue el actor joven de moda en Hollywood, Thimothée Chalamet, de incuestionable talento dramático demostrado, entre otras, con su maravillosa interpretación en Call me by your name. El problema es que el joven Chalamet ha resultado no tener vis cómica o, al menos, no ser capaz de ponerla en práctica en un guion repleto de frases marca de la casa que, una tras otra, se va cargando. A tal punto llega el caso que, siendo como soy un talibán de la versión original, me he planteado volver a ver la película doblada para ver si el actor de doblaje ha conseguido el tono, la cadencia y el registro vocal adecuado a la comedia que Chalamet no ha sabido encontrar.

Y es una lástima, porque tras unas últimas películas de marcado acento dramático (Irrational Man), de amores no correspondidos (Café Society) o de descorazonador pesimismo vital (Wonder Wheel), Woody Allen vuelve a la comedia (romántica), género en el que probablemente ha cosechado sus mayores éxitos. A pesar de lo dicho, Día de lluvia en Nueva York es una película divertida, amable, con capacidad para encandilar y un nuevo canto de amor a su ciudad ¿quién sabe si acaso la última vez que rueda en Nueva York?.

El joven universitario Gatsby (que así se llama el joven interpretado por Chalamet) viaja a Nueva York acompañando a su novia Ashleigh (Elle Fanning) que debe entrevistar a un afamado director de cine (Liev Schreiber) para la revista universitaria; una vez allí se producirán los consabidos enredos y equívocos sentimentales que situarán a Ashleigh entre los brazos del propio director, de su guionista (Jude Law) y un famosísimo actor latino (Diego Luna). Mientras tanto, Gastsby que había planeado un fin de semana cultural lleno de restaurantes de lujo, visitas a museos y sofisticados clubes de jazz, se cansa de esperar en el hotel y se ve abocado a horas de paseo bajo la lluvia de las que le rescatarán encuentros casuales con viejos conocidos, incluida la hermana de una antigua novia (Selena Gómez).

Allen acierta con el ritmo de la comedia tanto en el guion como en la dirección, pero se ve lastrado por la construcción de unos personajes veinteañeros que, sin poner en duda que puedan existir, no resultan demasiado verosímiles en cuanto a gustos, aficiones y nivel de conversación, si bien es cierto que algunos patinazos del personaje de Elle Fanning planteen dudas de si el autor neoyorkino pretende burlarse de las ínfulas culturales de determinado tipo de jóvenes o sencillamente construir un chiste.

Si hace unos párrafos cuestionaba la falta de gracia de Chalamet, de Elle Fanning podría decirse casi lo contrario, pone tanto empeño en resultar graciosa, pizpireta, alocada y medidamente ingenua que la interpretación, en algunos momentos (no en todos), se le va de las manos y resulta excesiva. Ambos, Chalamet y Fanning, talentosos sin duda alguna, componen una pareja con poca química que no termina de funcionar aunque afortunadamente pasan más de media película separados. Sí funcionan, sin embargo, el nutrido elenco de secundarios con un calculadamente atormentado Schreiber, un delirante Law, un ardoroso Luna y una sorprendentemente madura Selena Gómez a la que creía no haber visto nunca y un vistazo rápido a su filmografía me ha confirmado que solo la he visto en La gran apuesta y no la recuerdo.

No sé cuantas películas le quedan a Woody Allen, sé que por lo menos una, la que ha filmado este pasado verano en San Sebastián, pero a su avanzada edad se suma que la sacrosanta inquisición le ha situado en el punto de mira y las productoras de su país, la cuna de la doble moral, le han puesto la proa. De momento ha encontrado refugio en Europa para seguir rodando y él tiene la intención de morir trabajando. Yo seguiré esperando sus películas y seguiré yendo a verlas con ilusión a pesar de saber que sus grandes obras maestras ya las hizo hace tiempo. No suelo encontrar a lo largo del año muchas películas que me gusten más que “la suya”. Larga vida. 


¿Qué te ha parecido la película?

 

8

Puntuación

8.0/10

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