Crítica de ‘Érase una vez en… Hollywood’: Decepción extremadamente extensa

Las críticas de Óscar M.: Érase una vez en… Hollywood

Quentin Tarantino, a estas alturas, puede hacer lo que le de la gana. Eso es un hecho. Lleva ocho películas demostrando que maneja como nadie el ritmo, la narrativa y el montaje, la música es su aliada y sus personajes son la mejor manera de llevar al espectador a través de la historia que él desea contar. Pero en Érase una vez en… Hollywood se ha explayado demasiado para una historia que transmite bastante poco.

Siguiendo con esta idea de que Quentin ahora mismo tiene carta blanca, que el estudio le permite ciertas concesiones, aparece el anteriormente llamado niño terrible de Hollywood con esta aburridísima historia de casi tres horas donde lo interesante son los detalles, la ambientación y la media hora final, y eso es un resumen bastante rápido de Érase una vez en… Hollywood.

El problema de ensalzar a tus ídolos (cinematográficos o de cualquier otro ámbito) es que se crean unas expectativas personales que pueden no cumplirse en la realidad. La tendencia a exigir algo mejor y más grande no es sana, porque se corre el riesgo de llevarte una decepción, nunca van a hacer exactamente lo que tú quieres (idolatrar películas, series, directores o actores conlleva un cierto fracaso personal, como han demostrado recientemente Juego de tronos o la saga de La guerra de las galaxias). Las expectativas están muy altas y no cumplir unos estándares particulares provoca el hastío en el público.

No se puede reprochar que no sea una película elaborada, ni que todo sea un medio para conseguir un fin. Tras terminar de verla uno tiene la sensación de que el director y guionista tuvo una idea para el final y ha construido todo el resto de la historia para llegar a ese final, homenajeando (de paso) al cine del Oeste de los años sesenta y setenta. Es encomiable, pero no lo suficiente para justificar la extensa duración de metraje.

Podríamos estar ante una nueva Jackie Brown (su tercera película decepcionó en su momento y se ha revalorizado con el tiempo), pero lamentablemente se acerca más a Death Proof, ambos sonados “fracasos comerciales” del director. En Érase una vez en… Hollywood, como con Jackie Brown, se deja embelesar por su amor a un tipo de cine o a un momento determinado y se olvida del resto. En aquella tercera ocasión el montaje, la selección musical y la historia continuaban el estilo establecido por Reservoir Dogs y Pulp Fiction y lo insertaba en una película policíaca de serie B en los años setenta y con una protagonista afroamericana. El público mayoritario no supo valorar su homenaje en aquel momento.

Esta vez es su devoción por el cine de los años 70 el centro de la trama, con unos excelentes Leonardo DiCaprio y Brad Pitt que han visto pasar mejores momentos (y, sobre todo, más fructíferos económicamente) y ahora se encuentran, como sus personajes, en mitad de un proceso de un cambio generacional donde sus trabajos se han limitado, sus ingresos han mermado y sus seguidores casi los han olvidado.

Este ciclo de Hollywood no tiene fin: crear estrellas para luego desecharlas por otras nuevas cuando hayan obtenido su beneficio y pasa su momento de gloria y han envejecido. Llevan décadas funcionando así y no van a cambiar. Las nuevas generaciones vienen fuerte y saben que tienen que aprovechar el momento. Rick y Cliff (como Leonardo y Brad) se han dado cuenta tarde y ahora apuran los últimos cartuchos antes de desaparecer. Y, además, el director recupera a un casi olvidado Al Pacino y a un doble casi mimético de Bruce Lee. Detalles con buenas intenciones, pero que en el conjunto no sobresalen.

En mitad de todo esto está Margot Robbie (que interpreta al personaje real de Sharon Tate, mujer de Roman Polanski y fortuita protagonista de la matanza de Charles Manson que la convirtió en estrella mediática) aprovechando su momento de gloria tras Escuadrón Suicida y representando brillantemente a una joven estrella que entra en un cine a ver su propia película. La nueva generación llega dando empujones.

Quizás Tarantino se ha adaptado a esa nueva generación del milenio que busca consumir productos a la velocidad de un click, quizás les está ofreciendo un caramelo envenenado: un producto estéticamente detallista ambientado en los 70 cuidado hasta el último detalle, pero vacío en su conjunto. Y, quizás, por eso ha dejado relativamente de lado la música (sin olvidarla, por supuesto, como demuestra la fiesta en la mansión Playboy) y su montaje es menos brusco, menos explicativo, para contentar a esa nueva generación de espectadores.

El problema es que ha olvidado que ese tipo de nuevo público no aguanta casi tres horas sin mirar el móvil. O, tal vez, sí lo ha tenido en cuenta y por eso ha incluido tantas escenas que, a priori, ralentizan la trama y aportan poco más al argumento que el desarrollo interno de los personajes, para darles tiempo a mirar las redes sociales y a volver a engancharse a la historia.

Puede que Tarantino sea más listo que todos nosotros y haya intentado arrastrar a sus seguidores clásicos ofreciendo un producto para la audiencia de 2019, una jugada muy meditada pero poco fructífera. Personalmente no me ha convencido, pero, tal vez, necesite cinco o seis años para valorar Érase una vez en… Hollywood, como me pasó con Jackie Brown.


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