Crítica de ‘Toy Story 4’: Lo han vuelto a hacer, que no paren nunca

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Toy Story 4
 

En numerosas ocasiones me he mostrado crítico con la sobreabundancia de segundas partes, secuelas, remakes y continuaciones de sagas que se apuntan al carro de la rentabilidad económica copando la producción cinematográfica (especialmente la procedente de Hollywood) y dejando poco margen para nuevas ideas. Sin embargo, cuando en enero vi un reportaje con los estrenos más esperados del año, no pude evitar que se me iluminase el rostro al enterarme de que nos esperaba una nueva entrega de Toy Story, la película que en 1995 revolucionó para siempre el mundo del cine de animación y puso en marcha al estudio Pixar que durante los últimos 24 años nos ha regalado auténticas joyas, incluidas la estupenda Toy Story 2 (1999) y la soberana obra maestra Toy Story 3 (2010).

No me parece que cuatro películas en el plazo de veinticuatro años puedan ser consideradas como algo excesivo cuando, además, sus creadores se han tomado entre una y otra el tiempo suficiente para crear y desarrollar el mayor activo sobre el cual se debe apoyar una película que no es otro que el guion. Y Toy Story 4, como ya ocurriera con la tercera parte, apuesta por el riesgo de no repetirse en esquemas argumentales, de ahondar en la evolución de unos personajes excepcionales llenos de matices y, al mismo tiempo, mantener el sello estético y la esencia nostálgica de aquella primera película en la que todos, también Woody, teníamos veinticuatro años menos.  

Toy Story 4 vuelve a ser una película capaz de deslumbrar a los niños (que en 1995 no habían nacido) y emocionar a sus padres (algunos de los niños de entonces) y al público adulto en general. Alejada de la mayoría de las películas de animación actual, Toy Story 4 no apela a la comicidad ramplona o al chiste fácil ni recurre a la caduca alusión a sucesos de actualidad o la utilización de canciones de éxito para encandilar a niños y adolescentes, podrá verse dentro de 24 años con la misma vigencia con la que hoy puede verse su primera parte, y eso, permítanme preguntarles, ¿no es la principal premisa sobre la que una película se convierte en un clásico?

Y esa vigencia viene de que Toy Story invoca, a través de sus personajes, valores universales absolutamente desideologizados como la amistad, la lealtad, la aceptación del diferente, la búsqueda de la auto-realización personal… pero también las dudas, las crisis de identidad, la reticencia a salirse de la zona de confort, el miedo al fracaso y la dificultad de afrontar los cambios vitales debidos a algo tan insoslayable como el paso del tiempo. A lo largo de todas las películas, esos juguetes siguen encarnando cualidades esencialmente humanas y me sigue maravillando la transición de objetos inertes cuando son instrumentos para el juego de un niño, llámese Andy o Bonnie, a criaturas con vida propia, con pensamientos, sentimientos y emociones.

A pesar de su carácter coral, hay en esta cuarta entrega un marcado protagonismo de Woody como personaje que más y mejor encarna el paso del tiempo en todas sus vertientes, el otrora juguete favorito sufre una auténtica crisis existencial tratando de asumir que ya no es el predilecto de su dueña y que, como esas estrellas del deporte que vivieron tardes de gloria, un buen día se descubren sentados en el banquillo buscando los ojos del entrenador para que les de unos minutos aunque sean al final del partido. Sin embargo, asume su rol con dignidad, mantiene su lealtad, su sentido del deber y su condición de líder y alma del grupo de juguetes del que sigue siendo el referente. Algo parecido ocurre con su partenaire protagonista Bo Peep (personaje recuperado de la segunda película), de espíritu inquebrantable a pesar de su deterioro físico (o debería decir material) y con determinación para convertir su condición de juguete perdido en juguete libre. Buzz Lightyear transita también por una madurez que le ha llevado del ímpetu irreflexivo de las primeras películas a ahondar en su intraversión para solucionar los problemas.

Pero no nos equivoquemos, todo este carácter existencialista está perfectamente enmarcado en una película llena de trepidantes aventuras y divertidísimos momentos por obra y gracia de un montón de personajes, los viejos conocidos como Jessie, Slinky, Rex, Jam o el señor y señora Potato y los nuevos como el inadaptado Forky (auténtico motor de la trama argumental), un motorista acrobático canadiense llamado Duque Boom, la pequeña agente McRisas, Ducky y Bunny que son un par de tronchantes peluches, la enigmática muñeca Gabby y el inquietante títere Benson.

De impecable concepción narrativa, con una majestuosa banda sonora de un Randy Newman que todavía consigue superarse a sí mismo y la habitual exquisitez de animación de Pixar, Toy Story 4 se erige como una película imprescindible tanto para los que han crecido con los personajes como para los nuevos espectadores. Es más que previsible que tenga mucho éxito en taquilla y que le lluevan los premios de animación, será merecido. He leído con inquietud en algunos medios que no habrá más películas de Toy Story y que con esta se cierra la saga, es cierto que el final es perfectamente válido para cerrar una tetralogía pero espero que no sea así, como espectador gruñón ante segundas y terceras partes de películas deseo fervientemente que haya una quinta (y las que vengan) de Toy Story mientras sigan siendo engendradas con la misma genialidad, inteligencia, belleza y capacidad de divertir y emocionar.


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9.5

Puntuación

9.5/10

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